Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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Una cruda conversación
El almuerzo transcurría con la elegancia propia de los Scott. Las conversaciones flotaban entre anécdotas de negocios, comentarios sobre el clima de Londres y elogios discretos a los jardines. Helena comía poco. Cada vez que levantaba la vista, se encontraba con los ojos grises de Benjamin fijos en ella durante un segundo demasiado largo antes de que él apartara la mirada con naturalidad calculada.
Cuando el postre fue servido, Sebastian se inclinó hacia ella.
—¿Quieres que te muestre el jardín de rosas? Es el favorito de mi abuelo. Está al otro lado de la fuente.
Helena asintió aliviada. Cualquier excusa para alejarse de esa mesa era bienvenida. Se levantaron juntos. Sebastian le ofreció el brazo y la guió por el sendero de piedra que bordeaba la fuente central. El perfume de las rosas blancas y rojas llenaba el aire.
Apenas habían caminado unos metros cuando el teléfono de Sebastian vibró. Miró la pantalla y puso los ojos en blanco.
—Es papá. Dice que necesita que baje un momento a firmar unos papeles del almuerzo. Cosas de la empresa. No tardo.
Le besó la mejilla.
—Espérame aquí, ¿sí?
Helena asintió. Lo vio alejarse hacia la casa y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Se acercó a uno de los rosales y rozó un pétalo con la yema de los dedos, intentando calmar el latido desordenado de su corazón.
No escuchó los pasos detrás de ella hasta que la voz grave de Benjamin la envolvió.
—Así que tú eres la novia de mi sobrino.
Helena se giró de golpe. Él estaba a escasos dos metros, con las manos en los bolsillos del pantalón y esa expresión impasible que ya le resultaba familiar… y peligrosa.
—No sabía que eras su tío —respondió ella en voz baja, pero firme—. Si lo hubiera sabido, nunca habría hecho eso contigo.
Benjamin soltó una risa breve, sin humor.
—Claro. Porque si no hubiera sido conmigo, habrías engañado a Sebastian con el primero que se te atravesara. Así de simple.
Los ojos verdes de Helena se encendieron.
—No. No es así. Yo amo a Sebastian.
La frase salió más alta de lo que pretendía. Benjamin sintió un tirón desagradable en el pecho, algo que se parecía demasiado al disgusto. Lo disimuló inclinando apenas la cabeza, como si la declaración no le importara en absoluto.
—¿Lo amas? —repitió, acercándose un paso—. Entonces deberías empezar por decirle la verdad.
Antes de que ella pudiera retroceder, él le tomó la muñeca. No con fuerza suficiente para lastimarla, pero sí con la firmeza de quien no está pidiendo permiso. Su pulgar rozó el interior de su muñeca, justo donde el pulso le latía desbocado.
—Dile la verdad a Sebastian —ordenó en voz baja, casi un susurro—. Ahora.
Helena levantó la barbilla, negándose a apartar la mirada.
—Por supuesto que lo haré. Solo… no he encontrado el momento.
Benjamin apretó un poco más los dedos alrededor de su muñeca.
—El momento nunca llega, Helena. Nunca. Más te vale que lo hagas rápido. Porque si no lo haces tú… lo haré yo. Y créeme, la forma en que yo se lo cuente no te va a gustar nada.
El silencio entre ellos se volvió denso, cargado. Helena sintió el calor de la mano de él como una marca. Estaba a punto de responder cuando la voz alegre de Sebastian cortó el aire.
—¿De qué están hablando tan serios?
Benjamin soltó la muñeca de Helena con naturalidad, como si nada hubiera ocurrido, y dio un paso atrás. La sonrisa cortés volvió a su rostro en menos de un segundo.
—Helena me estaba contando que estudia derecho —dijo con total calma—. Parece bastante dedicada.
Sebastian se acercó, pasando un brazo por los hombros de Helena con posesión casual.
—¡Sí! Le encanta. Sobre todo el derecho aplicado a proyectos internacionales. ¿Verdad, amor? —La miró con orgullo y luego volvió la vista a su tío—. De hecho, tío, tu empresa en Inglaterra recibe muchos pasantes cada año, ¿no? Helena podría aplicar. Sería una experiencia increíble para ella.
Helena sintió que el estómago se le encogía. Intervino de inmediato, casi atropellándose con las palabras.
—No es necesario. Haré mi pasantía en la firma de mi padre. Ya está casi todo hablado.
Sebastian la miró, extrañado.
—¿Qué? Pero si siempre dijiste que no querías trabajar con tú papá ni con Louis. Que necesitabas algo fuera del paraguas de los Fiallet…
Helena forzó una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Cambié de opinión. —Se llevó una mano a la sien, aprovechando la excusa—. Además… no me estoy sintiendo muy bien. Me duele un poco la cabeza. ¿Podríamos irnos a casa?
Sebastian frunció el ceño, preocupado de verdad.
—Claro, amor. Si te sientes mal… —Miró a Benjamin—. Tío, disculpa. La llevo.
Benjamin inclinó la cabeza con cortesía impecable.
—Por supuesto. Que te mejores, señorita Fiallet.
Helena sostuvo su mirada un segundo más. Había una advertencia silenciosa en esos ojos grises. Una promesa de que la conversación no había terminado.
Sebastian la guió de regreso hacia la casa, con una mano protectora en la espalda baja. Helena caminaba erguida, pero por dentro se sentía como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
Detrás de ellos, Benjamin se quedó solo entre los rosales, mirando la silueta de la chica de vestido crema alejarse de su lado… otra vez.
Y esta vez, no estaba dispuesto a dejar que desapareciera tan fácilmente.