Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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23
Paulo llevaba casi tres semanas moviéndose entre noches tensas en un departamento que ya no sentía como propio, sosteniendo todo con una determinación que empezaba, sin que él mismo lo notar del todo, a cobrarle factura al cuerpo. Dormía poco, comía todavia menos, entre las náuseas del embarazo y el nudo constante que le apretaba el estómago cada vez que cruzaba palabras con Henry en la cocina compartida que ya se sentía como territorio ajeno.
Fue un martes, a media mañana, mientras revisaba unos patrones en el taller, cuando el mundo empezó a girarle de una forma que no había sentido nunca antes. Las manos se le enfriaron de golpe, un zumbido agudo le llenó los oídos, y apenas alcanzó a apoyarse contra la mesa de trabajo antes de que las piernas le fallaran por completo.
—¡Paulo! —La voz de Rosario le llegó distorsionada, como si viniera de muy lejos, justo antes de que todo se volviera oscuro.
Despertó en una camilla del hospital, con Rosario sentada a su lado, sosteniéndole la mano con una preocupación que no intentaba disimular, y una enfermera revisando un monitor que emitía pitidos regulares al que Paulo todavía no lograba encontrarle sentido completo.
—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz ronca y la boca seca.
—Te desmayaste en el taller. —Rosario le apretó la mano un poco más fuerte—. Llevas aquí casi dos horas. El médico quiere hablar contigo apenas despiertes del todo.
El médico llegó minutos después, un hombre de mediana edad con una expresión seria que a Paulo le encogió el estómago antes incluso de que abriera la boca.
—Su presión arterial estaba peligrosamente alta cuando lo trajeron, señor Whitmore. Junto con los niveles de estrés que muestran sus análisis, esto representa un riesgo real para el embarazo si no se controla pronto.
—¿Qué?
—Le voy a pedir, con toda seriedad, que reduzca drásticamente cualquier fuente de tensión en su vida durante los próximos meses. Un episodio como este, repetido, podría desencadenar un parto prematuro o complicaciones mucho más graves. —El médico se sentó al borde de la camilla, con una calma profesional que no lograba suavizar del todo la gravedad de lo que decía—. Necesito que sea honesto conmigo ¿está atravesando alguna situación particularmente estresante en este momento?
Paulo sintió las lágrimas juntársele en los ojos, con la pregunta cayéndole encima como un peso que ya no tenía fuerzas para seguir cargando solo.
—Estoy pensando en separarme.
—Entiendo. —El médico anotó algo en su carpeta, sin ningún juicio en la voz—. No puedo decirle qué hacer con su vida personal, eso le corresponde solo a usted. Pero médicamente, necesito advertirle que continuar con un proceso de esta magnitud, en el estado actual de estrés que muestra su cuerpo, aumenta considerablemente el riesgo para el bebé, sobretodo por las feromonas.
En ese momento, aunque breve, Paulo penso en Valeria y su embarazo, acaso ella también tiene estás complicaciones, se preguntó.
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Esa noche, ya de vuelta en el departamento, con Henry sentado nervioso al borde de la cama esperando noticias que Rosario ya le había adelantado por teléfono, Paulo se quedó parado en la puerta de la habitación un momento largo, sintiendo el peso de una decisión que no quería tomar pero que ya no sabía cómo evitar.
—¿Cómo estás? —preguntó Henry, poniéndose de pie de inmediato, con una preocupación que, en medio de todo lo demás, Paulo no tuvo fuerzas para cuestionar en ese momento.
—El médico dice que el estrés es peligroso para el bebé. Que necesito reducirlo, o podría perderlo.
Henry se quedó pálido, con las manos temblándole ligeramente.
—¿Qué necesitas que haga?
Paulo se sentó en el borde de la cama, con las manos apretadas sobre las rodillas, sintiendo que cada palabra que estaba a punto de decir le costaba una parte de sí mismo que no sabía si volvería a recuperar del todo.
—Voy a pausar el proceso del divorcio. Por ahora. Hasta que nazca el bebé, al menos.
—Paulo—
—No es que te perdone, Henry. No es que esto se arregle con esto. —Lo dijo con una firmeza que no dejaba espacio para ninguna esperanza mal entendida—. Es que no puedo arriesgar a este bebé por seguir peleando ahora mismo. Eso es todo. Cuando nazca, vamos a hablar de nuevo de todo esto.
Henry asintió, sin atreverse a decir nada que pudiera romper el frágil acuerdo que Paulo acababa de ofrecerle, aunque algo en su expresión dejaba ver, con una claridad que a Paulo no le pasó desapercibida, un alivio que probablemente no tenía ningún derecho a sentir en ese momento.
Al día siguiente, Henry dejó el anillo sobre la mesa de noche del cuarto de huéspedes donde Paulo se habia trasladado, sin decir nada al respecto, sin ningún gesto ceremonioso que lo acompañara. Paulo lo encontró esa noche, y se quedó mirándolo un momento largo antes de tomarlo entre los dedos, sopesando no tanto si debía usarlo, sino qué significaba exactamente hacerlo en las circunstancias en las que estaban.
—Voy a usarlo en casa. Frente a Lucas, en las cenas familiares, cuando haga falta sostener la apariencia. —Se lo dijo a Henry esa misma noche—. Eso no significa que hayamos vuelto a nada. Es solo más fácil así, por ahora.
—Entiendo.
Se lo puso, y Henry no dijo nada más al respecto, aceptando la explicación sin cuestionarla, consciente de que insistir en cualquier significado adicional solo arriesgaría el frágil equilibrio que Paulo acababa de ofrecerle. Su rutina de quitárselo apenas salía a la calle o entraba al taller no cambió en absoluto, seguía guardándolo en el bolsillo interno de la chaqueta cada mañana, tal como llevaba haciendo desde el principio, manteniendo esa parte de su vida completamente separada de todo lo demás, sin ninguna intención de que el mundo fuera de esa casa supiera nada sobre un matrimonio que, en la práctica, ya no era nada más que una fachada sostenida por necesidad.
...***************...
Los meses siguientes, Paulo los atravesó con una versión de sí mismo que no reconocía del todo, funcional, presente para Lucas en cada cosa que necesitara, cumplidor en el trabajo, pero vacío por dentro de una forma que no sabía cómo nombrar ni cómo arreglar.
La convivencia con Henry se organizó, sin que ninguno de los dos lo hablara abiertamente, en dos registros completamente distintos según Lucas estuviera presente o no. Con Lucas cerca, la cocina volvía a llenarse de una normalidad casi convincente, Henry le preguntaba por su día en el colegio mientras Paulo servía la cena, los tres se reían de algún chiste tonto que Lucas insistía en repetir, y Paulo lograba, con un esfuerzo que le costaba cada músculo de la cara, sostener una sonrisa que no sintiera del todo falsa frente a su hijo.
—Papá, ¿mañana me llevas tú al colegio o papá Henry? —preguntó Lucas una noche, con la boca todavía llena de puré.
—Yo te llevo, cariño. Papá Henry tiene una reunión temprano.
—¿Y después van los dos a buscarme?
—Vamos a ver cómo se acomoda el día, ¿sí? —Paulo le limpió la comisura de la boca con la servilleta, evitando cruzar mirada con Henry al otro lado de la mesa—. Pero seguro alguno de los dos te busca.
Apenas Lucas se dormía, sin embargo, ese registro cálido se apagaba de golpe, como si alguien hubiera cortado la corriente. Paulo lavaba los platos en silencio, Henry se retiraba al sillón con el control remoto sin decir una palabra de más, y el departamento entero se llenaba de esa clase de silencio pesado que ninguno de los dos se atrevía a romper primero.
Lo más difícil, sin embargo, era algo que Paulo ya había anticipado, el médico le había explicado, en una de las rutinas de control, que el interambio regular de feromonas con el alfa progenitor era necesario para el desarrollo saludable del bebé durante el resto del embarazo, algo tan básico en la biología que rara vez se decía es voz alta en circunstancias normales. Para Paulo, en cambio, se convirtió en una tortura silenciosa, necesitaba la cercanía física de Henry, aunque fuera mínima, aunque fuera solo sentir su presencia o el de sus feromonas por las noches dejando que el aroma familiar hiciera lo que su cuerpo necesitaba, mientras cada fibra emocional de su ser gritaba que se alejara todo lo posible.
—¿Puedo sentarme aquí? —le pidió una noche, con la voz apagada, señalando el espacio vacío del sillón junto a Henry, odiando tener que pedirlo, odiando todavía más que su propio cuerpo lo necesaria—. El doctor dice que ayuda al bebé.
Henry sintió algo parecido a la satisfacción, disimuló su expresión e hizo más espacio sin decidir nada, con cuidado de no acercarse más de lo estrictamente necesario, y los dos se quedaron así, en un silencio incómodo cargado de una intimidad forzada que no tenía nada que ver con el cariño, viendo la televisión sin registrador realmente nada de lo que pasaba en la pantalla, hasta que Paulo, sintiendo que ya era suficiente, se levantaba sin decidir palabra y se iba a la cama, dejando a Henry solo con el peso de una relación que él mismo había destruido y que ahora solo podía tener a medias, por necesidad médica, nunca por elección genuina de Paulo.