Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La serpiente sin veneno letal
Afrodita no bajó al Inframundo con espada en mano ni con ejército alguno. No lo necesitaba. Sabía perfectamente que no era una guerrera. Sabía que contra Hades, el dios más antiguo y temido de todos, no tenía nada que hacer en un combate directo. Si se enfrentaba a él con fuerza bruta, sería aplastada en un instante.
Pero ella no necesitaba fuerza. Tenía algo más poderoso: la lengua de plata y el conocimiento de las debilidades ajenas. No iba a destruir a Perséfone con fuego. Iba a destruirla con dudas. Con miedos. Con la misma arma que usó con Apolo durante años: la mentira bien dicha, la sospecha sembrada en el momento justo, la palabra que se queda dando vueltas en la cabeza hasta carcomerlo todo.
Llegó a los confines del Inframundo, a la orilla del río Estigio, donde las sombras dudaban de sí mismas. No entró armada. Entró hermosa, frágil, con la túnica rasgada y las marcas de los latigazos aún visibles en su piel, para parecer la víctima, la injusticiada, la pobre diosa a la que habían maltratado sin motivo.
—Hades —llamó, con voz suave, temblorosa, como si tuviera miedo de él—. Permíteme hablarte solo un instante. No vengo a pelear. Vengo a advertirte.
Hades apareció entre las sombras, alto, imponente, con los ojos oscuros y fríos como el abismo mismo. No la invitó a pasar. No bajó la guardia.
—No tienes nada que decirme que quiera escuchar —dijo él, con voz que no admitía réplica—. Vete antes de que cambie de opinión y te arroje al Tártaro por haber cruzado mi frontera sin permiso.
—¿Y si te digo que tu amada te está mintiendo? —soltó ella de golpe, y una sonrisa casi imperceptible se le dibujó en los labios al ver que él no se fue, sino que se quedó quieto, escuchando—. ¿Y si te digo que Perséfone no te eligió por amor? Que se quedó contigo solo porque estaba herida, porque necesitaba un refugio… y que cada noche, en secreto, llora por Apolo? Que espera el momento de volver a su lado?
Hades no se enfureció. No rugió. Soltó una risa baja, fría, que heló la sangre de Afrodita.
—¿Crees que no la conozco? —dijo él con calma—. ¿Crees que no sé lo que siente, lo que piensa, lo que sueña? Yo soy el señor de las sombras, Afrodita. Yo veo lo que ocultan los corazones. Y su corazón no tiene lugar para él. Nunca lo tuvo. Tú eres la que no sabe lo que es el amor de verdad, porque lo confundes con posesión, con manipulación, con mentira.
—¡No es mentira! —insistió ella, elevando la voz, fingiendo angustia—. ¡Pregúntale por qué dudó en seguirte aquel día! ¡Pregúntale por qué lo miró con esperanza la última vez que lo vio! ¡Ella lo ama, Hades! ¡Te usa para olvidarlo! ¡Y cuando se cure, te dejará igual que como lo dejó a él! ¡Ella es igual que yo! ¡Solo que más lista!
—No —la cortó él, dando un paso hacia ella, y su presencia era tan pesada que Afrodita retrocedió instintivamente—. No es igual a ti. Ella da sin pedir nada a cambio. Ella ama sin condiciones. Ella sanó mis heridas sin siquiera tocarme. Tú… tú solo sabes tomar. Tú solo sabes destruir para sentirte grande. Y eso, Afrodita, es lo que te hace débil. No tienes poder real. Solo sabes manipular a quienes te aman. Y eso no funciona conmigo. Yo no te amo. Yo no te creo. Y yo conozco a mi esposa mejor de lo que te conoces a ti misma.
Afrodita sintió cómo su arma más poderosa, la mentira que siempre funcionaba, se resbalaba de él como el agua sobre la roca. No dudaba. No se inquietaba. No mordía el anzuelo. Y eso la enfureció más que cualquier golpe.
—¡Verás! —gritó ella, perdiendo la compostura, dejando caer la máscara de dulzura—. ¡Verás cómo te arrepientes! ¡Yo puedo destruir lo que ustedes tienen sin tocar un solo cabello de ella! ¡Basta con que todos crean que es una traidora! ¡Basta con que el Olimpo se lo crea y venga a buscarla! ¡La apartaré de tu lado, Hades! ¡Aunque tenga que mentirle a todo el mundo! ¡Aunque tenga que decirle a Zeus que la estás reteniendo contra su voluntad! ¡Yo puedo hacer que todos se vuelvan contra ella! ¡Tú no puedes luchar contra todo el Olimpo!
—Puedo —respondió él con una calma absoluta—. Y lo haría. Si fuera necesario, quemaría el cielo entero antes de dejar que alguien la lastime. Pero no será necesario. Porque tus palabras son vacías, Afrodita. No tienen verdad. Y sin verdad, no tienen poder. Tú solo sabes mentir, y cuando la gente deja de creer en tus mentiras… dejas de existir. Eres nada sin tus trucos. Eres una diosa sin poder, solo con la lengua afilada y el alma podrida.
Hades levantó una mano, y las sombras se cerraron a su alrededor, empujándola hacia la salida, hacia la superficie, lejos de su reino, lejos de Perséfone.
—Vete. Y no vuelvas a poner un pie aquí. La próxima vez, no te dejaré ir con palabras. Y recuerda esto: el amor que construimos no se rompe con mentiras. Se rompe con la duda. Y nosotros no dudamos. Tú no puedes destruir lo que no entiendes. Y tú nunca entenderás lo que tenemos.
Afrodita fue expulsada a la superficie, cayendo de rodillas en la tierra estéril, lejos de los jardines del Olimpo, sola, herida, y con la certeza amarga de que su manipulación había fallado por primera vez en su vida. No porque no supiera hacerlo, sino porque había encontrado a dos personas que se conocían tan bien, que la mentira no tenía espacio para entrar.
Se levantó lentamente, limpiándose la sangre de los labios, y miró hacia el horizonte con un brillo de locura en los ojos. No se rendiría. Si no podía destruirlos con mentiras, buscaría otra forma. Sembraría el caos en la tierra. Convencería a los mortales de que Perséfone era una maldición. Mentiría a Zeus, a Deméter, a cualquiera que escuchara. Usaría su único talento, la manipulación, hasta el final.
—No necesito ser fuerte —susurró, apretando los puños—. Solo necesito que alguien más crea mis palabras. Y si no puedo separarlos con mentiras… entonces destruiré todo lo que les rodea. Veremos cuánto dura su amor cuando todo el mundo esté en contra.
Y se marchó, no hacia el Olimpo, sino hacia los reinos mortales, donde la gente creía fácilmente en diosas heridas y en historias de amor traicionado. Donde sus palabras tendrían poder. Donde podría empezar una guerra que no era suya, solo para verlos arder.
Mientras tanto, en el palacio del Inframundo, Perséfone sintió la inquietud, la sombra que había pasado por su reino. Hades entró a la habitación, sereno, sin rastro de furia, y al verla, sonrió suavemente, como si nada hubiera pasado.
—¿Algo ocurrió? —preguntó ella, acercándose.
—Nada que te preocupe —respondió él, tomándola de la mano—. Solo una serpiente que creyó que podía entrar en nuestro hogar y envenenarlo con palabras. Pero olvidó que aquí, la verdad crece más fuerte que cualquier mentira. Y que nosotros… nosotros nos conocemos demasiado bien para dudar.
Perséfone lo miró a los ojos, y supo que era verdad. Afrodita podía mentir, podía manipular, podía intentar destruir… pero nunca podría romper lo que habían construido. Porque su amor no se basaba en apariencias, sino en la certeza de haber sido vistos en su totalidad, sombras y luces incluidas.
—No le des poder —dijo ella, acariciando su mano—. Su única fuerza es que la crean. Y nosotros no lo hacemos.
—Exacto —asintió él, abrazándola—. Y sin creyentes, es solo una mujer amargada que grita al viento. Que grite. Nosotros tenemos la eternidad para nosotros.
Pero sabían, en el fondo, que Afrodita no se detendría. Que una diosa que solo sabe manipular, cuando se queda sin palabras creíbles, recurre a la destrucción total. Y la guerra que se avecinaba no sería de espadas, sino de mentiras, de rumores, de todo lo que ella podía sembrar. Y eso, era más peligroso que cualquier ejército.