Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 13
La patada de Ximena
Con Don Simón todavía convaleciente de su esguince, me tocó a mí encargarme de las compras de la casa. El primer intento fue un desastre completo: llegué al súper sin lista, compré lo que me pareció lógico entre pasillos que no conocía, perdiéndome dos veces entre los anaqueles de especias que jamás había usado en mi vida, y esa noche terminé sirviendo una cena de emergencia con lo poco que había en la alacena, un arroz sospechosamente aguado y unas verduras que no combinaban entre sí ni en color ni en sabor.
—¿Qué es esto? —preguntó Dante, mirando el plato con sospecha, moviendo el arroz con el tenedor como si buscara algo escondido dentro, con una ceja arqueada que me dieron ganas de borrarle de un manotazo.
—Arroz con lo que encontré. Coma, licenciado, que no muerde.
—No pedí comentarios.
—No pedí que se quejara, y aun así aquí estamos los dos, comiendo lo mismo, así que hagamos las paces con el plato y ya.
Leo se rió tan fuerte que casi se atraganta con su propio bocado, golpeándose el pecho con el puño mientras Luna le daba palmaditas en la espalda entre risas. Dante, después de fulminarme con la mirada, terminó comiéndose el plato entero sin volver a protestar, aunque hizo una mueca en cada bocado que a duras penas logró disimular, y hasta el final rebañó el plato con un pedazo de tortilla como si de verdad tuviera hambre.
Al día siguiente me dieron un auto propio para las compras y encargos del hogar, con las llaves entregadas por Dante mismo, sin comentario alguno, apenas un gesto seco dejándolas sobre la mesa de la entrada antes de irse a la oficina. Empecé a disfrutar esas salidas: el aire libre, el bullicio del mercado con sus voces pregonando fruta fresca, el olor a cilantro recién cortado mezclado con el del pan dulce de la panadería de la esquina, la excusa perfecta para pensar en otra cosa que no fuera la corbata de Dante entre mis dedos, o el roce de sus labios que seguía repitiéndose en mi cabeza a horas inconvenientes, sobre todo de noche, cuando el silencio de la casa no me dejaba distraerme con nada más.
Aprendí los nombres de los locatarios del mercado sobre ruedas que se instalaba los jueves cerca de la hacienda: don Refugio, que siempre me apartaba los mejores aguacates debajo del mostrador, guiñándome un ojo igual que si compartiéramos un secreto; la señora Petra, que me regalaba un puñito extra de cilantro "para la buena suerte de la casa", envuelto en una hojita de periódico. Empecé a sentirme, poco a poco, parte del paisaje de ese pueblo, reconocida por caras que apenas unas semanas atrás me habrían mirado como a una desconocida más bajando de un taxi con el currículum apretado contra el pecho.
—¿La niñera de los Nocedal? —me preguntó una vez la señora Petra, con curiosidad genuina, mientras pesaba unos jitomates en su báscula oxidada.
—Algo así —respondí, sin saber muy bien cómo explicar lo que en realidad era, o lo que estaba empezando a ser, algo que ni yo misma terminaba de nombrar con precisión.
—Pues se le nota en la cara que le gusta el trabajo —dijo la mujer, envolviendo unos jitomates en una bolsa de papel—. No como a la anterior, que venía aquí a comprar puros congelados porque no quería ni entrar a la cocina, y trataba a todos como si le debiéramos algo.
Me reí, sorprendida de que hasta en el mercado del pueblo la reputación de las niñeras anteriores hubiera dejado huella, como pequeñas leyendas locales que se contaban entre puesto y puesto. Pagué, me despedí con la promesa de volver el jueves siguiente, y regresé al auto con las bolsas cargadas, pensando que había algo profundamente reconfortante en esos pequeños rituales: el saludo del guardia de la entrada, que ya no me miraba con sospecha sino con un gesto casi cordial; la sonrisa de la señora Petra; el aroma a menta recién sembrada que empezaba a colarse en el jardín de la hacienda cada vez que el viento soplaba en la dirección correcta.
Esa misma semana, probándome un vestido que Doña Elvira había insistido en regalarme para una cena familiar —un vestido de color vino que se ajustaba perfecto salvo por el cierre—, el cierre se atoró a medio subir, en un punto de mi espalda al que no llegaba por más que me contorsionara frente al espejo, con los brazos doblados en ángulos cada vez más incómodos.
—¡Leo! —grité hacia el pasillo, pensando que era el más cercano—. ¡Ven a ayudarme con esto!
La puerta se abrió, pero quien entró fue Dante, no Leo, con las mangas de la camisa arremangadas y un papel todavía en la mano, como si hubiera venido de camino a otra cosa.
—Está en el jardín —dijo, deteniéndose en seco al verme dándole la espalda, el vestido sujeto contra el pecho con una mano, el cierre abierto revelando media espalda desnuda.
—Ah. Perdón, pensé que… olvídelo, ya me las arreglo yo sola. —Sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas, y me pregunté, absurdamente, si debía taparme más o si eso solo empeoraría lo ridículo del momento.
—Puedo ayudarte. —Su voz sonó más ronca de lo normal, un tono que no había oído antes en él—. Si quieres.
Asentí, sin atreverme a hablar, el corazón latiéndome de golpe. Se acercó despacio, dejando el papel olvidado sobre la cómoda, y cuando sus dedos rozaron mi piel al tomar el cierre, ambos nos quedamos inmóviles un instante, igual que si el contacto quemara de verdad, una descarga silenciosa que ninguno de los dos comentó, aunque el aire de la habitación pareció espesarse de pronto.
Subió el cierre en silencio, con una lentitud que quizás no era necesaria, con los dedos rozando apenas la línea de mi columna. Cuando terminó, ninguno de los dos se movió durante un segundo más de lo necesario, su mano todavía cerca de mi hombro, tan cerca que sentía el calor de su palma sin que llegara a tocarme del todo.
—Gracias —susurré, sin girarme.
—De nada —respondió él, y salió de la habitación tan rápido que casi tropezó con el marco de la puerta, un gesto tan poco propio de él que me hizo sonreír a solas frente al espejo, todavía con el corazón acelerado y las mejillas ardiendo.
—◆—
Esa madrugada, sin poder dormir, bajé a la cocina por un vaso de leche y me encontré a Dante hurgando en el refrigerador, buscando algo que evidentemente no encontraba, la luz interior iluminándole medio rostro, el cabello un poco revuelto como si llevara horas dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño.
—¿Tampoco puede dormir?
—Nunca puedo, últimamente. —Cerró el refrigerador con una mueca de derrota—. No hay nada que valga la pena comer a esta hora, y aun así aquí estoy, buscando de todas formas.
Sin preguntarle, saqué unos fideos y le preparé un plato sencillo, condimentado apenas con lo que encontré en la alacena: un poco de ajo, cebolla, y una pizca del chile que la señora Petra me había recomendado la semana anterior. Se sentó en la barra de la cocina a comer, observándome moverme entre las ollas con una expresión que no reconocí en él —algo suave, casi tímido, muy distinto al hombre de traje impecable que daba órdenes en su despacho.
—Cocinas bien —dijo, entre bocado y bocado, con una sinceridad que sonó casi sorprendida de sí misma, como si no esperara que las palabras le salieran tan fácil.
—Aprendí en el hospital. Turnos de veinticuatro horas te obligan a improvisar con lo que haya, o a quedarte con hambre, y créame que el hambre a las tres de la mañana enseña más que cualquier receta.
Solo Dante y yo, los dos solos en esa cocina que a esas horas se sentía como un territorio neutral, ajeno al despacho y a las reglas del día, ajeno también a los niños dormidos, a Don Simón, a cualquier otra presencia que pudiera interrumpir esa tregua silenciosa entre nosotros, una tregua que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Nos quedamos así, en la cocina en penumbra, hablando de nada en particular —del clima, de una anécdota tonta de Leo, de un programa de televisión que ninguno de los dos veía en realidad, de si el aguacate de esa semana estaba mejor que el de la anterior— hasta que el reloj marcó las dos de la madrugada y ninguno de los dos pareció tener prisa por irse a dormir.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, de pronto, jugando con el tenedor entre los dedos, sin mirarme del todo—. ¿Nunca te has preguntado si hay alguien esperándote, en algún lugar, de tu vida de antes? ¿Un novio, una familia?
La pregunta me tomó desprevenida, aunque no era la primera vez que yo misma me la hacía en la soledad de mi cuarto, mirando el techo, tratando de forzar algún recuerdo que nunca llegaba.
—Lo pienso todo el tiempo. —Me abracé los brazos, aunque la cocina no estaba fría—. A veces me da miedo que en algún lugar haya alguien esperando a que vuelva, alguien que sufre no saber dónde estoy. Y otras veces me da más miedo lo contrario: que no haya nadie. Que todos esos años hayan estado tan vacíos que nadie los extrañe, que yo simplemente haya desaparecido del mundo sin que nadie notara la ausencia.
—No lo creo. —Su voz sonó extrañamente segura, casi solemne—. Alguien como tú no pasa por el mundo sin dejar huella. Aunque tú no la recuerdes, alguien más sí.
No supe qué responder a eso. Nos quedamos mirándonos un instante, un silencio que se estiró más de lo cómodo, hasta que él, incómodo por su propia sinceridad, se levantó a lavar su plato con una premura que no encajaba con la hora, el agua corriendo entre nosotros como una excusa conveniente para no seguir hablando de lo que ninguno de los dos terminaba de nombrar.