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Dejarte ir no fue olvidarte

Dejarte ir no fue olvidarte

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Doctor / Casarse por embarazo / Completas
Popularitas:3
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.

Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.

Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.

Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.

Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bab 5

Capítulo 5

Después de asegurarse de que Sergio estaba mucho mejor, Sara finalmente salió de la habitación.

Antes de irse, habló con la enfermera de turno y le pidió que, por favor, estuviera pendiente de Sergio mientras ella se ausentaba un momento.

—Si me busca, dígale que su mamá salió un ratito y que regresa pronto —dijo Sara en voz baja.

La enfermera asintió con amabilidad.

—Quédese tranquila, señora. Nosotras lo cuidamos.

Sara esbozó una sonrisa pequeña, llena de gratitud, antes de alejarse por el pasillo. Sin embargo, mientras más se alejaba de la habitación del hospital, más crecía la inquietud en su pecho. Su mente no dejaba de darle vueltas a demasiadas cosas.

Sara detuvo un taxi frente al hospital. Durante el trayecto hacia su florería, permaneció en silencio, con la mirada fija en las calles de la ciudad que empezaban a llenarse con la actividad de la mañana. Su vida nunca había sido fácil. Desde que su padre y su madre murieron, había tenido que sobrevivir sola.

Aquella pequeña florería era la única herencia que había logrado conservar hasta ahora. Aunque no era grande, el lugar bastaba para cubrir sus necesidades y las de Sergio desde hacía años. Sin embargo, en los últimos meses las cosas se habían puesto cada vez más difíciles.

Los clientes empezaron a escasear; el precio de las flores se había duplicado, mientras los gastos no dejaban de crecer. Sara tenía que trabajar el doble para mantener a flote aquella tienda pequeña. Al poco rato, el taxi se detuvo frente a su florería. Pero apenas bajó, los pasos de Sara se frenaron en seco. Desde el interior del local se escuchaba un escándalo a todo volumen.

—¡Les dije que me dieran el dinero de una vez! —Un hombre alto estaba gritándoles a las dos empleadas dentro de la tienda. Varias macetas yacían volcadas por el suelo y las flores frescas recién llegadas estaban pisoteadas, destrozadas sin más.

—¡Aldo, ya basta! —intentó detenerlo una de las empleadas, muerta de miedo. Pero el hombre se enfureció aún más.

—¡No se metan en mis asuntos con Sara!

Sara entró en pánico al ver el estado de la tienda.

—¡Aldo! —Se apresuró adentro y jaló la parte trasera de su chamarra con fuerza—. ¡Deja de armar escándalo!

Aldo volteó de golpe con la cara torcida de fastidio.

—Sara, hasta que por fin te apareces —le soltó con sorna.

Sara contempló las flores destrozadas, la respiración agitada.

—¿Qué es lo que quieres ahora? —preguntó, agotada.

Aldo se rio con descaro.

—¿Qué? Solo vine a pedirte dinero.

—¿Y para eso vienes a destrozar la tienda? —La voz de Sara empezó a temblar, conteniendo la rabia.

—Si me lo hubieras dado desde el principio, ni me habría molestado en hacer lío.

Sara cerró los ojos un momento, tratando de mantener la calma. Sus dos empleadas se apretujaban aterradas en un rincón. Mientras tanto, algunos clientes que habían entrado optaron por marcharse a causa del alboroto.

—¿Te das cuenta de lo que haces? —dijo Sara en voz baja, pero cargada de presión—. La tienda está en crisis. No tengo el dinero que me pides a cada rato.

Aldo chasqueó la lengua con brusquedad.

—Pretextos.

—Aldo...

—Yo sé que tienes dinero —la cortó rápido—. O no me digas que se te fue todo en ese hijo tuyo.

Sara se tensó de inmediato, la mirada se le endureció.

—No metas a Sergio en esto.

Pero Aldo sonrió de lado.

—¿Qué? ¿Dije algo malo? —soltó con toda calma—. Desde siempre tu vida ha sido un desastre por culpa de ese niño.

¡Plaf!

Una bofetada brutal aterrizó en el rostro de Aldo. El silencio cayó de golpe. Hasta las dos empleadas de Sara se quedaron petrificadas donde estaban. La respiración de Sara era violenta. La mano le temblaba después de haberlo abofeteado.

—Nunca vuelvas a hablar así de mi hijo —dijo con la voz temblorosa.

Por un instante, Aldo pareció sorprendido. Pero unos segundos después, su expresión se transformó en pura furia.

—¿Te atreviste a pegarme? —siseó.

Sara se mantuvo erguida, aunque el cuerpo entero le temblaba.

—¡Vete de aquí!

—¿Qué?

—Dije que te vayas.

Aldo se tocó la comisura del labio, que le ardía por la bofetada de Sara. Su mirada se oscureció, cargada de rabia.

—Te pasaste de la raya... —siseó despacio.

Sara permaneció clavada en su sitio, la respiración todavía agitada. El pecho le subía y le bajaba, conteniendo la emoción que llevaba rato tragándose.

—Vete —repitió con firmeza.

Pero Aldo soltó una risa despectiva. Su mirada recorrió toda la modesta florería antes de detenerse otra vez en Sara.

—Está bien —dijo, asintiendo despacio—. Me voy. —Retrocedió unos pasos hacia la puerta.

—Pero acuérdate de lo que te digo, Sara —continuó, en un tono cargado de amenaza—. Voy a volver a ajustar cuentas contigo... y con ese bastardo tuyo.

Aquella frase le golpeó el pecho a Sara como un mazazo; el semblante le cambió por completo. Sin pensarlo dos veces, agarró la escoba que estaba junto a la caja registradora.

—¡Aldo!

El hombre ni siquiera había acabado de salir de la tienda cuando Sara ya lo iba persiguiendo.

—¡Oye... oye! ¿¡Estás loca!? —Aldo retrocedió de un salto al ver la escoba en alto.

Sara lo persiguió hasta la banqueta de enfrente.

—¡Cómo te atreves a hablar así de mi hijo! —le gritó, fuera de sí.

La escoba alcanzó a Aldo en el brazo y el hombre soltó una sarta de insultos.

—¡Me dolió, carajo!

—¡Para que aprendas! —Sara volvió a blandir la escoba—. ¡Si me quieres insultar a mí, adelante! ¡Todavía puedo aguantarme! ¡Pero no te atrevas a insultar a mi hijo!

Aldo se escabulló a toda prisa y saltó hacia la calle.

—¡Desde que tienes a ese niño te volviste loca!

—¡Más vale loca que sin corazón como tú! —le respondió Sara con furia.

Las dos empleadas solo pudieron quedarse boquiabiertas ante la escena. Nunca habían visto a Sara tan enojada.

Normalmente, aquella mujer siempre se mostraba paciente con Aldo, prefiriendo ceder para que el pleito terminara rápido.

Sara había perdido la paciencia por completo.

—¡Ya verás! —gritó Aldo desde la orilla de la calle, retrocediendo—. ¡Esto no se queda así!

—¡Yo tampoco he terminado! —respondió Sara, apuntándolo de nuevo con la escoba.

Aldo finalmente se largó, insultando entre dientes. Mientras tanto, Sara se quedó de pie frente a la tienda, la respiración entrecortada. La emoción aún le recorría el cuerpo, violenta. Algunos transeúntes empezaron a voltear a verlos, así que las dos empleadas se apresuraron a acercarse.

—Sara... ya, Sara... tranquila... —dijo una de ellas en voz baja, intentando calmarla.

Sara agachó la cabeza. La mano que sostenía la escoba fue perdiendo fuerza poco a poco, y el pecho se le oprimió. No por la pelea. Sino por una sola frase que Aldo había dicho.

Sergio era la única razón por la que todavía era capaz de seguir adelante. Lentamente, Sara se frotó el rostro con brusquedad antes de volver a entrar a la tienda. Su mirada cayó sobre las flores destrozadas, esparcidas por el suelo.

—Perdón... —murmuró a sus dos empleadas—. Las metí en problemas.

—Nosotras estamos bien, Sara —respondió una de ellas de inmediato—. Lo importante es que usted no se ponga triste.

Sara se obligó a esbozar una sonrisa débil y asintió.

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