Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?
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CAPÍTULO 13 - El peso de la piedra
La cantera de Khelar no parecía colapsada.
Parecía cerrada por una mano gigantesca.
La entrada principal había desaparecido detrás de bloques encajados unos contra otros. Polvo ocre cubría las plataformas de trabajo, las poleas y una fila de carretas abandonadas. Cada pocos segundos, una vibración recorría la montaña y desprendía fragmentos de las paredes.
Luciano apoyó la palma sobre Estrato, plegada a su espalda.
—¿Cuántos quedaron dentro?
—Once confirmados —respondió Edran—. Quizá más.
Un grupo de rescatistas de la Red del Umbral esperaba junto a la entrada. Ninguno había conseguido atravesar el derrumbe: al utilizar Tierra para mover los bloques, la montaña respondía cerrando otras galerías.
Kargan se arrodilló y colocó una mano sobre el suelo.
Bastión emitió un pulso bajo. El orco cerró los ojos mientras las vibraciones regresaban por el martillo.
—Tres cavidades estables. Dos se están hundiendo. Hay golpes bajo el nivel oriental.
Luciano no escuchaba nada.
—¿Cómo distingues golpes de piedra cayendo?
Kargan abrió los ojos.
—No escucho. Leo cómo viaja el peso.
Golpeó el suelo con dos dedos. La onda fue demasiado débil para mover polvo.
—Toda piedra sostiene algo y es sostenida por otra cosa. Una vibración cambia cuando encuentra un vacío, metal, agua o carne.
—Como una prospección sísmica.
La trama traductora dejó el último concepto sin interpretar. Luciano dibujó una serie de capas y ondas en su libreta.
—En mi mundo utilizamos vibraciones para reconstruir lo que existe bajo tierra.
Kargan examinó el esquema.
—Entonces deja de mirar el derrumbe y empieza a leerlo.
Encontraron una entrada secundaria detrás de un almacén. Nyra introdujo Huella por una fisura y dejó que el hilo nodal recorriera el interior. Eco regresó por una abertura distinta, trazando un camino curvo bajo la roca.
—Puedo marcar una ruta —dijo—. No prometo que permanezca abierta.
Vaelira preparó Savia Carmesí y distribuyó entre todos pequeñas espinas de cristal.
—Si alguien queda fuera de mi alcance, esto transmitirá pulso y temperatura. Si se vuelve negro, está muerto. Si se rompe, probablemente también.
Luciano sujetó la suya a la camisa.
—Tu manera de tranquilizar pacientes necesita trabajo.
—No eres paciente hasta que te hieres.
—Confiemos en que la transición tarde.
Entraron en fila: Nyra delante, Luciano después, Vaelira en el centro y Kargan cerrando el grupo. Edran permaneció afuera coordinando a los rescatistas y conteniendo la entrada con sellos provisionales.
El primer túnel obligaba a avanzar agachados. Luciano desplegó Estrato hasta la mitad y utilizó la punta roma para comprobar cada apoyo. Sin Nexo, el arma no podía reforzar el suelo, pero sus marcas de medición revelaban inclinaciones que el ojo ignoraba.
Kargan golpeaba la pared a intervalos regulares.
—No repitas mi ritmo —ordenó.
—¿Por qué?
—Porque aprenderías a oír mis respuestas, no las de la montaña.
Luciano cambió el intervalo. Al principio solo sintió el golpe en los dedos. Después empezó a reconocer diferencias: una respuesta seca en roca maciza; un temblor prolongado cerca de una cavidad; una vibración irregular cuando las piedras estaban comprimidas y listas para moverse.
—Ese tramo está cargado —dijo, señalando el techo.
Kargan lo comprobó con Bastión.
—Correcto. ¿Qué hacemos?
Luciano observó las fracturas.
—No tocarlo.
—Primera lección útil del día.
Rodearon la zona y alcanzaron una cámara de extracción. Cuatro trabajadores permanecían atrapados detrás de una viga. Dos estaban conscientes. Vaelira se deslizó por el espacio disponible y extendió los filamentos de Savia Carmesí hacia los heridos.
—Puedo estabilizarlos, no sacarlos.
Kargan desplegó el escudo de Bastión bajo el techo.
—Levantaré la viga. Nyra abrirá la ruta. Luciano, sacarás a los trabajadores.
—Puedo ayudar con la palanca.
—Harás lo que te corresponde.
La dureza del tono irritó a Luciano, pero obedeció. Kargan elevó la viga y toda la cámara gimió. Nyra marcó dos trayectorias con sus cuchillas. Luciano arrastró al primer trabajador, regresó por el segundo y ayudó a caminar a los otros dos.
Una piedra cayó cerca de su hombro.
Kargan abandonó la viga durante un instante para cubrirlo con el escudo. El movimiento casi dejó caer el techo sobre Vaelira.
—¡Estoy fuera! —gritó ella.
El orco volvió a sostener la carga. Su respiración había cambiado.
No era cansancio. Era miedo.
Cuando los cuatro trabajadores quedaron en la ruta de salida, Nyra los condujo hacia los rescatistas. Vaelira permaneció con el grupo.
—Todavía hay golpes abajo —dijo Kargan.
Descendieron a un nivel antiguo que no figuraba en los planos de la cantera. Las herramientas modernas desaparecieron y las paredes mostraron cortes circulares, demasiado precisos para los mineros de Khelar.
Luciano rozó una inscripción con la luz de su lámpara.
—Esto estaba aquí antes de la extracción.
—Las Fosas de Terrak crecieron alrededor de ruinas —respondió Kargan—. Los mineros siguen las vetas. A veces las vetas siguen cosas más antiguas.
Un golpe respondió desde el túnel derecho.
Encontraron a cinco trabajadores dentro de una cámara natural. Una mujer mantenía un soporte improvisado mientras los demás apartaban piedras de un compañero inconsciente. La pared detrás de ellos brillaba con vetas color ámbar.
El material de Tierra.
Luciano lo reconoció por el mismo pulso que había mostrado el mapa de Piprek. Estrato vibró pese a no contener un núcleo.
Kargan lo vio.
—No lo toques.
—No pensaba hacerlo.
—Lo pensaste.
—Pensar todavía no viola las condiciones de Edran.
Liberaron al trabajador inconsciente. Vaelira confirmó que seguía vivo y fijó Savia Carmesí a su pecho. Para regresar debían cruzar una galería que perdía altura a cada vibración.
Kargan ordenó formar una sola fila y se colocó debajo del punto más inestable.
—Yo sostendré el techo. Pasan todos y no se detienen.
—Puedes anclarlo y venir con nosotros —dijo Vaelira.
—Si retiro Bastión antes de tiempo, nos alcanza.
Luciano recordó cómo el orco había cubierto su cuerpo sin comprobar si Vaelira estaba fuera. No era simple valentía. Kargan necesitaba convertirse en la última barrera porque no confiaba en que nadie más pudiera sobrevivir sin él.
—Ya perdiste una unidad —dijo Luciano.
El martillo se hundió un poco más en el suelo.
Kargan no preguntó cómo lo había deducido.
—Elegí salvar civiles cuando mi orden era mantener una posición. Los civiles vivieron. Casi todos los que estaban bajo mi mando murieron.
—Entonces sabes que una decisión correcta también puede tener muertos.
—Sé que no volveré a abandonar una posición mientras alguien dependa de ella.
—Eso no es lo mismo.
La montaña tembló antes de que Kargan respondiera.
Todos comenzaron a cruzar. Nyra guio a los trabajadores. Vaelira sostuvo al herido inconsciente. Luciano permaneció junto a Kargan hasta que el último minero alcanzó el otro extremo.
—Ahora tú —ordenó el orco.
—Después de ti.
—No conviertas una conversación en una estupidez.
Luciano avanzó. A mitad de la galería, Estrato emitió un pulso. La veta ámbar detrás de la pared respondió y una fractura apareció bajo sus pies.
—¡Corre! —rugió Kargan.
Luciano saltó hacia el otro lado.
El suelo se abrió antes de que llegara.
Nyra lanzó una de sus cuchillas. El hilo nodal rozó la mano de Luciano, pero no consiguió cerrarla alrededor de su muñeca.
Cayó entre piedras y polvo mientras Bastión contenía el derrumbe sobre los demás.
La última imagen que vio fue Kargan intentando abandonar su posición para alcanzarlo.
Después, una pared de roca separó a Luciano del grupo.