Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 13
Cap 13: Café amargo para los Vega
Beatriz Vega envió café.
Eso fue lo primero que llegó a Sierra Clara después de la ceremonia del aroma.
No una carta.
No una disculpa.
No una amenaza con sello oficial.
Café.
Tres cajas de madera oscura aparecieron en la entrada de Casa Serrano antes del mediodía, con el emblema de la manada Vega grabado en plata y una nota escrita con letra elegante:
«Para felicitar la unión legal del alfa Gabriel Serrano y la señorita Camila Rojas Marín. Que la nueva casa nunca olvide de dónde vino su invitada».
Camila leyó la nota dos veces.
Pilar, que había salido de la cocina con las manos llenas de harina, resopló.
—Eso no es café. Es una bofetada tostada.
Nico intentó mirar dentro de una caja.
—¿Pero es buen café?
Camila lo apartó con la cadera.
—No comemos insultos antes de revisarlos.
—Era una pregunta científica.
Gabriel llegó al corredor con Teresa detrás, porque al parecer el alfa de Sierra Clara no podía caminar diez pasos sin que su beta médica lo siguiera con una mirada de «atrévete a sangrar». La herida de plata seguía molestándole, aunque él lo escondía con una dignidad que Teresa parecía tomar como ofensa personal.
Gabriel tomó la nota.
No cambió de expresión.
Eso significaba que se había enojado.
Camila ya empezaba a leerlo con demasiada facilidad.
—La manada Vega no tiene permiso para enviar regalos a mi casa durante una investigación activa —dijo.
Pilar cruzó los brazos.
—¿Y si el regalo es para mi cocina?
—Menos.
Nico susurró:
—¡Qué desperdicio!
Camila abrió la primera caja antes de que Gabriel diera una orden. Dentro había paquetes de café perfectamente sellados, cada uno con cinta dorada. El olor era intenso, amargo, caro. Bajo eso, muy leve, había algo más.
No veneno.
No exactamente.
Camila acercó la nariz.
Su loba retrocedió.
—Amapola lunar.
Gabriel se puso a su lado de inmediato.
—No toque más.
—Ya toqué.
—Camila.
—Con los dedos, no con la lengua. Sobreviviré.
Teresa se acercó, olió y maldijo en voz baja.
—Trazas. No suficientes para intoxicar a una manada. Suficientes para dejar aroma en la casa y acusarnos después de tener la sustancia.
Camila miró la nota.
«Que la nueva casa nunca olvide de dónde vino su invitada».
Beatriz quería dos cosas a la vez: manchar a Sierra Clara y recordarle a Camila que cualquier cosa que entrara por su causa podía ensuciar a todos.
—Astuta —dijo Camila.
Gabriel la miró.
—No suene admirada.
—Admirar la puntería de una serpiente no significa querer besarla.
Pilar hizo un sonido aprobador.
Gabriel pasó la nota a uno de sus asistentes.
—Registro de evidencia. Sellen las cajas. Notifiquen al anciano Prado y a la manada Salazar. Beatriz Vega acaba de violar la restricción de contacto indirecto.
—¿Y si dice que no sabía? —preguntó Nico.
Todos lo miraron.
El chico se encogió.
—Solo digo. Los malos dicen eso.
Gabriel inclinó la cabeza.
—Buena pregunta. Por eso no acusaremos intención todavía. Registraremos la cadena de envío, al mensajero, la compra y la manipulación.
Nico pareció crecer dos centímetros.
Camila pensó que debía vigilarlo. Gabriel estaba volviendo la ley demasiado interesante para un chico impresionable.
La respuesta formal de Sierra Clara salió esa tarde.
No fue una carta privada.
Fue una citación.
Beatriz Vega tuvo que presentarse en una audiencia breve en la sala externa de Sierra Clara, no como matriarca invitada sino como parte investigada por un envío contaminado durante un proceso activo.
Camila no tenía obligación de asistir.
Fue de todos modos.
—Por supuesto que fue —murmuró Teresa cuando la vio bajar con un vestido sencillo, trenza firme y la cinta gris plateada visible en la muñeca.
—¿Tiene algo que decir?
—Muchas cosas. Ninguna que la detenga.
—Sabía que me caía bien.
La audiencia se celebró en una sala de madera clara. Menos solemne que el consejo, más precisa. Sierra Clara no necesitaba dorar sus amenazas; las archivaba.
Beatriz llegó vestida de azul oscuro, impecable, perfumada con rosas frías. Damián no la acompañó. Eso fue una decisión inteligente o cobarde, Camila aún no decidía.
Cuando Beatriz vio a Camila sentada a la izquierda de Gabriel, su sonrisa se afiló.
—¡Qué pronto se acostumbra una muchacha a sentarse donde no le corresponde!
Camila miró su propia silla.
—Tiene cuatro patas. Me sostiene bien.
Un beta de Sierra Clara tosió.
Gabriel no se movió.
Beatriz dejó la sonrisa en su lugar.
—Alfa Gabriel, si cada gesto de cortesía de la manada Vega será recibido como un crimen, será difícil mantener relaciones civilizadas.
Gabriel abrió la carpeta.
—Las relaciones civilizadas rara vez incluyen amapola lunar.
—¿Tiene prueba de que salió de mi casa así?
—Estamos construyéndola.
—Entonces me cita por sospecha.
—La cito por contacto indirecto no autorizado con una protegida de Sierra Clara y por introducir una sustancia controlada en mi territorio.
—Su territorio. —Beatriz miró a Camila—. Curioso. Hace tres días, esa muchacha limpiaba pisos en mi casa.
Camila sintió el golpe.
No porque le diera vergüenza haber limpiado.
Porque Beatriz sabía exactamente dónde clavar el cuchillo: no en lo que Camila había hecho, sino en lo que otros pensarían de ella por haberlo hecho.
Gabriel habló antes de que Camila decidiera si valía la pena responder.
—Y aparentemente hacía mejor su trabajo que sus escribanos.
Beatriz parpadeó.
Camila también.
Gabriel pasó una hoja al frente.
—La liberación incompleta, las irregularidades en los juramentos de servicio de la manada Vega y el envío contaminado comparten un patrón: su casa confunde descuido con autoridad. Sierra Clara no.
El aroma de Beatriz se agrió.
—Mi casa salvó a esa muchacha de morir de hambre.
Camila se inclinó hacia adelante.
—No. Mi trabajo salvó a su hijo de morir en una cama que nadie quería tocar.
La sala quedó quieta.
Beatriz la miró.
Camila sostuvo la mirada.
No había gritado. No había insultado. Solo había puesto una piedra en medio del camino.
Gabriel dejó que la piedra se quedara allí.
La audiencia terminó con una sanción provisional: la manada Vega debía entregar registros de compra de café, la lista de empleados con acceso a las cajas y la declaración jurada de Beatriz sobre la cadena de envío. Hasta entonces, ningún regalo, mensaje, intermediario o paquete de Vega podía entrar en Sierra Clara sin inspección.
Beatriz firmó.
Cada trazo olía a rabia.
Al salir, se detuvo frente a Camila.
—Disfruta tu teatro mientras dure.
Camila miró hacia la ventana. En el patio, Nico intentaba caminar junto a un grupo de aprendices de Sierra Clara sin parecer demasiado emocionado. Pilar discutía con un guardia sobre si las cajas contaminadas debían quemarse o si era un crimen contra el café.
Casa.
No del todo.
Pero un comienzo.
Camila volvió a mirar a Beatriz.
—Usted también disfrutó el suyo. Solo que ahora hay público con mejor memoria.
Beatriz se fue sin inclinar la cabeza.
Gabriel esperó a que la puerta se cerrara.
—Eso fue imprudente.
—¿Lo mío o lo suyo?
—Ambos.
Camila lo miró.
—Usted empezó.
—Usted continuó.
—Buen equipo.
La palabra salió sola.
Equipo.
No matrimonio. No pareja destinada. No protección.
Equipo.
Gabriel la miró con una suavidad que hizo que el salón pareciera demasiado pequeño.
—Sí —dijo——. Buen equipo.
Camila bajó la mirada a la cinta en su muñeca.
El aroma de abeto se mezcló con el recuerdo del café amargo.
Por primera vez desde que Beatriz envió las cajas, Camila sonrió.
—Pilar va a llorar si queman todo ese café.
—Es evidencia contaminada.
—Es café caro contaminado.
—Camila.
—No dije que lo bebiéramos. Dije que Pilar va a llorar.
Gabriel se llevó una mano al costado herido, como si reír doliera.
—Le compraré café limpio.
—No a Pilar. A mí. Ella me lo debe por defender su cocina.
—¿Mi esposa acaba de pedirme café como compensación legal?
Camila se quedó quieta.
«Mi esposa».
Gabriel también pareció notar lo que había dicho.
El aire se cargó de un aroma de pareja destinada no nombrado.
Camila se obligó a respirar.
—Su esposa provisional —corrigió.
—Provisional —aceptó él.
Pero su lobo no olía provisional en absoluto.
Y el de ella, que era una traidora con patas, tampoco.