En su primera vida, ella muere de una enfermedad. Pero renace en un mundo nuevo, con posibilidades mágicas de cambiar su destino.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad
No había dolor.
No había frío.
No había miedo.
Solo una oscuridad tranquila que la envolvía como una manta cálida.
No sentía el peso de su cuerpo.
Ni el cansancio.
Ni la enfermedad que durante meses la había acompañado.
[Así que... ¿esto es morir?]
Pensó con serenidad.
[No se siente tan mal.]
Era un silencio reconfortante.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Quizás unos segundos.
Quizás una eternidad.
Pero aquella paz terminó de forma abrupta.
—¡¡Levántate de una vez, mocosa inútil!!
Un grito atravesó la oscuridad.
Antes de que pudiera comprender qué ocurría, un dolor ardiente recorrió toda su espalda.
—¡Ah...!
Otra vez.
Algo duro golpeó sus hombros.
Después sus piernas.
Luego su brazo.
El ardor era tan intenso que sintió como si la piel estuviera en llamas.
[¿Qué...?]
[¿Por qué me duele?]
[¿No había muerto?]
Confundida, creyó que quizá había caído de la cama del hospital.
[Tal vez... perdí el equilibrio.]
[Tal vez sigo viva...]
Intentó abrir los ojos.
Una luz cegadora la recibió de inmediato.
—¡Ah...!
Los cerró por reflejo.
Le costó varios segundos acostumbrarse al brillo.
Poco a poco volvió a abrirlos.
La primera imagen que vio fue el rostro arrugado de una anciana.
Vestía un uniforme negro con un delantal blanco, muy diferente a cualquier ropa moderna.
En una mano sostenía una escoba de madera.
Con la otra señalaba el suelo mientras fruncía el ceño.
—¡¿Cuánto piensas seguir tirada?! ¡Los flojos no comen en esta casa!
Antes de que pudiera reaccionar...
La escoba volvió a golpearle el hombro.
El impacto le arrancó un pequeño gemido.
—¡Ay...!
La anciana chasqueó la lengua.
—Encima te quejas.
Ella permanecía completamente inmóvil.
[Estoy soñando.]
[Tiene que ser una pesadilla.]
[Nadie golpea a alguien con una escoba...]
[¿Verdad?]
Sin embargo...
El dolor era demasiado real.
Sentía el ardor en la espalda.
La punzada en el brazo.
El escozor en las piernas.
Nada tenía la sensación difusa de un sueño.
Con mucho cuidado apoyó ambas manos sobre el suelo para incorporarse.
Fue entonces cuando algo le llamó la atención.
Sus manos.
Eran pequeñas.
Muchísimo más pequeñas que las que recordaba.
La piel era muy blanca.
Los dedos eran delgados.
Pero estaban llenos de pequeñas heridas, raspaduras y callos propios de alguien acostumbrado a realizar trabajos pesados.
Las observó varios segundos.
[Estas...]
[No son mis manos.]
Su respiración comenzó a acelerarse.
Se puso de pie con dificultad.
Todo el cuerpo le dolía.
No solo por los golpes.
También había un agotamiento profundo en aquellos músculos pequeños y frágiles.
La anciana resopló.
—Date prisa y termina de limpiar antes de que vuelva.
Sin esperar respuesta, salió dando un fuerte portazo.
La habitación quedó en silencio.
Ella permaneció inmóvil.
Solo entonces pudo mirar realmente a su alrededor.
No había paredes blancas.
Ni máquinas médicas.
Ni ventanas de aluminio.
La habitación era completamente distinta.
El suelo era de madera envejecida.
Las paredes estaban cubiertas con papel decorativo de tonos apagados.
Había una cama estrecha.
Un viejo armario.
Un pequeño escritorio.
Y una ventana de madera por donde entraba la luz del sol.
Todo parecía sacado de un museo.
O de una película de época.
[¿Dónde... estoy?]
Su corazón comenzó a latir cada vez más rápido.
Dio un paso.
Luego otro.
Sus piernas temblaban.
Al fondo de la habitación había un espejo de cuerpo completo.
Se acercó lentamente.
Con miedo.
Como si una parte de ella ya supiera lo que iba a encontrar.
Cuando estuvo frente al espejo...
El aire abandonó sus pulmones.
Una niña desconocida la observaba desde el otro lado.
Tenía el cabello claro, tan suave que reflejaba la luz del sol.
Su rostro era delicado.
Mucho más joven.
Sus enormes ojos...
Eran de un intenso color violeta.
Ella levantó una mano.
La niña del espejo hizo lo mismo.
Tocó su propio rostro.
La desconocida imitó cada movimiento.
[No...]
[No puede ser...]
Su respiración se volvió irregular.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Las ideas comenzaron a atropellarse dentro de su cabeza.
[Yo morí.]
[Lo recuerdo.]
[Estaba en el hospital.]
[Vi salir el sol.]
[Después...]
[Morí.]
Entonces...
¿Quién era esa niña?
¿Por qué estaba dentro de su cuerpo?
¿Dónde estaba?
¿Qué época era aquella?
El miedo que no había sentido ni siquiera al enfrentar su propia muerte apareció de golpe.
Su visión comenzó a nublarse.
Un fuerte zumbido llenó sus oídos.
Las piernas dejaron de sostenerla.
—Ah...
Todo dio vueltas.
El espejo.
La habitación.
La luz que entraba por la ventana.
Y, antes de que pudiera comprender qué estaba ocurriendo, su pequeño cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo de madera.
La oscuridad volvió a envolverla una vez más.
Al parecer es ella su única medicina y creo que no la. dejara ir tan fácilmente