Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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LA ÚNICA RAZÓN POR LA QUE NO HE SEMBRADO LA DESTRUCCIÓN…
El silencio se alargó, denso, pesado como plomo. Elena y Javier seguían inmóviles, pálidos, con el aliento entrecortado, incapaces de apartar la vista de mis ojos dorados. Ya no había rabia en ellos. Ya no había amenazas. Solo había un terror profundo, ancestral, el mismo que sentiría cualquier mortal al darse cuenta de que ha estado golpeando la columna que sostiene el cielo.
—¿Entienden ahora? —dije, con voz baja, sin rastro de cólera—. Cástor no es solo mi hermano. Es mi ancla. Es el freno que mantiene mi furia contenida. Es lo único que me impide ser la destrucción que el mundo teme. Cada vez que le negaron una palabra amable, cada empujón, cada noche que pasó solo y asustado… no solo lo lastimaron a él. Estaban debilitando el freno que sostiene al mundo entero a salvo.
Di un paso hacia ellos, y sonreí. Una sonrisa tranquila, serena, que heló la sangre en sus venas.
—La única razón por la que no he sembrado la destrucción nuevamente sobre la Tierra… es por él.
Elena tragó saliva. Javier tragó saliva también, como si la garganta se les hubiera cerrado de golpe, como si el aire mismo se volviera imposible de tragar.
—¿Les sorprende? —mi sonrisa se ensanchó un poco más—. Pues sepan esto: el diluvio universal… fui yo. Solté una risa baja, sin alegría, pesada como montañas de agua—. Fue el día que estuve muy enojado. Cuando los dioses decidieron que Cástor no podía seguir en el Olimpo a mi lado… y debía bajar a vivir entre los mortales. Me opuse con toda mi furia. Y el mundo tembló. Las aguas cubrieron la tierra, y todo lo que respiraba pereció… porque me separaron de mi otra mitad.
Me incliné ligeramente hacia ellos, y la luz dorada en mis ojos brilló con la memoria de aquella catástrofe.
—Si en aquel entonces, por una separación, borré la civilización de la faz de la Tierra… imaginen qué sería capaz de hacer ahora, cuando no solo lo separaron de mí, sino que lo lastimaron. Lo empujaron. Lo arrojaron al vacío. Ustedes no solo lo dañaron a él. Despertaron al dios. Y descubrieron, aterrados, que el mundo entero respiraba solo porque Cástor existía y me contenía.
Me aparté de ellos, sin esperar respuesta. No necesitaba que hablaran. El silencio de su cobardía ya era suficiente. Caminé por el pasillo principal de la academia, y a mi paso, los estudiantes se apartaban instintivamente, pegándose a las taquillas, bajando la mirada sin saber exactamente por qué. No veían al chico débil que conocían. No veían a Cástor. Veían a algo más grande, más antiguo, más peligroso.
Al fondo del pasillo, estaban Morton, Ricardo y Álex. Iban a burlarse… pero las palabras murieron en sus labios. Me miraron y algo en mis ojos los paralizó. No vieron a una víctima. Vieron a un cataclismo caminando.
—Disfruten su calma —les dije suavemente al pasar—. Porque el freno se debilita cada vez que recuerdo lo que hicieron. Y cuando Cástor despierte… puede que ya no haya nadie que me contenga.
Seguí caminando. Detrás de mí, el pasillo seguía en silencio absoluto. Nadie se atrevía a moverse. Porque en ese instante, todos sintieron la verdad: el mundo ya no era el mismo. Y nadie sabía cuánto tiempo quedaba antes de que todo se viniera abajo.