¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?
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SIN REFLEJOS
El sonido fue al mismo tiempo en toda la casa.
No fue un vidrio rompiéndose. Fueron cinco vidrios a la vez. El del baño, el de la sala, el del cuarto de Héctor, el del cuarto de Mateo y el espejito pequeño que Valeria tenía en la cocina para maquillarse.
Valeria gritó desde abajo.
Héctor no soltó la mano de Mateo.
La consola estaba negra. No decía nada. Solo se escuchaba un zumbido bajito.
Mateo abrió los ojos.
—¿Qué apreté? —dijo.
Héctor miró la pantalla. Estaba apagada. No había registro. No sabía si había apretado SÍ o NO. La cuenta regresiva había llegado a cero sola.
—¿Qué apretaste, Mateo?
—No sé. Cerré los ojos y apreté.
Abajo se escucharon los pasos de Valeria subiendo.
—¡Héctor! ¡Los espejos! ¡Todos los espejos se rompieron solos!
Héctor se paró rápido y cerró la puerta del cuarto con seguro. Escondió la consola debajo de la cama con una cobija.
—Quédate aquí. No salgas.
Bajó.
Valeria estaba en el pasillo, pálida, con un corte pequeño en el pie porque había pisado un vidrio. Señalaba el baño. El espejo estaba reventado desde adentro, como si alguien lo hubiera golpeado del otro lado. Pero el marco estaba intacto.
—Fue un temblor —dijo Héctor mintiendo rápido—. Un temblor pequeño. No lo sentimos porque esta casa tiene buena base.
—¿Un temblor rompe todos los espejos al mismo tiempo? —dijo Valeria—. Héctor, aquí está pasando algo. Tu hijo me dice señora y ahora esto.
Héctor la abrazó y la llevó abajo, para alejarla del cuarto de Mateo.
—Es el gas. Hay una fuga. Por eso estamos viendo cosas. Yo arreglo.
Mientras, arriba, Mateo se levantó y miró el espejo roto de su cuarto.
Entre los vidrios rotos, en la pared, había algo escrito con polvo. No lo había escrito él. Decía: GRACIAS.
¿Gracias por qué? ¿Por condenar o por perdonar?
Sacó la consola de debajo de la cama. La prendió. Esta vez prendió normal, blanca.
En la pantalla decía: JUICIO COMPLETADO. SINCRONIZACIÓN 66%. +1% POR OBEDIENCIA FINAL.
Había apretado SÍ. Había condenado a la niña.
Mateo se tiró al piso. Se tapó la cara con las manos. No lloró. Se quedó tieso.
Abajo, en el otro lado de la ciudad, en una casa de invasión cerca del Combeima, la niña Lucía Herrera estaba durmiendo. Tenía 9 años. Llevaba dos meses durmiendo con su mamá porque soñaba que un señor sin cara la miraba desde el closet.
Esa noche no soñó. Por primera vez durmió tranquila. Porque del otro lado, alguien había tomado su lugar.
En la sala de esa misma casa, el padrastro, que ya había salido de la cárcel por falta de pruebas y que había vuelto a vivir ahí a la fuerza, se levantó al baño a las 3 de la mañana. Se miró al espejo y no se vio. No tenía rostro. Se tocó la cara y era lisa. Quiso gritar y no pudo. Se cayó al piso y se empezó a borrar, como si lo estuvieran borrando con un borrador gigante, empezando por los pies.
Al otro día en las noticias no salió nada de él. Era como si nunca hubiera existido. Solo Lucía y su mamá se acordaban de que había vivido ahí.
Héctor volvió al cuarto de Mateo a las 11 de la noche, cuando Valeria ya se había dormido tomando una pastilla para los nervios.
Mateo seguía sentado en el piso, con la consola en blanco.
—¿Qué pasó? —preguntó Héctor.
—La condené —dijo Mateo en voz baja—. Le di al Sí. Y me subió 1%. Y me devolvió el nombre de mi mamá.
—Te acuerdas de ella.
—Sí. Valeria. Se llama Valeria. Hace arepas los domingos.
Héctor se sentó a su lado.
—Pero condenaste a una niña inocente.
—No —dijo Mateo, y por primera vez su voz no era orgullosa, era vacía—. No condené a la niña. La consola cambió el expediente en el último segundo. Cuando cerré los ojos, cambió la foto. Ya no era la niña. Era el padrastro. El que la violaba. La condena le cayó a él.
Héctor se quedó helado.
—¿La consola puede hacer eso?
—Puede hacer lo que quiera —dijo Mateo—. Yo creí que yo juzgaba. Pero ella juzga. Yo solo aprieto el botón que ella quiere que apriete. Hoy me enseñó que si perdono a uno, ella mata a otro que yo amo. Si condeno, mata al que ella quiere. Yo no soy juez, pa. Soy el dedo.
Se remangó la camisa. La marca ya le llegaba al cuello. Le faltaba poco para la cara.
—Me quedan 34% —dijo—. Cuando llegue a 100, ya no voy a ser yo. Voy a ser el Trono. Y no me voy a acordar ni de ti, ni de mi mamá, ni de Lucía.
Héctor entendió que no podía pelear más con el orgullo de Mateo. El orgullo ya se le había roto solo.
—Entonces tenemos que apagarla antes de que llegues a 100 —dijo.
—No se puede apagar —dijo Mateo—. Intenté botarla una vez. Apareció debajo de mi cama.
—Entonces tenemos que encontrar al otro. A Jonás.
Mateo lo miró asustado.
—¿Para qué?
—Porque el papá de Jonás dijo en el video que solo los dos juntos pueden cerrar la puerta. Tú solo no puedes. Si llegas a 100 solo, te conviertes en ellos. Si llegan los dos juntos, pueden pelear entre ustedes y romper los dos tronos.
Mateo negó con la cabeza.
—Si veo a Jonás, lo tengo que condenar. La consola me obliga. Cada vez que pienso en él, la marca me quema.
—Entonces no lo veas como Némesis —dijo Héctor—. Velo como tu amigo. El que te enseñó a jugar.
Mateo se quedó callado. Por primera vez en muchos capítulos, se acordó de Jonás no como el blanco, no como el líder de los sin rostro, sino como el man que se sentaba con él en la cafetería de la universidad a hablar de consolas.
—Él debe estar más asustado que yo —dijo Mateo.
En ese momento, el celular de Héctor vibró.
Era un mensaje de un número desconocido. Era una foto.
Era la casa de Héctor, tomada desde afuera, desde la calle, a esa misma hora, con la luz del cuarto de Mateo prendida.
Y debajo decía: YA SÉ QUE ESTUVISTE EN EL DIAMANTE. NOS VEMOS MAÑANA EN LA UNIVERSIDAD. TENEMOS QUE HABLAR DE MI PAPÁ. - J.
Jonás, había llegado.
CONTINUARA...