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13
Capítulo 13. El verdadero peligro
Lyra siguió a la señora Carmen por los interminables pasillos de la residencia.
Cada salón era más impresionante que el anterior.
Columnas de mármol negro, enormes ventanales y cuadros antiguos decoraban las paredes.
La joven observaba todo con asombro.
—Es... enorme.
La señora Carmen soltó una pequeña risa.
—Eso mismo dije la primera vez que entré.
Lyra miró el techo, incapaz de ver su final.
—¿De verdad vive aquí una sola persona?
—Sí.
—¿No se pierde?
La mujer volvió a reír.
—A veces hasta los criados nos perdemos.
Continuaron caminando hasta llegar frente a una puerta gigantesca de madera oscura.
Carmen la abrió lentamente.
Miles de libros ocupaban estanterías que llegaban hasta el techo.
Escaleras de madera recorrían los estantes y una enorme cúpula de cristal dejaba entrar la luz del atardecer.
Lyra quedó completamente inmóvil.
—¿Una... biblioteca?
—La favorita del señor.
Los ojos de Lyra brillaron.
—Es hermosa...
Conrad apareció detrás de ellas.
—Si le gustan los libros, puede entrar cuando quiera.
Ella sonrió con ilusión.
—Podría pasar semanas aquí.
—Yo llevo siglos haciéndolo.
Lyra soltó una pequeña risa.
Entonces recordó algo que llevaba varios minutos dándole vueltas en la cabeza.
Miró a Carmen.
—Disculpe...
La mujer se volvió hacia ella.
—¿Sí, señorita?
—Hace un momento dijo que el señor Conrad es un Fae...
¿Qué es exactamente un Fae?
La sonrisa de Carmen desapareció por un instante.
Antes de que pudiera responder, Conrad habló.
—Los Fae somos una antigua raza nacida de la magia.
Vivimos mucho más que los humanos.
Nuestra fuerza, nuestros sentidos y nuestra magia también son diferentes.
Lyra lo escuchó con atención.
—Entonces... ¿es verdad que viven cientos de años?
Conrad sonrió levemente.
—Algunos... miles.
Ella abrió los ojos con sorpresa.
—Eso explica por qué la señora Carmen dijo que lo ha cuidado durante siglos.
La anciana soltó una risita.
—El señor parece joven, pero es mucho mayor de lo que imagina.
En ese momento apareció el mayordomo principal.
Observó discretamente a Lyra antes de dirigirse a Conrad.
—Mi señor...
Con el debido respeto...
Creo que sería conveniente que la señorita mantuviera cierta distancia de usted.
El silencio invadió el salón.
Lyra inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Por qué?
El mayordomo tragó saliva.
—Porque... nuestro señor suele atraer demasiados problemas.
Conrad caminó lentamente hasta quedar frente a Lyra.
Se inclinó apenas hacia ella.
Tan cerca que solo ella pudo escucharlo.
—Se equivoca.
Su voz fue apenas un susurro.
—El peligro...
Sus ojos dorados se encontraron con los de ella.
—...soy yo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lyra.
No sintió miedo.
Extrañamente...
Aquellas palabras hicieron que su corazón latiera con más fuerza.
Conrad se alejó como si no hubiera ocurrido nada.
—Carmen, muéstrale el resto de la casa.
—Sí, señor.
Mientras recorrían los jardines interiores, Lyra se detuvo de golpe.
Decenas de rosales florecían alrededor de una fuente de piedra.
Todas eran rosas rojas.
Sus favoritas.
Se acercó lentamente y acarició uno de los pétalos.
—Qué bonitas...
Carmen sonrió.
—Al señor Conrad siempre le han gustado las rosas rojas.
Lyra no pudo evitar sonreír.
—A mí también.
Desde la terraza, Conrad las observaba en silencio.
Recordaba perfectamente aquel detalle.
La noche en que encontró a Elria sin vida, entre sus pertenencias había una pequeña cinta bordada con rosas rojas.
Desde entonces llenó la residencia con ellas...
Sin saber que algún día ella volvería para contemplarlas.
De pronto, la tranquilidad desapareció.
Las puertas principales se abrieron con fuerza.
Una joven de cabellos dorados entró sin esperar permiso.
Vestía un elegante vestido azul adornado con piedras preciosas.
Su mirada buscó inmediatamente a Conrad.
Pero al descubrir a Lyra...
Su expresión cambió por completo.
—¿Quién es ella?
La princesa imperial avanzó con paso firme.
—Conrad, llevo días intentando verlo y resulta que estaba entretenido con una desconocida.
Sus ojos recorrieron a Lyra de arriba abajo.
Había desprecio en su mirada.
—Así que esta es...
La distracción de la que todos hablan.
El ambiente se volvió tan frío que incluso los criados dejaron de respirar.
Porque todos sabían una cosa.
La princesa llevaba años enamorada del Archiduque.
Y acababa de encontrar a la mujer que, sin proponérselo, había ocupado el lugar que ella siempre quiso tener.