Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 20. EL FUEGO REAL Y EL VENENO DEL PERDEDOR
El silencio que siguió a la confesión de Héctor no fue un silencio incómodo, sino una tregua sagrada en la que nuestras almas finalmente se reconocieron. Su mano seguía entrelazada con la mía sobre la mesa de madera, y la calidez de sus dedos largos era lo único que me mantenía anclada a la realidad. Miré sus ojos grises, despojados por completo de esa coraza de cinismo que siempre lo cubría, y supe que no había vuelta atrás. El contrato de papel que nos unía se había consumido en el fuego de una admiración mutua y real.
—Ya no quiero seguir fingiendo, Claudia —repitió Héctor, su voz saliendo como un susurro espeso que me erizó la piel entera.
No respondí con palabras. Me puse de pie lentamente, sin romper el contacto visual, y rodeé la barra de granito hasta quedar a escasos centímetros de él. Héctor se levantó también, su imponente estatura recortándose contra el ventanal que mostraba las luces de la ciudad. Esta vez no había rabia, no había la furia competitiva del gimnasio ni la descarga de adrenalina salvaje del ascensor. Había una ternura consciente, una urgencia madura que me hizo dar un paso al frente y apoyar mis manos directamente sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado y firme de su corazón.
Héctor me tomó de la cintura con una delicadeza que me robó el aliento. Sus dedos se asentaron en mi piel con un respeto absoluto, como si tuviera miedo de romper el hechizo de mi confianza. Se inclinó despacio, dándome el tiempo necesario para retroceder si mi mente analítica de CEO decidía poner un freno, pero mis barreras estaban en el suelo. Cuando sus labios rozaron los míos, solté un suspiro contenido y me entregué al beso por completo.
Fue un beso lento, profundo, cargado de una dulzura líquida que me derritió las entrañas. Su boca saboreaba la mía con una parsimonia adictiva, devorándome con una adoración que me hizo rodear su cuello con los brazos y pegarme a su torso caliente. Héctor soltó un gemido ahogado contra mis labios, apretando el agarre en mi cintura baja para levantarme sutilmente, guiándome hacia el enorme sofá de cuero oscuro del salón principal sin romper el contacto de nuestras bocas.
Nos dejamos caer sobre los cojines en mitad de la penumbra del departamento, iluminados solo por el resplandor nocturno de los rascacielos. La ropa de sastre y los pantalones vaqueros terminaron tirados en la alfombra con una lentitud casi litúrgica. Cada caricia de sus manos ásperas sobre mis muslos, cada beso que Héctor depositaba en mi clavícula y en mi vientre iba cargado de una posesión limpia, un pacto silencioso donde él me demostraba que no era el cazador superficial de las revistas, y yo le demostraba que bajo mi armadura de jefa latía una mujer dispuesta a entregarse por completo. Nos amamos bajo el cielo de la ciudad de una forma tan real, tan intensa y tan tierna que, al llegar al clímax abrazados y jadeando en mitad de la noche, supe que mi corazón ya no me pertenecía solo a mí. El amor había ganado la guerra del orgullo.
Mientras el amor real terminaba de florecer en el piso cuarenta de las Torres del Este, en un oscuro y desordenado despacho de la zona norte de la ciudad, el veneno del perdedor estaba a punto de desbordarse.
Richard miraba la pantalla de su computadora con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de estallar. En los principales portales de economía y finanzas del país, la noticia del día era destructiva para su ego: "La impecable sincronía de la fusión de la Vega-Índigo salva la crisis de suministro de la zona centro". Los analistas alababan la rapidez de Héctor y la resiliencia de Claudia. El valor de mercado de Índigo Gastronómica había cerrado con un incremento del dos por ciento adicional. Su primer golpe maestro, financiado con el dinero de su propia consultoría, no solo había fracasado rotundamente, sino que los había hecho lucir ante el país como un matrimonio corporativo imbatible.
—¡No puede ser! ¡Maldita sea, no puede ser! —bramó Richard, barriendo con el brazo derecho todo lo que había sobre su escritorio de cristal.
Los vasos, las carpetas de consultoría y un cenicero de mármol se estrellaron contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos. Richard se pasó las manos por el cabello revuelto, respirando de forma agitada, caminando de un lado a otro del despacho como un animal enjaulado y desquiciado. La humillación de la gala benéfica ya era insoportable, pero ver que Claudia salía ganando de su trampa lo estaba volviendo loco de remate.
—Te crees muy lista, ¿verdad, Claudia? Te crees una maldita diosa intocable porque ese de la Vega te puso sus camiones pesados —susurró entre dientes, su voz saliendo con un siseo cargado de puro resentimiento—. Piensas que has ganado. Pero esto solo acaba de empezar. Si no puedo asfixiar tus restaurantes por las buenas, voy a quemar tu imperio desde adentro.
Richard se detuvo frente a la ventana de su oficina, mirando las luces de la ciudad con una sonrisa desfigurada, una mueca retorcida de pura locura y malicia. Su mente, nublada por el despecho y el odio ciego, empezó a tramar una nueva treta mucho más sucia, peligrosa y criminal que el simple bloqueo de las rutas de distribución de alimentos frescos.
Sacó su teléfono del bolsillo del pantalón con dedos temblorosos y marcó de nuevo al proveedor resentido, Arturo Gómez, quien respondió al segundo tono con una voz temerosa por el fracaso de la mañana.
—Gómez, escúchame bien —dijo Richard, su voz saliendo como un susurro helado que prometía destrucción—. El plan de los camiones falló porque fuimos demasiado limpios. Claudia tiene el control de la calidad y de la seguridad de sus locales, ¿no es así? Pues vamos a quitarle eso. Quiero que uses a tus contactos de confianza dentro de los almacenes centrales de envasado de carne que todavía no han sido despachados. Vamos a adulterar un lote completo de la salsa secreta que distribuyen a las sedes principales. Introducirás una bacteria o un contaminante químico ligero. No quiero muertos, Gómez; quiero una intoxicación masiva en sus tres locales más emblemáticos este fin de semana.
Escuchó el jadeo de horror de Arturo Gómez al otro lado de la línea, pero a Richard ya no le importaba la legalidad ni la moral. El antagonista de nuestra historia había perdido la cordura por completo.
—Si haces esto —continuó Richard con una sonrisa tétrica—, te daré el doble de las acciones del fondo de inversión. Imagina los titulares del lunes: "Higiene deficiente e intoxicación en los restaurantes Índigo". Sanidad les cerrará las puertas, las franquicias quebrarán por el pánico de los clientes y veremos si el de la Vega puede salvar a su querida jefa de ir a prisión por un delito contra la salud pública. Prepáralo todo para el viernes. Esta vez, Claudia va a caer de rodillas ante mí.