Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 19
Aquella mañana, la casa se sentía distinta. Tania ya no era quien se afanaba en la cocina con el delantal puesto. Tras la puerta entornada, se escuchaba el roce de la sartén y un aroma casero flotaba en el aire. Tania le había comunicado a Doña Carmen que la habían aceptado en el trabajo, y la mujer, diligente, se levantó de madrugada para preparar el desayuno.
Tania se incorporó de la cama, se puso la bata y caminó hacia la cocina. Encontró a su suegra concentrada en freír huevos.
—Pero, Tania, ¿por qué no te estás arreglando? —la reprendió Doña Carmen con suavidad, girando brevemente la cabeza hacia su nuera—. Hoy es tu primer día de trabajo, no vayas a llegar tarde.
Tania se acercó, invadida por la culpa al ver a su suegra trajinando sola.
—Doña Carmen, ¿por qué está haciendo todo usted sola? ¿Dónde está Farah? ¿Por qué no me despertó?
La mujer sonrió con sinceridad, sin detener lo que hacía.
—Esta mañana déjame a mí el desayuno, Tania. Además, todavía no le has dicho a Diego que te aceptaron, ¿verdad? Vamos a darles una sorpresa a los dos —bajó la voz, cómplice—. ¿Diego ya se despertó?
—Lo desperté hace un rato. Seguramente se está bañando —respondió Tania.
—Entonces ve a arreglarte tú también. Ponte bien guapa —la mirada de Doña Carmen se tornó seria y cargada de intención—. Yo sé que tu belleza ha estado escondida todo este tiempo detrás de esas batas y la rutina de ama de casa.
Tania le dedicó una sonrisa genuina; el pecho se le llenó de calidez al escuchar aquel elogio. Su nueva aliada la apoyaba de verdad.
—¿De veras no necesita que la ayude? —insistió Tania.
—Estoy segura. ¡Anda, ve a alistarte! —Doña Carmen le dio un empujoncito en la espalda para sacarla de la cocina.
Tania se alejó con una sonrisa discreta en los labios. Esa mañana sería el escenario perfecto para su pequeña sorpresa.
Doña Carmen la observó irse hasta que desapareció de su vista. Las arrugas de su rostro se endurecieron con una determinación de acero.
Diego, hijo mío... cometiste un grave error al menospreciar a Tania, pensó, volviendo la atención a la sartén.
Basta con que yo haya sufrido la injusticia de las infidelidades de tu padre. Esta vez no voy a permitir que Tania pase por lo mismo que yo pasé.
Y tú, aunque seas mi hijo, ya no voy a respaldar tus estupideces. Te pareces demasiado a tu padre, Diego. Qué decepción.
* * *
Una vez que Tania se marchó, Doña Carmen dispuso el desayuno sobre la mesa del comedor. Cada plato, cada cuchara, colocados con la misma precisión que acostumbraba Tania: una perfección deliberada. Se sentó en su silla y se calzó la máscara de la rutina, como si fuera Tania la artífice de aquel milagro mañanero.
Al poco rato entró Farah al comedor, con el rostro todavía hinchado, marcas de almohada y el cabello revuelto: un aspecto que delataba una falta de pudor absoluta en casa ajena. Sin el menor recato, se dejó caer en la silla y le dio un trago largo al jugo de naranja frente a ella.
En ese mismo instante, Diego cruzó el umbral con un traje de oficina impecable; la fragancia de una colonia costosa lo envolvía.
—Buenos días, Diego —lo saludó Farah con tono empalagoso, arrastrando las palabras con una coquetería forzada.
Diego le respondió con un guiño travieso, los labios curvados en una sonrisa apenas perceptible, todavía saboreando la intimidad de la noche anterior en la habitación de Farah.
Doña Carmen puso los ojos en blanco con disimulo, asqueada por la conducta de su hijo y de su amante.
—¿Dónde está Tania, Diego? —preguntó, con voz neutra—. ¿Cómo es que no bajaron juntos?
—No sé, mamá —contestó Diego, extrañado, girando la cabeza hacia la cocina—. Después de despertarme, dijo que iba a la cocina. ¿Ya se fijó ahí? Quizás esté allí.
—Me dijo que iba al baño —replicó Doña Carmen con calma.
—Ah, seguro fue al baño de su estudio —dijo Diego—. Ya, vamos desayunando nosotros.
Justo cuando terminó la frase, un repiqueteo rítmico de tacones se dejó oír, acercándose desde el pasillo.
Todas las miradas se volvieron hacia el origen del sonido.
Tania apareció. Llevaba una blusa de seda color esmeralda que le envolvía el cuerpo con elegancia, combinada con una falda de tubo negra que acentuaba su silueta. El cabello recogido en un moño pulido dejaba escapar unos mechones suaves que le enmarcaban el rostro. El maquillaje, tenue, realzaba sus facciones angulosas y unos ojos que ahora irradiaban determinación. Los tacones negros conferían a cada paso una cadencia segura e imponente. El aura de una diseñadora profesional se desplegaba con fuerza, borrando todo rastro de batas y rutinas domésticas que hasta entonces la habían sepultado.
Doña Carmen se puso de pie de golpe, sorprendida y deslumbrada. Sus ojos reflejaban una admiración pura.
Diego se quedó igual. La boca entreabierta, la mirada clavada en Tania. Tragó saliva al sentir un sacudón extraño en el pecho. Jamás la había visto arreglada así: tan impactante, tan... irreconocible.
Mientras Diego y Doña Carmen la contemplaban en un silencio atónito, Farah la observaba con un gesto agrio. La envidia le calcinaba la boca del estómago y la furia le ardía en los ojos al darse cuenta de que Tania lucía infinitamente más deslumbrante y elegante que ella, recién levantada y despeinada. Esa mañana, el escenario le pertenecía por completo a Tania.
Tania esbozó una sonrisa sutil al ver la expresión pasmada de Diego: una pequeña victoria que le resultaba deliciosa. Antes de que él recuperara del todo la compostura, lo saludó con voz suave pero cargada de aplomo.
—Buenos días, Diego —dijo Tania—. Perdona, se me olvidó avisarte anoche: me aceptaron en la empresa Hartadinata.
Con pasos elegantes, caminó hasta su silla, entre Diego y Doña Carmen, y se sentó con serenidad, cruzando las piernas con una gracia estudiada.
Diego seguía sin reaccionar del todo; los ojos todavía prendidos de aquella versión deslumbrante de su esposa. Su instinto de hombre de negocios quedó momentáneamente embotado por el encanto repentino de Tania.
El silencio se extendió hasta que Doña Carmen lo sacó de su trance con una exclamación deliberadamente efusiva.
—¡Felicidades, Tania! ¡Te aceptaron en la empresa de joyería! Estoy segura de que vas a triunfar igual que Diego.
La voz ligeramente elevada de Doña Carmen hizo que Diego diera un respingo. El rostro embelesado se transformó en desconcierto; intentaba procesar la noticia.
—¿Te aceptaron en Hartadinata, cariño?
Tania se limitó a asentir con una sonrisa dulce, saboreando la confusión de su marido.
—Pero... ¿cómo? —insistió Diego.
Doña Carmen volvió a intervenir, como si defendiera a su nuera de una acusación absurda.
—¿Cómo que cómo, Diego? Tu esposa tiene talento para el diseño de joyería. Tania postuló a una empresa de joyería, acorde a sus aptitudes; por supuesto que la aceptaron. ¡No digas tonterías!
—No... no quise decir eso, mamá —balbuceó Diego, avergonzado.
—Ya, mejor desayunemos —zanjó Doña Carmen con un tono que no admitía réplica—. No vaya a ser que Tania llegue tarde en su primer día.
Con el ceño fruncido y gesto confuso, Diego optó por empezar a comer. Sin embargo, entre bocado y bocado, sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Tania, todavía cautivado por su apariencia.
Farah lo notó. Debajo de la mesa, furiosa por sentirse ignorada y por ver a Diego embelesado con su esposa, le clavó un pellizco feroz en el muslo.
Diego soltó un quejido de dolor y se sacudió en la silla.
—¡Ay!
Tania, con una preocupación exquisitamente fingida, le preguntó:
—¿Diego? ¿Qué te pasa? ¿Se te durmió la pierna otra vez?
Desde su silla, Doña Carmen contuvo una sonrisa divertida detrás de la servilleta. Sabía perfectamente por qué Diego se había quejado, y también sonreía por la astucia de su nuera para disimular. Tania y Doña Carmen conspiraban en silencio en aquel drama matutino.
* * *
El desayuno terminó. Los platos sucios quedaron sobre la mesa mientras Tania se apresuraba a despedirse.
—Ya me voy, Doña Carmen. Nos vemos, Diego —dijo con tono despreocupado.
Diego, que seguía hechizado por la imagen de Tania esa mañana, se ofreció de inmediato.
—¿Con quién te vas, cariño? ¿No quieres que te lleve yo?
Tania sonrió con suavidad y declinó la oferta con cortesía.
—Gracias, Diego. Pero Luna ya está afuera esperándome; no quiero hacerla esperar demasiado.
Diego asintió, rígido.
—Ah, está bien. Ten cuidado.
Tania salió de la casa con paso elegante. Diego la siguió con la mirada hasta que su figura desapareció detrás de la puerta. Farah, que lo vio contemplarla hasta el último instante, resopló con rabia, los ojos encendidos de ira. Diego volvió en sí y desvió la vista de la puerta, fingiendo concentrarse en su celular.
Afuera, en el jardín delantero, el auto de Luna ya la esperaba. Tania subió y arrancaron, alejándose de aquella casa plagada de intrigas y mentiras.
Dentro del auto, Tania sonrió con aire triunfal y le relató a Luna el drama del desayuno. Luna se desternilló de risa al escuchar la astucia de Tania y las reacciones patéticas de Diego y Farah.
—¡No tienen idea de lo que se les viene encima, Tania! —exclamó Luna.
—Esa es la idea —replicó Tania, con la mirada fija en el camino—. Se creen ganadores, pero ya cayeron en mi trampa.
Llegaron al imponente edificio de Hartadinata Internacional. Tania bajó del auto y contempló aquel rascacielos con una determinación incandescente en los ojos. Esto no era un simple empleo; era su nuevo cuartel de operaciones.
Al cruzar el lujoso vestíbulo principal, su celular vibró. Un mensaje de un número desconocido iluminó la pantalla.
Tania lo abrió. Los ojos se le desorbitaron al leer el contenido. El corazón le martilleaba en el pecho.
El mensaje decía: "Sé que no estás ahí solo para trabajar, Tania. Ten cuidado. El juego acaba de empezar."
Tania se quedó mirando la pantalla, desconcertada; un sudor frío empezó a perlarle las sienes. ¿Quién había enviado ese mensaje? ¿Acaso su plan ya había quedado al descubierto antes siquiera de comenzar?
Continuará...