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BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Mujer poderosa / Villana / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ASEDIO DE LA MANSIÓN

​La mansión de Amelia, hasta hace unos minutos un oasis de lujo, se transformó en cuestión de segundos en un escenario de guerra silenciosa. Sebastián había ejecutado la evacuación con la precisión militar de quien está acostumbrado a mover infraestructuras energéticas en zonas de conflicto. En menos de quince minutos, Teresa, Diego y Martina ya estaban en camino a la pista privada bajo la protección de un convoy fuertemente armado de la organización de Ferrer. Rosario, con la frente en alto y una determinación inquebrantable, lideraba la salida de la servidumbre hacia un lugar seguro.

​Amelia no se movió. Se quedó en el centro de su vestidor principal, un espacio que ahora parecía un búnker. Había desplegado el mapa digital de seguridad de la casa en su tablet. Podía ver los puntos de calor: cuatro vehículos aproximándose por el acceso principal y otros dos flanqueando el jardín trasero por la zona boscosa. Patricia Montero no había enviado a aficionados; eran mercenarios, hombres que sabían manejar armas automáticas y que no tendrían escrúpulos en derribar paredes para encontrar lo que buscaban: las pruebas incriminatorias que Amelia había dejado caer deliberadamente en la trampa.

​—Están a trescientos metros —informó Bruno a través del intercomunicador, su voz inusualmente tensa—. He colocado las cargas en el perímetro, pero si detonamos ahora, la mansión sufrirá daños estructurales graves.

​—Que la mansión se caiga, Bruno —respondió Amelia, mientras ajustaba su equipo táctico—. No quiero que quede ni una piedra sobre otra cuando termine la noche. Asegúrate de que los servidores secundarios estén completamente purgados. No quiero que encuentren ni un rastro de mi verdadera identidad.

​De repente, una figura entró en el vestidor. Era Sebastián. No se había ido con el convoy.

​—¿Qué haces aquí? —rugió Amelia, sin apartar los ojos de los monitores—. Te dije que te fueras con ellos.

​—Y yo te dije que no te dejaría sola —respondió él, desabrochándose el saco para revelar un arma oculta en una funda de hombro. Se veía más imponente que nunca, la amargura que solía definirlo había sido reemplazada por una frialdad operativa letal—. He enviado a mis mejores hombres a asegurar la salida de tu familia. Mi equipo de escoltas está en la retaguardia de la casa. Si Patricia Montero quiere una guerra, le daremos una lección sobre cómo pelea la élite.

​Amelia lo miró durante un segundo, su corazón latiendo con una fuerza que no era solo adrenalina. Era lealtad. Era algo nuevo.

—Si esto sale mal, tu reputación, tus empresas, tu imperio... todo se irá al infierno junto conmigo.

​—Mi imperio no vale nada sin lo que tengo enfrente —respondió Sebastián, acercándose y dándole un beso rápido y urgente en los labios—. Ahora, ¿cuál es el plan?

​La primera detonación sacudió la mansión. Los mercenarios habían comenzado el asalto volando la puerta principal. El sonido de los cristales estallando y el eco de los disparos de grueso calibre se filtraron por los pasillos.

​—Bruno —dijo Amelia por el radio—, deja que entren hasta el gran salón. Cuando estén todos dentro, activa el protocolo de extinción.

​Amelia y Sebastián se movieron con una sincronía asombrosa. Ella conocía cada pasadizo oculto de la casa; él dominaba las tácticas de combate cuerpo a cuerpo. Mientras avanzaban por los pasillos, Amelia se detuvo un segundo frente a una vitrina decorativa.

​—¿Sabes, Sebastián? Si salimos de esta, nunca más te contaré un chiste malo —dijo, con una media sonrisa mientras deslizaba una placa de pared para revelar un arsenal oculto—. Pero antes, me pregunto... ¿qué hace un perro con un taladro?

​Sebastián, mientras cargaba su arma, soltó un bufido de incredulidad.

—Si terminas esa frase, te juro que te dejaré sola con estos mercenarios.

​—¡Pues taladrando! —se rió ella, entrando en el gran salón antes de que él pudiera protestar—. ¡Dios mío, eres tan aburrido!

​La risa de ambos, extrañamente, les dio la ventaja. Mientras los mercenarios se confundían por el ruido proveniente del interior, Amelia y Sebastián aparecieron en las sombras del salón. La batalla fue breve, pero brutal. Amelia se movía como un relámpago, usando cada mueble y cada sombra para neutralizar a sus atacantes con una precisión que dejó a Sebastián boquiabierto. Él, por su parte, era una muralla humana, un despliegue de fuerza bruta y técnica que mantenía a raya a cualquier intento de aproximación.

​En cuestión de minutos, la resistencia de los mercenarios fue sofocada. Amelia caminó hacia el líder del grupo, que yacía herido en el suelo. Le quitó el comunicador y escuchó la voz de Patricia Montero al otro lado, gritando órdenes desesperadas.

​Amelia acercó el micrófono a sus labios.

—Patricia —dijo, con esa voz dulce y gélida que era la marca registrada de "El Demonio"—, te sugiero que apagues el motor de tu coche y empieces a correr. Porque si te encuentro, ni tu apellido, ni tu dinero, ni tu marido cobarde podrán salvarte.

​La conexión se cortó. Amelia dejó caer el comunicador al suelo. Se giró hacia Sebastián, que la observaba con una mezcla de horror y fascinación absoluta. La mansión ardía en varios puntos, y el olor a pólvora lo inundaba todo.

​—Bienvenida a mi mundo, Sebastián —susurró ella, acercándose a él, con el rostro salpicado de manchas de hollín—. ¿Todavía quieres ser parte de esta guerra?

​Sebastián la tomó de la cintura, ignorando el fuego que comenzaba a lamer las cortinas de seda, y la besó con una intensidad que parecía querer reclamar cada célula de su ser.

—No solo quiero ser parte de ella —respondió él contra sus labios—. Quiero ganarla contigo.

​Afuera, las sirenas comenzaban a escucharse. La noche apenas empezaba, y los enemigos de "El Demonio" y "La Bestia" estaban a punto de descubrir que habían cometido el error fatal de subestimar el poder de dos almas que no tenían nada que perder.

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