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Capítulo 17
Capítulo 17: El Matón y la Princesa
El martes comenzó con un cielo limpio y una brisa que olía a césped recién cortado. El campus de la Universidad Montecarlos tenía esa cualidad particular en otoño: los árboles del bulevar principal se teñían de cobre y las hojas caían como confeti sobre las aceras de piedra. Cualquiera diría que era un día perfecto.
Y lo era. Lo fue, hasta que dejó de serlo.
Yo caminaba por el ala deportiva del edificio principal, con mis apuntes de teoría musical bajo el brazo y el celular vibrando en el bolsillo del blazer. Llevaba tacones —no por vanidad, sino porque Valentina Montiel no usa zapatos planos fuera de su habitación— y el eco de cada paso rebotaba contra las paredes del corredor vacío.
Digo vacío porque a esa hora, entre las dos y las tres de la tarde, la mayoría de los estudiantes estaban almorzando o en sus clases vespertinas. El ala deportiva quedaba como un pasillo fantasma: largo, iluminado por fluorescentes blancos, con ese olor perpetuo a desinfectante y sudor viejo que nunca desaparece por más que los de mantenimiento lo intenten.
Iba distraída revisando un mensaje de mi asistente personal —un recordatorio sobre la reunión de accionistas del Grupo Montiel que mi padre me exigía atender por videollamada— cuando lo escuché.
No fue un grito. Fue peor que un grito.
Fue una risa.
Gruesa. Húmeda. El tipo de risa que un hombre suelta cuando sabe que su víctima no puede responderle. La risa de alguien que disfruta el silencio del otro.
Mis pies se detuvieron antes de que mi cerebro procesara la escena.
Al fondo del corredor, junto a la puerta de los vestidores masculinos, había tres personas. Dos de ellas eran figuras secundarias: muchachos grandes, anchos de hombros, con sudaderas de la selección universitaria de rugby. El tipo de extras que siempre rodean al villano en las películas de secundaria, excepto que esto no era una película y no estábamos en la secundaria.
El tercero era Bruno Quiroga.
Y frente a Bruno, con la espalda contra la pared y una raqueta en la mano derecha que parecía más un escudo que un arma, estaba Renato.
Bruno Quiroga era, por ponerlo de alguna forma, el tipo de persona que la naturaleza diseñó para intimidar. Un metro noventa y dos de músculo compacto. Mandíbula cuadrada. Cuello de toro. Hijo de Rodrigo Quiroga, el dueño de la cadena de gimnasios FitQuiroga, que tenía cuarenta y siete sucursales en todo el país y la mitad de su capital fondeado directamente por el Grupo Montiel.
La mitad.
Es decir: la mitad de la fortuna de los Quiroga existía porque mi familia les había dado dinero.
Bruno no parecía recordar ese detalle en este momento. O le importaba poco. Porque tenía a Renato acorralado contra la pared y lo miraba como quien mira a un insecto particularmente molesto que se niega a morir aplastado.
—¿Qué, Renato? ¿No vas a decir nada? —la voz de Bruno llenaba el pasillo entero, grave y pastosa, como alquitrán—. Pensé que eras mudo, pero me dicen que hasta ganaste un partido el sábado. Felicidades. ¿Quieres un aplauso?
Renato no se movió. No habló. Su expresión era la misma que tenía cuando lo vi por primera vez en esta vida: neutra, cerrada, impenetrable. Como una puerta de acero sin cerradura visible. Sus ojos oscuros miraban un punto en la pared detrás de Bruno, como si el hombre de casi dos metros que le escupía veneno en la cara fuera transparente.
Yo conocía esa mirada.
Era la mirada de alguien que aprendió, hace mucho tiempo, que responder solo empeora las cosas.
—Oye, te estoy hablando —Bruno dio un paso más cerca. Uno de sus compinches soltó una risita. El otro se cruzó de brazos, tapando la salida—. Me enteré de que tu viejo finalmente palmó en la cárcel. ¿Qué se siente? ¿Extrañas al asesino de la familia, o ya te acostumbraste?
Un frío me recorrió la columna.
No por miedo. Por rabia.
En mi vida anterior, supe lo del padre de Renato demasiado tarde. Supe muchas cosas demasiado tarde. Pero el rumor existía en los rincones de la universidad como una mancha de humedad que nadie limpia: que el padre de Renato Solís había sido condenado por homicidio cuando Renato tenía catorce años. Que la familia Solís se desmoronó. Que la madre desapareció. Que Renato se crió solo, con una beca deportiva como único salvavidas.
Y tipos como Bruno Quiroga usaban esa herida como arma.
—De tal palo, tal astilla —continuó Bruno, inclinándose hasta que su rostro quedó a centímetros del de Renato—. ¿Tú también tienes esas manos, Solís? ¿Las de matar?
La mandíbula de Renato se tensó. Fue el único movimiento. Un músculo diminuto en el borde de su quijada que se endureció como piedra y luego se relajó. Sus dedos apretaron el mango de la raqueta con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos.
Pero no habló.
No golpeó.
No hizo nada.
Y eso, de alguna forma, era lo más devastador de todo.
Porque Renato Solís, el chico que podía enviar una pelota a doscientos kilómetros por hora, que tenía la fuerza física para romperle la nariz a Bruno Quiroga con un solo golpe certero, simplemente no se defendía.
No porque no pudiera.
Porque había decidido no hacerlo.
Y yo sabía por qué. Lo supe en mi primera vida y lo entiendo mejor ahora: Renato creció con el estigma de ser "hijo de un asesino." Cada puño que lanzara, cada voz que alzara, confirmaría la narrativa. De tal palo, tal astilla. Así que construyó un muro. Se tragó cada insulto, cada empujón, cada humillación, y los guardó en algún lugar profundo donde nadie pudiera verlos.
Eso funcionó para sobrevivir.
Pero las cosas que guardas en la oscuridad no desaparecen. Crecen.
Mis tacones resonaron en el piso como un metrónomo.
Tac. Tac. Tac.
No aceleré el paso. No corrí. Valentina Montiel no corre hacia los problemas; camina, y el mundo se abre.
Los dos compinches de Bruno me vieron primero. Uno de ellos dio un paso involuntario hacia atrás, como si el sonido de mis zapatos fuera una alarma que su cuerpo reconocía antes que su mente. El otro se quedó quieto, pero su expresión cambió: la sonrisa estúpida se derritió y fue reemplazada por algo parecido a la cautela.
Bruno estaba demasiado ocupado disfrutándose a sí mismo para notar mi presencia. Tenía el índice sobre el pecho de Renato, empujándolo con cada frase, como un niño que pica un animal enjaulado para ver si muerde.
—...y el chiste es que crees que ganar un partidito de mierda te va a cambiar la vida. Vas a ser un don nadie, Solís. Igual que tu papá. Igual que toda tu—
—Bruno.
Mi voz salió clara. No grité. No necesité gritar. Una sola palabra, pronunciada con la calma quirúrgica que aprendí en diecinueve años de ser la hija de Eduardo Montiel, el hombre cuyo apellido aparecía en la fachada de tres bancos, dos hospitales y una línea aérea.
Bruno se giró.
Y por un segundo —un segundo delicioso, perfecto, que guardaré como un diamante— vi el miedo en sus ojos.
Fue breve. Lo reemplazó con arrogancia casi de inmediato, como quien se pone una máscara a toda prisa, pero yo lo vi. Ese parpadeo rápido. Esa contracción en los hombros. El instinto ancestral de un depredador menor que de pronto detecta al depredador mayor.
—Montiel —dijo, y casi sonó casual. Casi—. ¿Qué haces por aquí?
Caminé hasta quedar frente a él. Tuve que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos —la diferencia de estatura era absurda, yo con mis tacones apenas llegaba a su hombro— pero la altura nunca ha sido lo que determina quién mira hacia abajo a quién.
—Pasaba por aquí —dije, con el tono exacto de alguien que comenta sobre el clima—. Y me encontré con algo curioso.
Levanté la mano derecha. Lentamente. Bruno la miró como si fuera una serpiente, sin saber si mordería o no.
Y le di un golpe con el dedo índice en la frente.
Un flick. Suave. Casi juguetón. El tipo de gesto que le harías a un hermano menor que dice una tontería.
El sonido fue pequeño —toc— pero en el silencio del corredor resonó como un disparo.
Bruno retrocedió un paso. No por el dolor, que fue nulo. Por la humillación. Porque Valentina Montiel, una chica de diecinueve años que pesaba la mitad que él, le acababa de dar un golpecito en la frente como quien le pone un sello a un documento.
Sus compinches no respiraban.
—Tocando lo que es mío enfrente de mí —dije, bajando la mano con la misma calma—. ¿Se te olvidó tu apellido, Bruno? Porque a mí no se me olvida el tuyo.
La mandíbula de Bruno se apretó. Pude ver la rabia subiéndole por el cuello como mercurio en un termómetro, roja e incontrolable.
—¿Lo tuyo? —escupió, señalando a Renato con un movimiento brusco de la cabeza—. ¿Desde cuándo la princesa Montiel se junta con basura?
—Desde que la basura empezó a hablarme de tú —respondí—. FitQuiroga. Cuarenta y siete sucursales. ¿Cuántas quedan si el Grupo Montiel retira su participación accionaria? Espera, no me digas. Déjame hacer las cuentas.
Saqué el celular del bolsillo del blazer y fingí abrir la calculadora. No necesitaba calcular nada. Sabía las cifras de memoria. Pero el gesto era el punto: mostrarle que su imperio familiar era un problema matemático que yo podía resolver en treinta segundos.
—Veintitrés —dije, guardando el teléfono—. Te quedan veintitrés sucursales, y la mitad de esas operan con márgenes que no cubrirían ni la renta del local. Una llamada, Bruno. Una sola llamada a mi padre. ¿Quieres que la haga aquí o prefieres que espere a llegar a casa?
El silencio que siguió fue el tipo de silencio que precede a los terremotos. Denso. Cargado. Con esa vibración subterránea que te dice que algo se está rompiendo.
Bruno me miraba con una expresión que yo había visto antes, en otra vida, en otros rostros: la expresión de alguien que acaba de descubrir que el juego tiene reglas que él no conocía. Que hay una jerarquía por encima de la fuerza bruta. Que los puños no sirven contra los contratos.
—Esto no se va a quedar así —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara.
—Claro que no —le respondí, con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Porque la próxima vez que te vea cerca de él, no va a ser una llamada a mi padre. Va a ser una llamada a mi abogado. Y los abogados de los Montiel no hacen llamadas de cortesía.
Bruno se apartó. No hubo despedida. No hubo última frase ingeniosa. Simplemente giró sobre sus talones y caminó hacia la salida con sus dos satélites siguiéndolo como sombras mudas. Uno de ellos tuvo la audacia de mirarme por encima del hombro, como queriendo memorizar mi cara.
Memorízala bien, pensé. Es la última cara bonita que vas a ver antes de que te llegue una demanda.
El sonido de sus pasos se fue apagando hasta que el corredor volvió a quedar en silencio.