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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cuando el acero se vuelve seda.

Cuando el acero se vuelve seda.

La cena había sido un festín digno de los zares, pero Valentina, con esa energía contradictoria que solo el embarazo podía desatar, empujó su plato vacío con un suspiro teatral y declaró que necesitaba "quemar grasas y carbohidratos" antes de que su silueta esmerada se convirtiera en la de un barril de vodka. Alexander levantó una ceja, divertido, mientras ella gesticulaba con furia fingida, enumerando cada bocado de borscht, cada pelmeni y esa aberración culinaria de blini con leche condensada que había devorado como si llevara días sin comer. "Comí como camionero", sentenció con la mano en el pecho, "y si no muevo el esqueleto, voy a necesitar un remolque para salir de aquí".

Fue entonces cuando Alexander, con una sonrisa pícara que ocultaba una sorpresa mayor, le propuso llevarla a un antro de lujo en el centro de Moscú, un lugar de luces tenues y música vibrante donde las almas privilegiadas se fundían en la pista hasta el amanecer. Lo que Valentina ignoraba, y Alexander guardaba como un as bajo la manga, era que aquel templo del desenfreno llevaba su nombre en la escritura de propiedad, un capricho empresarial que había adquirido años atrás para blanquear fondos y que, con el tiempo, se había convertido en su refugio favorito para escapar del ruido del mundo criminal. Ella aceptó con un destello de emoción en los ojos, pero no sin antes arreglarse el vestido y declarar que bailaría "hasta que las piernas pidieran clemencia".

Alexander, mientras pedía la cuenta con un chasquido de dedos, rodó los ojos con una mezcla de exasperación y ternura infinita, y luego, tomándole la cara entre sus manos, la miró a los ojos con una seriedad que desarmó cualquier atisbo de queja. "Reina mía", susurró, con la voz tan suave como el terciopelo de su chaqueta, "puedes comerte todo el menú del Pez Dorado y seguirías siendo la mujer más perfecta que ha pisado esta ciudad. Quema lo que quieras, pero no me vengas con complejos donde solo veo grandeza". El cumplido, pronunciado con esa convicción que solo un hombre enamorado puede tener, hizo que Valentina enrojeciera hasta las orejas, y por un momento, la mujer dura y calculadora que manejaba los hilos de la economia de Ágora VS Asociados, se convirtió en una adolescente ruborizada, lista para seguir a su hombre a cualquier rincón del mundo.

El antro, bautizado con el críptico nombre de Cuerda Floja, era un laberinto de espejos ahumados y sofás de terciopelo burdeos, donde la música electrónica se mezclaba con el tintineo de copas de champán y el rumor de tratos millonarios sellados en la penumbra. Alexander guió a Valentina por una entrada privada, esquivando las miradas curiosas del personal que reconocía a su propietario, y la condujo a una mesa VIP elevada sobre la pista, desde donde se dominaba todo el espectáculo de cuerpos ondulantes y luces estroboscópicas. Pero apenas se habían sentado cuando una figura imponente emergió de la oscuridad de un reservado contiguo: Dimitri, con su chaqueta de cuero negro y su eterno puro sin encender entre los dedos, acompañado de una mujer de cabello cobrizo y mirada felina que resultó ser Lorena, su compañera y madre de sus hijos.

Valentina y Lorena se saludaron con un abrazo genuino, dos mujeres que compartían el peso de vivir a la sombra de hombres peligrosos, y pronto su conversación derivó hacia el terreno común de la crianza y los negocios. Lorena, que llevaba un vestido escarlata que contrastaba con su piel pálida, habló con orgullo de los mellizos que ya estaban a punto de empezar la escuela primaria, una institución privada donde aprenderían tres idiomas y esgrima, mientras Valentina asentía con interés genuino, compartiendo anécdotas de su propia infancia en San Petersburgo y deslizando preguntas sobre logística que, para cualquier oído distraído, sonaban a cotilleo de salón.

Lorena, que tenía un sexto sentido para el peligro, percibió el cansancio en los ojos de Valentina y le ofreció una copa de vino tinto, pero Valentina rechazó con una sonrisa cómplice y pidió al camarero un cóctel sin alcohol, una mezcla de jugo de granada, jengibre y agua tónica que brillaba en la copa como un rubí líquido. Alexander y Dimitri, por su parte, intercambiaron miradas de acero; el Pakhan susurró algo sobre los movimientos de Ivan Rostov, pero Alexander cortó el tema con un gesto seco, negándose a que aquella noche, su noche con Valentina, se contaminara con el veneno de la guerra familiar. Las chicas, ajenas a la tensión masculina, rieron a carcajadas cuando Lorena imitó la cara de sus hijos al probar el brócoli, y por un instante, el antro pareció un lugar normal, donde la vida fluía sin balas ni traiciones.

La noche avanzó entre copas y canciones, pero el cansancio acumulado de Valentina, suma del embarazo, de la cena pantagruélica y de la tensión de los días previos, comenzó a pesar sobre sus párpados como plomos. Cuando el reloj marcaba las dos de la madrugada, ella apoyó la cabeza en el hombro de Alexander y susurró que quería irse a casa, apenas un suspiro que él interpretó como una orden absoluta. Se despidieron de Dimitri y Lorena con un apretón de manos y un beso en la mejilla; el Pakhan, con su sempiterna sorna, le dedicó a Alexander una mirada que decía "cuida de esa mujer como si fuera un tesoro", y Lorena, más cálida, le regaló a Valentina un pañuelo de seda que guardaba en su bolso, "para que te cubras cuando el frío te alcance".

Ya en el coche, una limusina negra con cristales polarizados que cruzaba las calles adoquinadas de Moscú, Valentina se durmió en 6 inclinada hacia la ventanilla y la respiración profunda y rítmica de quien ha entregado el cuerpo al sueño sin resistencia. Alexander la observó en el silencio del vehículo, contemplando cada detalle: la curva de sus pestañas sobre las mejillas, el leve temblor de sus labios entreabiertos, la mano que descansaba sobre su vientre como protegiendo un secreto. Al llegar al penthouse, él le pidió al chófer que esperara, abrió la puerta con cuidado, y la levantó en brazos como si pesara una pluma; ella ni siquiera se inmutó, solo giró la cabeza y buscó el calor de su pecho, fundiéndose contra él en un gesto instintivo de confianza absoluta. Subió las escaleras con pasos firmes, la atravesó el salón deslumbrante de cristales y la depositó sobre la cama de sábanas de seda blanca, descalzándola con la delicadeza de un joyero, y cubriéndola con el edredón de plumas sin que ella abriera los ojos.

Valentina dormía con una placidez tan apacible, con el rostro relajado y los brazos extendidos como los de una niña, que quien la viera aquella noche jamás habría creído que esa misma mujer, horas antes, había discutido sobre nuevos proyectos de arquitectura con Lorena y había firmado documentos con la frialdad de un notario.

Alexander se quedó de pie junto a la cama, mirándola, y sintió una mezcla de asombro y devoción: aquella mujer era un acero forjado en los infiernos, y sin embargo, en su cama, bajo su protección, se convertía en la criatura más vulnerable y hermosa que jamás había visto. Apagó la luz y, antes de cerrar la puerta, susurró al vacío: "Descansa, reina mía. Mañana volveremos al infierno. Pero esta noche, esta noche solo eres mía".

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