Esta historia no empezó con amor.
Empezó con una reseña de 2 estrellas que casi la arruina.
Y con un contrato de 50 mil euros que casi lo salva.
*Él: Damián Ruiz*
35 años. Crítico de vinos. Dueño de viña en Toscana.
Escribió que su comida "no tenía alma".
Ahora necesita que ella cocine su boda.
*Ella: Melody Salvatore*
29 años. Chef en París. 12 mesas y una deuda gigante.
Lo odia. Con razón.
Ahora tiene 30 días para cocinar para él en Toscana.
El trato: 1 mes. Sin tocarse. Sin hablar de lo de Roma.
Solo comida y dinero.
Lo que no estaba en el contrato:
Los viñedos en verano.
Las noches sin dormir.
Las manos que se rozan al probar un plato.
Y la pregunta que nadie se hace: ¿Y si el odio es solo miedo de querer?
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Tormenta en Florencia
El mercado de San Lorenzo olía a limones, cuero y a gente.
—Tenemos que comprar trufas, aceite y pescado fresco para la cena de mañana —dijo Damián, caminando dos pasos adelante de Melody. Traje gris, gafas de sol. Insoportablemente guapo.
Melody iba detrás, con una libreta. Cada vez que él se agachaba a oler un tomate, ella anotaba. Cada vez que una vendedora le sonreía, a Melody le daba un pinchazo.
—Señor Ruiz, qué gusto verlo —dijo una mujer mayor, agarrándole el brazo—. ¿Y esta señorita? ¿La nueva asistente?
Melody apretó la libreta.
—La chef —corrigió Damián rápido—. Melody Salvatore.
El “chef” lo dijo con orgullo. A Melody se le aflojó el nudo en el pecho.
Siguieron caminando. El cielo se estaba nublando.
De repente, Marco apareció. Con Valeria del brazo.
—¡Qué coincidencia! —dijo Marco, abrazando a Valeria por la cintura—. Vinimos por flores.
Valeria iba pegada a él. Demasiado.
Damián se tensó. Melody lo vio.
—Vamos por otro lado —dijo Damián, tirándole suave de la muñeca a Melody.
Ese roce. Otra vez.
Empezó a lloviznar. En 5 minutos era un diluvio.
Corrieron y se metieron en una pequeña trattoria para refugiarse. Solo quedaba una mesa.
Se sentaron frente a frente. Mojados. El pelo de Melody goteando, la camisa de Damián transparente en los hombros.
—Pides tú —dijo él, pasándole el menú. Sus dedos se tocaron. Ninguno los quitó rápido.
Pidieron vino tinto y pan. Afuera tronaba.
—Valeria y Marco se ven muy... cercanos —comentó Melody, probando el vino. A propósito.
Damián la miró por encima de la copa.
—¿Celos?
—Para nada —mintió ella—. Solo observo.
—Yo también observo —respondió él, bajando la voz—. Y vi cómo Marco te tocó la mano ayer.
Melody sonrió. Punto para los dos.
Se quedaron callados. El lugar estaba casi vacío. Solo el sonido de la lluvia y sus respiraciones.
De pronto se fue la luz. Quedaron a media luz, solo con velas en las mesas.
—Parece que nos vamos a quedar aquí un rato —dijo Damián.
La tensión subió. No había nadie más. Solo ellos dos, una mesa pequeña, y la tormenta.
Damián se recostó.
—¿Puedo preguntarte algo? ¿Por qué aceptaste? Podías haberme mandado al infierno.
Melody jugó con el borde de la copa.
—Porque necesitaba el dinero. Y porque... —lo miró— quería verte pagarla.
—¿Y lo estoy haciendo?
Ella no respondió. Solo le sostuvo la mirada. El aire entre ellos pesaba.
Damián se inclinó un poco sobre la mesa.
—Melody...
Ella contuvo la respiración. Estaba tan cerca que podía oler el vino en su aliento.
Su celular vibró. Mensaje de Valeria: _"Amor, ¿dónde estás? Marco y yo ya vamos a la villa"_
Damián maldijo por lo bajo y se recostó. El momento se rompió.
Cuando la lluvia paró, volvieron a la villa empapados y callados.
Esa noche, Melody no pudo dormir. Recordaba lo cerca que había estado su cara.
En el pasillo, vio luz bajo la puerta del estudio de Damián. Tocó.
Él abrió. Sin camisa. Solo un pantalón de pijama. El pelo mojado.
—¿Pasa algo?
—No —mintió ella—. Solo... no podía dormir.
Damián la miró de arriba a abajo. Tragó saliva.
—Entra. Te sirvo algo caliente.
Entraron. La habitación olía a él. A madera y a vino.
Le dio una taza de té. Sus manos se rozaron al dársela. Esta vez ninguno la soltó enseguida.
—Hace 3 años la cagué —dijo él, de repente—. Vi tu plato y me dio miedo. Miedo de que fueras mejor que todos los críticos. Mejor que yo.
Melody se acercó un paso.
—Y ahora?
—Ahora me da miedo otra cosa —susurró él.
—¿Qué?
—Que te vayas en 29 días y no pueda hacer nada.
El silencio era ensordecedor. Estaban a centímetros.
Melody alzó la mano, casi toca su pecho. Damián cerró los ojos.
Toc, toc.
—¡Dami! ¿Estás ahí? —la voz de Valeria.
Se separaron como si los hubieran quemado.
—Sí, ya voy —dijo Damián, con la voz ronca.
Melody salió corriendo a su cuarto. Con el corazón latiéndole en la garganta.
Esto ya no era solo odio.
Esto ya dolía.