Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Capítulo 13: Presión bajo la luna: la sal y los pretendientes
La frase de Abuela Remedios se esparció más rápido que el humo.
Para el mediodía, media manada hablaba de la profecía. Para la tarde, ya había tres versiones distintas: que Aitana podía invocar fuego con las manos, que la Diosa Luna le había susurrado recetas sagradas, que la carne cocinada bajo su mirada curaba enfermedades. Aitana escuchó la última versión y casi se atragantó con agua.
—No curé a nadie. Solo no quemé la comida.
Paloma mordió un trozo de carne con expresión feliz.
—En esta manada, eso ya es un milagro.
Leandro, sentado a un lado de Aitana bajo el toldo comunal, revisaba con la mirada a cualquiera que se acercara demasiado. No parecía molesto por el ruido. Parecía preparado para romperlo si hacía falta.
Aitana bajó la voz.
—Si sigues mirando así, nadie se atreverá a hablarme.
—Algunos no deberían.
—No puedo ser Luna Sagrada y vivir detrás de tus hombros.
Leandro la miró.
—No quiero esconderte.
—Entonces ayúdame a no parecer escondida.
Esa frase lo dejó pensando.
Antes de que pudiera responder, Abuela Remedios llegó apoyada en su bastón. A su lado venía Bruna, impecable, con un cuenco de infusión entre las manos. La imagen habría parecido generosa si Aitana no hubiera aprendido ya a desconfiar de la dulzura perfecta.
—Necesitamos hablar —dijo la curandera.
Paloma dejó la carne.
—Eso nunca anuncia nada bueno.
Abuela Remedios la ignoró.
—Los Alfas visitantes están pidiendo audiencia. Algunos quieren ofrecer protección formal. Otros preguntan por los trazos de la marca.
Aitana se tensó.
—No.
—No dije que fueras a aceptar —respondió la anciana—. Dije que están pidiendo.
Bruna bajó la vista con delicadeza.
—Es normal. Una Luna Sagrada no puede sostener su poder con un solo guardián para siempre. Todos lo saben.
Leandro se quedó muy quieto.
Aitana sintió la marca del cuello calentarse, como si respondiera al peligro.
—Anoche elegí a Leandro.
—Y nadie lo discute —dijo Bruna—. Fue muy... conmovedor.
Paloma entrecerró los ojos.
—Escupe el veneno de una vez.
—Paloma —advirtió Abuela Remedios.
Bruna suspiró.
—Solo digo que si Aitana de verdad quiere proteger a la manada, tendrá que pensar como Luna, no como muchacha agradecida. Un vínculo con una serpiente puede ser poético. Pero el poder necesita equilibrio.
Leandro no habló.
Eso preocupó más a Aitana que si hubiera gruñido.
—¿Equilibrio significa aceptar pretendientes que ni conozco?
—Significa escuchar propuestas —dijo Abuela Remedios—. No hoy. Pero pronto.
La presión cayó sobre Aitana como una manta mojada.
Apenas había tenido una noche para entender el primer vínculo, y ya el mundo quería abrir espacio para otros. No era deseo. No era amor. Era política con otro nombre.
—La Luna no me eligió para que todos decidan sobre mi cuerpo con palabras más bonitas —dijo.
Abuela Remedios la miró con una chispa inesperada.
Bruna sonrió.
—Qué frase tan fuerte. Ojalá la fuerza alimente a la manada cuando empiecen las lluvias.
Aitana levantó la vista.
—¿Qué quieres decir?
Renato apareció desde la zona de almacenes con Don Romualdo. Ambos venían serios.
—Tenemos un problema con las reservas —dijo Renato—. La carne se está echando a perder más rápido de lo previsto. El último lote de sal llegó húmedo y escaso.
Don Romualdo asintió.
—Sin sal suficiente, perderemos comida antes de la siguiente cacería grande.
Bruna extendió las manos, suave.
—Por eso digo que necesitamos alianzas. Hay clanes con minas de sal. Un acuerdo matrimonial...
—No —dijo Leandro.
La palabra salió baja, pero todos la oyeron.
Bruna ladeó la cabeza.
—¿Vas a decidir por ella?
Leandro apretó la mandíbula.
Aitana puso una mano sobre la de él.
—No. Yo voy a decidir.
Se levantó.
—Muéstrenme la sal.
La llevaron al almacén. Era una construcción fresca, de barro y piedra, con sacos apilados y tiras de carne colgadas del techo. El olor era fuerte. Sal, grasa, humedad.
Aitana tomó un puñado del lote dañado. Los granos estaban pegados, grises, mezclados con tierra.
—¿Cuánto hay así? —preguntó.
Renato señaló tres sacos contra la pared.
—Casi todo el lote del norte.
—¿Y cuánto falta para la lluvia?
—Diez días, si el viento no cambia.
Diez días. Aitana miró las tiras de carne colgadas. Algunas ya tenían bordes oscuros. No era solo una discusión política. Era comida. Niños. Ancianos. Cazadores heridos que necesitarían reservas cuando el barro hiciera imposible salir al monte.
La presión en su pecho cambió de forma.
No era la marca sagrada. Era responsabilidad.
—Esto no sirve así.
—Lo sabemos —dijo Don Romualdo.
—No. Quiero decir que no sirve así. Pero puede limpiarse.
Abuela Remedios la observó.
—¿Cómo?
Aitana miró los cuencos, el agua, las telas limpias. La respuesta llegó como las del fuego: no como una lección aprendida, sino como una certeza antigua ordenándose en su cabeza.
—Disuelvan la sal en agua limpia. La tierra se separará. Filtramos con tela. Luego hervimos el agua hasta que vuelva a quedar sal.
Renato parpadeó.
—¿Hervir agua para obtener sal?
—Sí.
Bruna soltó una risa suave.
—Eso suena a desperdicio de leña.
Aitana la miró.
—Menos desperdicio que perder toda la carne.
Don Romualdo se volvió hacia los trabajadores.
—Hagan lo que dice.
Durante la siguiente hora, Aitana dirigió el proceso con más seguridad de la que sentía. Paloma organizó telas. Renato consiguió vasijas. Leandro cargó agua y leña sin permitir que nadie con intenciones dudosas se acercara demasiado. Abuela Remedios observó cada paso, silenciosa.
Al principio, varios trabajadores obedecieron solo porque Don Romualdo estaba allí. Aitana lo vio en sus caras. No creían que disolver sal para recuperarla tuviera sentido. Una mujer incluso murmuró que la Luna Sagrada estaba convirtiendo comida en sopa de piedras.
Aitana no se ofendió.
—Miren el fondo —dijo, cuando la primera vasija reposó lo suficiente—. La tierra baja. La sal queda en el agua.
Renato se inclinó.
—Tiene lógica.
—No suenes tan sorprendido —dijo Paloma.
—Estoy fascinado, no sorprendido.
—Peor.
Leandro removió otra vasija con un palo limpio. Aitana notó que lo hacía con cuidado exacto, siguiendo sus instrucciones sin discutir. Para un hombre que podía detener a Fausto con una mano, verlo ocupado en no romper una tela de filtrado le provocó una ternura absurda.
Él la vio mirarlo.
—¿Así?
—Así.
El pequeño intercambio duró poco, pero varias mujeres lo notaron. Aitana escuchó una de ellas susurrar que la serpiente obedecía a su Luna. La frase no sonó burlona. Sonó sorprendida.
Cuando el primer cuenco terminó de hervir, pequeños cristales blancos quedaron pegados al fondo.
Paloma soltó un grito.
—¡Funcionó!
Los trabajadores se acercaron. Uno de ellos tocó los granos con la punta del dedo y se lo llevó a la lengua.
—Sal.
El murmullo creció.
—La Luna Sagrada hizo sal limpia.
—No la hizo —dijo Aitana, cansada—. La recuperó.
Pero nadie escuchaba esa diferencia.
Don Romualdo tomó un poco de sal entre los dedos y miró a Aitana como si por fin comprendiera que su valor no era solo luz y marcas.
—Esto puede salvar reservas.
—Y evitar alianzas apresuradas —añadió Renato.
Abuela Remedios tomó una pizca de sal limpia y la dejó sobre su lengua. Cerró los ojos.
—No perdió fuerza.
—¿La sal puede perder fuerza? —preguntó Paloma.
—Todo puede perder fuerza si se ensucia lo suficiente —respondió la anciana.
Aitana no supo si hablaba de minerales o de personas.
Don Romualdo levantó la voz para que los trabajadores escucharan.
—Desde hoy, este método se repetirá con todo lote dañado. Aitana dirigirá la primera tanda y Renato registrará los pasos.
El título no hizo falta. No dijo Luna Sagrada. Dijo Aitana.
Por alguna razón, eso la sostuvo mejor.
Paloma miró a Bruna con una sonrisa feroz.
—Qué pena. Parece que no necesitamos vender a nadie por sal.
Bruna mantuvo la compostura, pero su rostro se tensó.
Aitana abrió la palma. Los cristales blancos brillaban bajo la luz de la tarde como pequeñas estrellas.
En ese instante, varios miembros de la manada exclamaron al mismo tiempo.
Y Bruna, al ver a todos inclinarse hacia Aitana, dejó que la sombra le cruzara el rostro por primera vez.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos