Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
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Capitulo 9
Era la tarde del viernes cuando Damián la llamó a su despacho. Cerró la puerta tras ella y la miró con esa mezcla de autoridad y calma que siempre lo caracterizaba.
—Esta noche tengo una cena importante con tres inversores que quieren participar en el nuevo proyecto de NovaCore —le dijo, apoyándose en el borde de su escritorio—. Quiero que vengas conmigo.
Lidia abrió los ojos un poco, sorprendida.
—¿Yo? Pero Damián… son inversores, gente de negocios. Yo soy tu asistente. ¿No deberías ir solo o con alguien del consejo?
—Tú eres quien mejor conoce los detalles del proyecto en este momento —respondió él con firmeza—. Y quiero que estés ahí. No te pido que hables de más, solo que me acompañes y estés a mi lado. ¿Puedo contar contigo?
—Claro que sí —respondió ella, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba—. Iré. Solo… dime cómo debo ir vestida, qué debo hacer. No quiero cometer ningún error.
Él esbozó una pequeña sonrisa, suave y segura.
—No vas a cometer ninguno. Sé elegante, sé tú misma. Y no te preocupes por nada: yo estaré ahí. Te cuido yo.
La cena fue en un restaurante exclusivo, con mesas de mantel blanco y luces tenues que creaban una atmósfera cálida. Al entrar, Damián le ofreció el brazo, y aunque ella dudó un instante, lo tomó, sintiendo la firmeza de su cuerpo junto al suyo. Los inversores los esperaban ya sentados, y al presentarlos, él dijo con voz clara y profesional:
—Les presento a Lidia Ashcroft, mi asistente personal y la persona que ha estado coordinando todos los detalles del proyecto. Sin su trabajo, nada de esto estaría tan avanzado.
Los hombres asintieron amablemente, pero Lidia notó que la miraban con curiosidad. Durante la cena, hablaban de cifras, de plazos, de estrategias, y ella tomaba notas con discreción, respondiendo cuando le preguntaban, sintiéndose segura gracias a que Damián siempre la respaldaba.
—Tiene usted un equipo muy bien preparado, Damián —comentó uno de los inversores al cabo de un rato—. Pero hay que reconocer que tener a alguien como ella tan cerca debe facilitarle mucho las cosas.
—Así es —respondió él, y bajó la mano hasta encontrar la suya bajo la mesa, rozando apenas sus dedos sin que nadie más lo notara—. Lidia es mucho más que una empleada. Es alguien en quien confío plenamente. Y eso no tiene precio.
Lidia contuvo el aliento al sentir el contacto leve de sus dedos. No era una caricia atrevida, pero decía todo lo que las palabras no podían decir en ese momento. Apretó su mano muy suavemente, y él la sostuvo un instante más antes de soltarla con naturalidad, como si nada hubiera pasado.
Más tarde, cuando otro de los inversores hizo un comentario un poco demasiado familiar hacia ella, Damián intervino de inmediato, con una sonrisa educada pero con firmeza en la voz:
—Lidia es la profesional más capaz que tengo. Tratémosla con el respeto que se merece, por favor.
El hombre se disculpó, pero Lidia no estaba pensando en él. Estaba pensando en la forma en que Damián la había protegido, en cómo la miraba de vez en cuando entre conversación y conversación, como para asegurarse de que estaba bien.
Al final de la velada, cuando se despidieron y quedaron solos en la entrada del restaurante, ella se giró hacia él con una sonrisa de alivio y gratitud.
—Gracias —le dijo—. Por todo. Por llevarme, por defenderme… por estar ahí.
Damián se detuvo frente a ella, y la luz de la calle iluminó la seriedad y la ternura a la vez en su rostro. Dio un paso hacia ella, lo suficiente para que su voz fuera solo para ella.
—No tienes que darme las gracias —dijo bajito—. Te dije que te cuidaría, y lo hago. Y quiero que sepas algo: para ellos eres mi asistente. Pero para mí… eres mucho más que eso. Y no me importa quién lo sepa, tarde o temprano.
Lidia sintió que el corazón se le detenía un instante. Las palabras eran sencillas, pero dichas con esa sinceridad absoluta, le llegaron directo al alma.
—¿Más que eso? —repitió ella apenas en un susurro—. ¿Y qué soy para ti, Damián?
Él le tomó la mano entre las suyas, con cuidado, como si sostuviera algo valioso.
—Eres la mujer que cambió mi mundo en una tarde de lluvia —respondió él sin dudar—. Y cada día que pasa me convenzo más de ello. ¿Lo sientes tú también?
—Sí —admitió ella, con los ojos brillantes—. Lo siento. Aunque me asuste, lo siento.
—No tienes por qué asustarte —le dijo él, acercándose un poco más—. Estamos juntos en esto. Y mientras estés conmigo, nadie te hará daño. Nadie te subestimará. Eres importante, Lidia. Para mí lo eres más de lo que imaginas.
Se quedaron allí un momento, bajo la luz tenue, sin necesidad de más palabras. Y cuando él la acompañó al coche, supo con certeza que lo que había empezado como un encuentro casual se había convertido en algo mucho más profundo, algo que los unía de una forma que no podían explicar ni detener.
Durante el postre, la conversación se animó y los inversores se distrajeron hablando entre ellos. Bajo la mesa, la mano de Damián buscó la suya con una suavidad que la hizo estremecer. No la agarró con fuerza, simplemente entrelazó sus dedos con los de ella, despacio, como si fuera lo más natural del mundo. Lidia se quedó inmóvil un instante, sintiendo el calor de su piel, y alzó la vista hacia él con el corazón latiéndole a mil por hora. Él seguía escuchando con atención lo que decía el otro hombre, pero con la comisura de los labios ligeramente curvada, sabiendo perfectamente lo que acababa de hacer.
Cuando los demás se giraron para pedir el café, ella le apretó la mano muy bajito, y él la miró de reojo, solo a ella, con una mirada tan profunda que parecía estar diciéndole todo lo que las palabras no podían expresar en ese momento.
—No deberíamos hacer esto —le susurró ella apenas con los labios, casi sin moverlos, para que nadie más oyera—. Están mirando.
—Nadie nos ve —respondió él también en un susurro, sin apartar la vista de ella—. Y aunque nos vieran… no me importaría. Quiero saber que estás cerca. Quiero sentirte.
—Pero soy tu asistente —insistió ella, aunque no retiró la mano—. Y ellos son socios importantes. Podrían pensar mal.
—Que piensen lo que quieran —dijo él con calma—. Lo que hay entre nosotros no es un secreto, Lidia. Es algo que simplemente todavía no les hemos contado. No hay nada de qué avergonzarse.
Lidia sintió que se le aceleraba el pecho. Soltó un suspiro leve y miró hacia la mesa de enfrente para asegurarse de que nadie los estaba observando, antes de volver a hablarle con voz muy baja:
—Me confundes, Damián. Un momento eres mi jefe, exigente y estricto, y al siguiente… me miras así, me tocas la mano como si yo fuera lo único que importa aquí. No sé cómo actuar.
Él apretó su mano con más firmeza, sin hacer daño, pero con una seguridad que la tranquilizó al instante.
—Actúa como tú misma —le dijo con ternura—. No cambies nada. Yo asumo el resto. Y si alguna vez sientes que cruzo una línea que no debiera, me lo dices. Me detendré. Pero mientras tú no me lo pidas… no voy a fingir que no te siento. No puedo hacerlo.
—¿Sientes tanto? —preguntó ella, con la voz apenas un hilo, clavando los ojos en los suyos.
—Más de lo que creí posible —respondió él, sin dudar ni un segundo—. Cada vez que te veo entrar a mi despacho, cada vez que hablas con esa inteligencia y esa calma que te caracterizan… siento que te acercas más y más, y no quiero que te alejes. Eres mi asistente en el trabajo, sí. Pero aquí —señaló levemente su pecho con la mano libre— aquí eres mucho más que eso. Y eso no va a cambiar.
Lidia bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, sintiendo cómo las lágrimas le asomaban sin querer, no de tristeza, sino de algo parecido a la felicidad. Nadie le había hablado así nunca. Nadie la había valorado de esa manera, sin pedirle que fuera otra persona, sin culparla de nada.
—Gracias —murmuró ella—. Por verme tal como soy. Por no tratarme como si fuera frágil.
—No eres frágil —dijo él con admiración—. Eres la mujer más fuerte que conozco. Y precisamente por eso… mereces que te cuiden. Mereces que te quieran bien. Y eso es lo que intento hacer.
Antes de que ella pudiera responder, los inversores volvieron a dirigirles la palabra, y Damián soltó su mano con naturalidad, como si nada hubiera pasado. Pero la sensación de su tacto se quedó en la piel de Lidia, caliente y viva, recordándole que no estaba soñando. Que él la veía, la respetaba y la quería de una forma que jamás hubiera imaginado que existiera. Y mientras terminaban la cena, ella supo que no importaba cuántos obstáculos hubiera, porque al lado de Damián se sentía capaz de enfrentarse a cualquier cosa.