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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:840
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Los Mismos Ojos Verdes

Semanas después, Gideon llegó al restaurante exclusivo. En el interior del elegante salón privado, Charlotte y Beltrán ya lo esperaban en una de las mesas mejor ubicadas. Al tratarse de un evento de tal envergadura, el mismísimo chef ejecutivo del hotel —quien estaría a cargo de preparar el suntuoso bufé para la recepción del compromiso— los estaba atendiendo en persona. Los novios se encontraban allí entusiasmados, probando los primeros bocadillos y seleccionando los canapés del menú, cuando la imponente silueta de Gideon cruzó el umbral.

Por azares del destino, ese era exactamente el mismo establecimiento en el que Elara se encontraba esa tarde, terminando de coordinar los últimos detalles con su propia cliente VIP. Ella ya iba de salida hacia la recepción, conversando animadamente con la dueña del local sobre la próxima cita para la prueba de su costoso pedido.

Fue en ese preciso instante cuando Gideon, que venía cruzando la entrada, la vio.

Se detuvo en seco aquellos ojos...

Gideon se quedó completamente inmóvil, sintiendo que el aire se congelaba en sus pulmones.

No. No podía ser real.

Había visto esos ojos verdes tan intensos demasiadas veces en sus peores pesadillas como para confundirlos con los de cualquier otra persona. Su mente, abrumada, simplemente se negaba a procesarlo. Después observó el resto del rostro: la delicada línea de la mandíbula, las facciones perfectas... Ella giró ligeramente la cabeza para acomodarse el cabello, que a diferencia de la larguísima y castaña cabellera que Zahli solía portar en el pasado, Elara llevaba cortado con un estilo moderno y elegante justo por encima de los hombros. Pero esa sonrisa... esa maldita sonrisa hizo que el mundo entero de Gideon se detuviera de golpe.

Y por un instante, más de cien años de dolor, culpa y soledad desaparecieron por completo.

Elara se despidió de la dueña con un último gesto amable y caminó decidida hacia la salida principal. Gideon, incapaz de apartar la vista, la siguió con una mirada cargada de absoluto desespero. Y entonces, perdiendo el control de su habitual templanza y casi sin darse cuenta, dejó escapar en un susurro.

—Zahli...

Elara se detuvo de inmediato. Giró sobre sus talones de manera instintiva.

No lo hizo porque conociera a Gideon, sino porque ese nombre en particular le provocó un vuelco inexplicable en el pecho. Fue como si una parte dormida de su propio ser hubiera escuchado un eco familiar del pasado.

Lo miró de frente.

Y durante un segundo eterno, fue Gideon quien quedó completamente desconcertado, porque Elara lo observó con una fijeza tan pura que parecía que ella también lo reconocía a él.

Elara frunció ligeramente el ceño, intrigada por la intensa y perturbada mirada de aquel hombre tan elegante, y preguntó con cortesía:

—¿Nos conocemos?

—Yo... lo siento. Me he confundido —respondió Gideon con la voz pastosa, haciendo un esfuerzo sobrehumano por recuperar la compostura, completamente descolocado por el encuentro.

Pero ella todavía lo observaba, buscando algo en sus facciones que no alcanzaba a comprender.

—¿Señor...?

—Gideon —pronunció él, desnudando su verdadero nombre ante ella por primera vez.

Elara tuvo una reacción pequeñísima, casi imperceptible; sus ojos se abrieron un milímetro más. No porque recordara el rostro del hombre que tenía enfrente, sino porque ese nombre, Gideon, le resonó con una familiaridad extraña.

Tras un breve e incómodo silencio, ambos se despidieron con una sutil inclinación de cabeza.

Elara cruzó las puertas de cristal hacia la calle y Gideon caminó hacia el reservado donde lo esperaban los suyos, sin saber ninguno de los dos el cataclismo invisible que acababa de desatarse entre sus vidas.

Mientras esperaba afuera del restaurante a que el empleado del valet le entregara las llaves de su coche, Elara permanecía de pie en la acera, completamente ida. Tenía la mirada fija en un punto vago de la calle y no podía dejar de preguntarse qué carajos acababa de pasar allá adentro. ¿Quién era ese hombre tan imponente? ¿Por qué la había llamado por un nombre que no era el suyo y por qué, a pesar de lo extraño de la situación, escuchar aquel nombre le había erizado la piel de esa manera?

Sacudió la cabeza para apartar esos pensamientos absurdos en cuanto su automóvil se detuvo frente a ella. Subió al coche y condujo de regreso a casa a través del tráfico de la tarde.

Cuando cruzó la puerta principal, el reconfortante aroma a comida casera la recibió de inmediato. Colette ya se encontraba en la cocina terminando de preparar la cena para todos. Por fortuna, esa semana el turno de su hermana en el hospital era exclusivamente de día, lo que les permitía compartir un respiro juntas por las noches, cenar con los niños con calma y mantener la casa en un orden relativo.

Sin embargo, a pesar de la calidez del hogar y de las risas de Gael y Dante que correteaban por el pasillo, Elara sentía una extraña inquietud que no la dejaba en paz. Su mente seguía atrapada en el reservado de aquel restaurante.

Después de la cena, Colette llevó a los niños a sus habitaciones para que se durmieran y regresó a la cocina. Encontró a Elara de espaldas, ensimismada, mientras terminaba de limpiar los platos en el fregadero.

—Eli... —Colette llamó su atención con suavidad, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Qué sucede? Estabas completamente distraída durante la cena. Casi ni tocaste el plato.

Elara cerró el grifo del agua y se tomó un momento para secarse las manos con el trapo, debatiéndose en si contarle o no lo que tanto le rondaba la cabeza.

—No lo sé, Coco. Hoy pasó algo muy extraño... —Elara soltó un suspiro cansado y sacudió la cabeza, intentando restarle importancia—. Olvídalo, no me hagas caso. Creo que simplemente estoy bastante estresada con el trabajo del taller.

Colette la observó con una mirada cargada de sincera preocupación. Sabía perfectamente lo mucho que su hermana, se cargaba los problemas al hombro para ayudarlas a salir adelante.

—Deberías tomarte unas vacaciones, Eli. Te hacen falta —le sugirió en un tono cariñoso, acercándose para darle un apretón reconfortante en el hombro.

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