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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:251.1k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24 — Sacar la leña de debajo del caldero

La lluvia lleva tres días cayendo sobre Valoria, fina y persistente, y con ella ha empezado a caer también, gota a gota, otra cosa mucho menos visible: el favor del rey por la reina.

Estoy sentada junto al brasero del Ala de Poniente, con un pliego de papeles abierto sobre las rodillas. No son cuentas de la casa. Son informes: cifras, nombres, itinerarios. Los ha traído Nube esta madrugada, empapada hasta los huesos, y los ha dejado sobre la mesa sin decir palabra.

Adrián se acerca por detrás y mira por encima de mi hombro. Ya no camina como un enfermo. Camina despacio, sí, porque conviene que lo vean así, pero cuando estamos solos su paso es firme.

—¿Qué es todo esto? —pregunta.

—El esqueleto de la reina. —Le tiendo el primer pliego—. Los nombres de sus ojos y sus oídos dentro del palacio real. Cuántas ayas cobran de su bolsa, quién administra el grano y el aceite del ala interior, qué mayordomos deciden a quién se asciende y a quién se echa. Todo lo que hace que la reina sea la reina, y no una mujer sola encerrada en unas habitaciones bonitas.

Él pasa las hojas despacio. Frunce el ceño.

—Esto es media corte.

—Era. —Sonrío—. Fíjate en la fecha de los últimos tres. El rey ya no la escucha como antes. Desde que vio a un hijo suyo levantarse de una cama en la que llevaba años pudriéndose, la mira distinto. No la desprecia todavía. Pero duda. Y a un rey que duda de su reina se le puede llevar de la mano, con mucha suavidad, adonde uno quiera.

Adrián deja los papeles sobre la mesa y se sienta enfrente de mí.

—Habla claro. ¿Qué piensas hacer?

—Nada ruidoso. —Junto las manos—. Escúchame bien, que esto sí importa. Para tumbar a alguien no hace falta pelear de frente, ni gritar, ni desenvainar. Eso solo sirve para que todo el mundo vea la sangre y elija bando. Lo que hay que hacer es cortarle las manos. Los ojos, el dinero, la gente que le obedece. Una cosa cada vez, sin prisa. Cuando ella se dé cuenta de lo que le falta, ya no le quedará ni una carta para jugar.

Adrián me observa un largo rato. En sus ojos hay algo que no es asombro; es reconocimiento, como quien encuentra al fin a alguien que habla su misma lengua.

—Los ojos. El dinero. La gente —repite en voz baja—. ¿Por dónde empiezas?

—Por lo más pequeño, para que nadie se asuste. —Tomo el segundo pliego—. Por el grano.

Al día siguiente escampa. Aprovecho que el rey manda llamar a Adrián al gabinete real para acompañarlo hasta la antesala y esperar allí, humilde, con las manos recogidas, como corresponde a una esposa que solo ha venido a cuidar de su marido enfermo.

En esa antesala, por azar —un azar que llevo dos días preparando—, coincide conmigo doña Elvira, la favorita real, madre de mi amiga Camila. Es una mujer de rostro sereno y ojos despiertos, de esas que nunca han querido meterse en las guerras del ala interior y precisamente por eso han sobrevivido a todas.

—Princesa. —Me saluda con una inclinación cortés—. Me alegra verla. Camila no para de hablar de usted.

—Doña Elvira. —Le devuelvo la reverencia—. Yo también tenía ganas de saludarla. Aunque hoy la encuentro con mala cara. ¿Ocurre algo?

Ella suspira. Y aquí está la puerta que yo quería abierta.

—Nada que deba preocuparla. Cosas de la casa. Este mes el reparto de grano y de carbón al ala interior ha llegado corto y a destiempo. Tres veces. Las doncellas de las favoritas de menor rango pasan frío y no se atreven a quejarse. Yo lo he hecho notar, pero el ama que lleva el almacén responde a la reina, y a mí… a mí no me hace caso.

—Qué extraño. —Bajo la voz, como quien comparte un secreto—. En una casa bien gobernada, el grano no llega tarde. Y menos tres veces seguidas. Si yo fuera la reina, me daría vergüenza que se supiera. Da la impresión de que ya no controla ni el almacén de su propia casa.

Doña Elvira me mira. Es lista. Entiende en el acto que no le estoy dando lástima: le estoy dando un arma.

—¿Cree usted —dice despacio— que debería llevarlo ante el rey?

—Yo no soy nadie para aconsejar a Su Majestad. —Junto las manos con recato—. Pero si una favorita, preocupada por que las doncellas del ala interior no pasen frío ni hambre, le expusiera con humildad al rey este pequeño desorden… nadie podría reprochárselo. Al contrario. Sería la única de la casa que se preocupa por el orden.

No hace falta que diga más.

Tres días después corre por la corte una noticia menuda que a nadie escandaliza y a todos hace pensar: el rey, informado de que el grano y el carbón del ala interior llegan cortos y con retraso, ha ordenado que el reparto de suministros del ala real pase a supervisarlo doña Elvira. “Por su sensatez y su buen juicio”, dicen que dijo.

Es una nadería. Un almacén de grano. La reina apenas repara en ello; hasta le parece bien quitarse de encima una tarea aburrida.

No comprende que acabo de arrancarle el primer dedo de la mano.

Porque quien controla el grano y el carbón controla algo más que sacos y leña. Controla favores. Un almacén es un cepo con el que la reina tenía sujetas a docenas de doncellas y ayas: dales de más y te sirven, quítales y las castigas sin decir una palabra. Ahora esa correa la sostiene doña Elvira. Y doña Elvira es amiga mía.

El segundo dedo tarda dos semanas más.

Elijo con cuidado. Entre los nombres del pliego de Nube hay un ama, doña Casta, encargada de recibir en el ala real las telas, las joyas y los tributos que las casas nobles envían como regalo. Por sus manos pasa, sin que nadie lo cuente en voz alta, mucho dinero. Una parte va a la reina. Otra parte —aquí está el nudo— se queda pegada a los dedos de doña Casta, que lleva años inflando las cuentas.

No la denuncio yo. No hace falta. Basta con que doña Elvira, ahora que supervisa los suministros, “descubra por casualidad” que las cifras de las telas no cuadran con las que declaran las casas donantes. Basta con que lo lleve, apenada, humildísima, ante el rey.

El rey, que estos días busca motivos para desconfiar del ala real, no necesita que lo empujen fuerte. Ordena una revisión de las cuentas. Doña Casta cae. Y con ella cae el canal por el que la reina movía dinero en la sombra.

—Segundo dedo —le digo a Adrián esa noche, mientras tacho un nombre del pliego con carboncillo—. El dinero.

Él está tumbado, con un brazo bajo la cabeza, observándome trabajar a la luz de la vela.

—No has dado ni un solo golpe —dice—. No has acusado a nadie. Ni siquiera has salido de esta habitación más de tres veces.

—Ese es el arte. —Sonrío—. Si diera golpes, la reina sabría contra quién defenderse. Así, cada vez que pierde un dedo, cree que se lo ha cortado el rey, o el azar, o su propia mala suerte. Nunca yo.

El tercer dedo —el más grande— es la gente.

Con el grano en manos de doña Elvira y las cuentas bajo revisión, el rey, ya suspicaz, hace lo que hacen todos los reyes cansados: descarga trabajo. Un edicto breve, sin aspavientos, dispone que “para aliviar a la reina de las fatigas de la casa”, el gobierno del ala interior —los ascensos, los castigos, los nombramientos de ayas y doncellas, el orden interno de las favoritas— pase a compartirse con doña Elvira, la favorita real.

Compartirse. Esa es la palabra amable. En la práctica, la reina ha perdido la potestad de nombrar y de echar a nadie sola. Y quien no puede premiar ni castigar no manda: solo ocupa un sillón.

La mañana en que se lee el edicto, dicen que la reina permaneció mucho rato de pie ante la ventana, sin decir palabra, con las cuentas de la casa abiertas sobre la mesa. Que llamó a su dama, doña Nieves, y le preguntó, con la voz muy serena:

—¿Quién ha hablado con el rey? ¿Quién le ha puesto todo esto delante? El grano, las cuentas, ahora esto. Tres golpes en un mes, y ni uno con mi nombre encima. ¿Quién?

Doña Nieves, arrodillada, no supo qué responder. Porque no había nadie a quien señalar. No había cartas interceptadas, ni sobornos rastreables, ni un enemigo con la cara descubierta. Solo una favorita bondadosa a la que el rey había premiado por celosa. Solo desórdenes que la propia casa de la reina había cometido. Todo limpio. Todo suyo.

Dicen que la reina barrió la mesa de un manotazo y que las cuentas volaron por el suelo. Que después, muy quieta, con las uñas clavadas en la palma, dijo entre dientes un solo nombre.

El mío.

No tiene prueba. No tiene lógica que pueda enseñar a nadie. Pero lo sabe, con esa certeza animal de quien pierde y huele al ladrón sin verlo. Sabe que detrás de esa mansa hija adoptiva que no sale de la alcoba de un moribundo hay una mano que le está desollando el poder dedo a dedo.

—Me odia —le digo a Adrián, apagando la vela de un soplo—. Ya no odia a la hija adoptiva que quemó a su ama en la plancha. Odia a esto —y señalo el pliego, ahora casi todo tachado—. A la que le ha vaciado la casa sin tocarla.

En la oscuridad, la voz de Adrián llega tranquila.

—¿Y eso no te preocupa?

—Al contrario. —Me acomodo—. Una enemiga que sabe que ha perdido y no encuentra a quién morder es una enemiga que se vuelve imprudente. Y los imprudentes cometen errores. —Cierro los ojos—. Duerme. Le he arrancado las manos. Ahora esperaremos a ver qué hace una reina sin manos cuando la empujan.

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Mery Gutierrez
tanta estrategia me hace pensar en el libro el arte de la guerra 🤭
Mery Gutierrez
así me gusta la protagonista 😍
Aracelis León García
eso les.pasa por pajuas y maloras si hu iesen sido buenas ahora estuvieran bien paradas
Aracelis León García
la esposa de heredero es la princesa de solterra
Aracelis León García
creo que la princesa de soltera es ella
Maria Cerdán
Vino por su hermana? Es Isabela?
Maria Cerdán
Chúpense esa mandarina viejos decrépitos que lo único que piensan es con sus bolsillos atestados del dinero que roban a manos llenas sin pensar en el pueblo.
Marina C 🇦🇷
Espectacular de principio a fin!!!
Maria Cerdán
Cuánta tristeza, dolor y decepción cuando la traición llega de tu propia sangre.
Maria Cerdán
Jáá!!, la viudita alegre, la que gobierna en las sombras, querrá calentar la cama del cuñado? Veremos.
Maria Cerdán
No solo volviste para reivindicar a Adrián Isabela, te dieron la oportunidad de ser feliz también, cosa que no pasó en tu vida anterior, aprovéchala..dale unos revolconcitos a Adrián que también los necesita..🤭🥰
Maria Cerdán
Ay Rosendita, se te avisó y no quisiste escuchar, ahora te vas a quedar sin tu bendi, qué pena ja,ja,ja.
Maria Cerdán
Ah!!, cuánta satisfacción.. apiteósico..
Maria Cerdán
Se ufana de ser la "Reyna" de la corte y no sabe que gasta ella debe bajar la cabeza ante Isabela? Qué mujer más necia y falta de neuronas, la envidia se las quemó.
Maria Cerdán
Ya apareció otra lagarta con la sangre en el ojo porque otra mujer le "robó" la atención que otros le daban, Dios, porqué no se compran una vida y la viven felices sin joderle la vida a otros, pero no, se empeñan en molestar al león dormido y después no se aguantan la patada en los dientes como siempre digo, en fin..
Maria Cerdán
EXCELENTE Y ATRAPANTE CAPÍTULO, no tiene desperdicio esta historia, no deja de sorprender. Un gusto leerla.
Monica Ramirez
La trepadora, vive de camandula ajena 🤭
Monica Ramirez
La trepadora, vive de camandula ajena 🤭
Monica Ramirez
pregunteme: cuanto me importa, que la zorra de la reina odie a isabella
Monica Ramirez
porqes el rey es un poco hombre, que piensa con la de abajo, pobre he inútil.
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