Una noche de borrachera, un auto destruido y un desconocido furioso. Así comienza la historia de Liandra: hacker, peleadora y dueña de una lengua tan afilada como su inteligencia.
Cuando destroza por accidente el auto de Henry Fernandes —multimillonario, CEO de tecnología y hombre acostumbrado a tener el control absoluto—, él le ofrece una salida que nadie esperaría: un matrimonio por contrato. Dos años. Reglas claras. Sin sentimientos.
Pero Liandra no es la esposa sumisa que la familia de Henry imaginaba. Abofetea rivales, hackea sistemas de seguridad, baila sobre mesas borracha y le dice "maridito" con una sonrisa que mezcla ironía y desafío.
Henry tampoco es lo que aparenta. Detrás de la fachada de empresario impecable se esconde un hombre con gustos peculiares… y un pasado que convirtió la intimidad en territorio de control. Cuando Liandra cruza esa línea, no retrocede. Pide más.
Lo que empieza como un acuerdo de conveniencia se transforma en algo que ninguno de los dos planeó: risas a las tres de la mañana, celos que queman, confesiones susurradas en la oscuridad y un "te amo" que tarda demasiado en llegar.
Pero cuando un primo obsesivo con trastornos psicópatas fija su mirada en Liandra, el contrato deja de importar. Lo que está en juego ya no es un acuerdo de papel.
Es la vida de la mujer que Henry ama.
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Capítulo 9
El auto se detuvo frente a su edificio.
El motor aún encendido.
El silencio… nada cómodo.
Liandra se soltó el cinturón despacio, todavía sintiendo el peso de todo lo que había pasado esa noche.
Giró levemente el cuerpo hacia él.
— Buenas noches… — dijo, más suave esta vez.
Se inclinó, con la simple intención de darle un beso en la mejilla.
Pero Henry no era simple.
En el último segundo, él giró el rostro.
Lo que iba a ser un gesto educado… se convirtió en un beso rápido en los labios.
Preciso.
Intencional.
Ella se detuvo un segundo, sorprendida.
Sus ojos se encontraron con los de él.
Y entonces él habló, con aquel tono bajo, seguro:
— Nada de beso en la mejilla… prefiero algo más intenso.
El aire cambió al instante.
Liandra no retrocedió.
Nunca retrocede.
Al contrario.
Agarró su corbata, tirando levemente, reduciendo aún más la distancia entre los dos.
Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
— ¿Ah, sí?
Desafío.
Puro.
Y entonces…
ella cerró el espacio entre ellos.
El beso llegó esta vez sin vacilación.
Intenso.
Cargado de todo lo que se había ido construyendo desde el primer encuentro: provocación, curiosidad, tensión.
Por unos segundos, el mundo de afuera simplemente dejó de existir.
Hasta que…
Liandra se apartó primero.
Siempre ella.
La respiración levemente agitada, pero la mirada firme.
Sin decir nada más, soltó su corbata, abrió la puerta y se bajó del auto.
Sin mirar atrás.
Entró al edificio y siguió de frente.
Dejando en el aire aquel sabor de "esto todavía no ha terminado".
Henry permaneció ahí un momento.
Observando.
Con una leve sonrisa asomando, casi involuntaria.
Entonces arrancó.
Porque una cosa estaba clara ahora:
Aquello estaba lejos de ser solo un acuerdo.
Era un juego.
Y ninguno de los dos tenía la menor intención de perder.