Luciana Montreal siempre obtuvo lo que quiso.
Incluso a David Balbuena… el único hombre que alguna vez se le resistió.
Pero el deseo no siempre trae victoria.
Entre noches que la consumieron y una verdad que lo cambió todo, Luciana entendió que hay algo más peligroso que no tener a alguien… tenerlo y descubrir quién es en realidad.
Años después, convertida en una mujer poderosa e inalcanzable, ha construido un mundo donde nadie puede tocarla...
Hasta que el pasado regresa... y no viene solo: Un hombre que aún puede hacerla arder. Otro que ya decidió que será suya.
Entre el fuego que la desarma y el control que amenaza con atraparla, Luciana deberá enfrentar la única decisión que nunca pudo dominar: seguir lo que la consume… o no volver a perderse jamás.
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LEALTAD INQUEBRANTABLE
NARRADOR
David intentaba asimilar la noticia. Sabía que por las declaraciones de su esposa, los reporteros lo estarían buscando. Tendría que aparecer en público y ya imaginaba lo que ocurriría si no lo hiciera. Eso era horrible, demasiado agotador hasta para una figura pública como él.
El empresario sabía que lo acosarían con llamadas, correos, gente siguiéndolo. Su vida acababa de convertirse en una pesadilla así su imagen no estuviera comprometida con dañinas declaraciones.
-Necesito que lleves mi teléfono a reparar. Comunícate con Fernando. Lo necesito para ayer- Le dijo a una de sus empleadas haciendo referencia a la urgencia que tenía
-Si señor, ¿Algo más?- Preguntó cómo era su deber
-Quítate el uniforme. Ve con tu ropa normal para que nadie te entreviste y que el portero te ayude en la puerta para que ninguno de esos buitres ingrese al edificio o considérate despedida- Habló más que molesto
-Está bien, señor- La empleada corrió a quitarse el uniforme y salió del edificio teniendo que empujar periodistas
David llamó a Luciana desde el teléfono de línea. Rápidamente, su llamada fue desviada al buzón de voz.
-¿Qué mierda hiciste, Luciana? Tuviste que dejarme con todo este problema solo- Golpeó la pared para descargar su frustración
Si él creía que haber sido relacionado con Luciana por un accidente automovilístico fue caótico eso es porque no sabía lo que pasaría de ahí en más. El divorcio atraía mucho más la atención que la propia boda y eso era porque siempre las malas noticias eran las más vendidas y comentadas.
David lo pensó un momento. Tenía que llamar a los padres de Luciana. Ellos le dirían dónde encontrarla.
-Mansión de la familia Montreal- Habló el mayordomo
-Hola, soy David Balbuena y necesito hablar con tus jefes
-Veré si alguno de los señores puede atenderlo. Un momento- El mayordomo caminó con suma lentitud a ver a los padres de Luciana
Sergio, el mayordomo, era un antiguo empleado del matrimonio. Había visto crecer a quien de cariño llamaba "niña Luciana" y siempre había detestado a David.
-El señor Balbuena está en la línea- Comentó intentando estar serio por haber demorado diez minutos en el trayecto que no le llevaba más de dos
-Que espere. Le hablaremos en algunos minutos. Dile que estamos ocupados- Respondió la madre de Luciana mirando una revista de moda
-Si señora- Sergio salió con una sonrisa
Pasaron diez minutos más cuando el mayordomo tomó el teléfono.
-Señor Balbuena, los señores están ocupados en este momento. Lo atenderán en breve, aguarde en línea- Dijo y aunque sostuvo el teléfono en su oído no habló para escucharlo maldecir
Para Sergio el pésimo humor de David era música para sus oídos.
El matrimonio Montreal fue a la sala. El padre de Luciana respondió. Para ese momento hacía 33 minutos que David sostenía el teléfono.
-¿Qué se te ofrece, David?
-Hola. Necesito hablar con Luciana
-Viajó a Japón en representación nuestra. Estará fuera del país. Deberías comunicarte con su abogado, no con nosotros- Mintió con convicción
-¿A Japón? ¿Acaso habla japonés?- Preguntó
-Mi hija fue tu esposa un año, Balbuena. Ahora comprendo por qué solicitó el divorcio- Dijo el hombre con molestia y colgó
Su esposa y Sergio sostenían copas de champaña para brindar por el divorcio. Estaban encantados.
David se comunicó con Amy. No estaba convencido de que le hubiesen dicho la verdad.
-¿Amy?- Preguntó cuando una mujer respondió
-¿Qué se le ofrece?- Preguntó sabiendo que David la llamaba
-Soy David
-Ah, el burro. ¿Qué necesitas?- Ella lo dijo divertida
-¿Burro? ¿Cómo que burro?
-Si. Si me llamas para saber de Luciana eres tonto. No te diría nada sobre ella así me des la mitad de tus acciones a cambio. Así qué eres burro- Amy colgó con una gran sonrisa satisfecha
-¿Burro yo? Estúpida mujer- Colgó frustrado
Amy sonreía mirando el teléfono. Estaba satisfecha. Su lealtad hacia Luciana era infinita, tanta como el cariño que le tenía a ella y a... Lisandro.
La morena miró un portarretrato de los tres juntos, sonriendo. Despreocupados. Tal como si el peso de la tragedia aún no los acechara.
De pronto Amy recibió una llamada. El número era desconocido, perteneciente a Las Vegas y allí lo supo. Luciana estaba donde quería estar y había dejado todo atrás, incluído su número anterior de teléfono.
-Reina. Estoy agotada, pero estoy aquí en la ciudad del pecado con intenciones de ser un angel trabajador- Bromeó, Amy sintió que estaba cansada y algo más... desilusionada pero no rota, eso era lo único importante
-Eres libre ahora. No dejes que el trabajo te consuma. Tienes que vivir también- Recomendó sintiendo que algo podría salirse de control
-Primero mi sueño, después lo que tenga que ser será- Amy suspiró. Tendría que ayudar a que a su amiga no la absorbiera su nuevo proyecto
Amy sabía, podía jurarlo. Luciana no sabía perder. Cuando su amiga quería algo lo conseguía y esa determinación podía ser peligrosa. Sabía que ella no albergaba maldad, pero que podía descuidar lo que verdaderamente importaba. Ya tenía veinticinco años y solamente se había ilusionado con un burro sin corazón, ¿Cuándo conocería a alguien que valiera la pena?
David, agotado y enfadado a partes iguales, recibió su teléfono reparado. El número de notificaciones era casi obsceno. Tres cifras y si no se ocupaba serían cuatro.
Una llamada nueva.
-Señor Balbuena. Buenas noches. Intenté comunicarme con usted, pero debo entregarle los papeles del divorcio- Volvió a golpear la pared
-No pierde el tiempo ni Luciana ni usted- Se quejó
-El tiempo es dinero y a la señora le urge recuperar su completa libertad. Además, tengo que entregarle algo más que los papeles- Sintió su frase usada en un contexto nuevo y odioso
-¿Qué?- Preguntó
-Algo que no toda mujer le entregaría. Se lo aseguro. Hasta mañana- Colgó y él supo que esos papeles tendría que firmarlos porque ese abogado se los entregaría sin importar dónde
Aquella noche el silencio en el penthouse fue distinto y para las empleadas asfixiante. Para David... aún peor porque sentía un enorme peso en sus hombros. Luciana se había ido y él tendría que lidiar con muchos cuestionamientos que ella con una sonrisa despreocupada supo ignorar y evitar.