NovelToon NovelToon
Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Seré su refugio, no su tormenta.

Seré su refugio, no su tormenta.

Alexander suspiró con fuerza mientras paseaba por el estudio de su hermana, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada perdida en la alfombra persa. Lorena lo observaba desde el sillón, con una taza humeante entre sus dedos, esperando que él encontrara las palabras precisas. «No quiero convertirme en su enemigo», confesó al fin, con la voz quebrada. «Ella lleva a mi hijo, y sin embargo, siento que todo lo que hago la empuja más lejos. ¿Cómo puedo entender a Valentina si ni siquiera me entiendo a mí mismo?». Lorena dejó la taza y se inclinó hacia adelante, con esa serenidad que solo ella poseía en medio del caos de los Lombardi. Le explicó que la clave física de todo, esa verdad que no necesita explicaciones ni estrategias, caería por su propio peso si él simplemente se mantenía presente, sin aspavientos ni promesas vacías.

Le recordó con crudeza que él sabía perfectamente que Valentina jamás había imaginado formar parte de la vida de un mafioso; ella misma detestaba a Dimitri no solo por lo que representaba, sino porque el poder manchado de sangre le provocaba un rechazo visceral. «El odio y el amor, hermanito, están separados por una línea tan fina que a veces se tocan y se confunden», dijo Lorena con tono grave. «Ella te odia ahora porque te amó antes, y ese conflicto la está devorando. Déjala pensar, no la acorrales con discursos ni con anillos; pero estate allí, aunque te grite y te cierre la puerta en la cara. El embarazo es una etapa brutal para cualquier mujer: su cuerpo cambia, sus hormonas bailan al borde del abismo, y cargar con ese peso mientras lidia con tu trabajo y con tu pasado es una prueba demasiado dura. Solo sé su refugio, no su tormenta. Si logras eso, el resto vendrá solo, porque las acciones calladas pesan más que mil declaraciones».

En la otra punta de la ciudad, Valentina estaba recostada en el sofá de su casa, con una mano sobre el vientre aún apenas perceptible y los pies apoyados en el respaldo. Karla, su amiga del alma, recién llegada, con una bolsa de frutas y una sonrisa cómplice, se sentó a su lado mientras Valentina soltaba una confesión que la ruborizaba hasta las orejas. «Este embarazo me tiene cachonda, Karla, y no es una broma. Es una desesperación física que no entiendo». Karla soltó una carcajada y alzó una ceja con ironía: «¿Cachonda es tu modo de actuación desde que te conozco, querida. Dime algo que no sepa, porque verte así es lo más normal del mundo en ti».

Valentina rió también, pero su risa se apagó pronto cuando su rostro adquirió una expresión febril y confesó sus fantasías más descarnadas: «Es que me dan ganas de hacerlo en cuatro patas, de sentir que me llenan por todos los huecos de mi cuerpo, y eso no puede ser normal, Karla. No es solo deseo, es una necesidad animal». Karla le pidió que bajara el tono, pero Valentina siguió hablando, evocando el encuentro reciente con Alexander: cuando lo vio frente a ella, con aquella mirada de perro arrepentido y la mandíbula tensa, sintió que su cuerpo se cerraba por instinto de defensa, pero su mente se inundó de recuerdos prohibidos. «Solo podía pensar en lo rico que lo hace, en cómo sus manos recorren mi espalda y me desarman. No pude parar, Karla, hasta que lo tuve dentro. Dejé de pensar, apagué el miedo y el rencor, y solo actué. Fue instinto puro, una rendición total ante el placer que él sabe darme, y eso me asusta más que cualquier bala perdida de su mundo».

De vuelta en la imponente mansión de los Lombardi, Alexander se enfrentaba al juicio más importante de su vida: el de sus propios padres. En el despacho de roble oscuro, rodeado de retratos de antepasados con rostros severos, expuso su dilema con honestidad brutal. «No sé si seguir adelante con el matrimonio por poder que aseguraría nuestra alianza con los Russo, o si debo dejar todo y conquistar a Valentina como cualquier hombre corriente». Su madre, Olga, una mujer de porte elegante y mirada profunda, dejó el café sobre la mesa y se levantó para tomar el rostro de su hijo entre sus manos. «Haz, mi niño, lo que diga tu corazón», le dijo con voz firme pero llena de ternura. «La felicidad no tiene precio, y te lo digo porque yo misma no pude escojer y dejé atrás mi propia familia para casarme con tu padre en un acuerdo por conveniencia, por poder. Vivir con poder pero vacío por dentro es una condena peor que la miseria».

Alexander miró a su padre, Gean Carlo, el patriarca que había construido un imperio a base de astucia y puño de hierro, esperando que lo convenciera de la razón de Estado. Para su sorpresa, el patriarca apagó el puro lentamente y asintió con gravedad. «Tu madre siempre ha sido más sabia que yo en esto del amor, y por eso la escucho», declaró Gean Carlo mientras se acercaba a la ventana. «He peleado toda mi vida para darte un legado, pero de nada sirve dejar un tesoro si el heredero es un fantasma sin alma. Si conquistas a Valentina, conquistarás algo que ningún acuerdo comercial te dará; si te casas por poder, hazlo sabiendo que perderás para siempre una parte de ti. Medítalo, pero no tardes, Alexander. Las mujeres embarazadas no tienen paciencia para los indecisos, y esa chica lleva en su vientre la próxima generación de esta familia; merece respeto, no cálculos».

Las palabras de su padre resonaron en la cabeza de Alexander como un tambor implacable mientras su coche frenaba bruscamente frente a la casa de Valentina. No había podido esperar ni una hora más; la indecisión era un lujo que no podía permitirse cuando el futuro de su hijo y de la mujer que amaba pendía de un hilo. Bajó del vehículo con el corazón desbocado, justo cuando Valentina, dentro de la casa, terminaba de desnudar su alma ante Karla. El timbre interrumpió la confidencia; Karla le guiñó un ojo a su amiga y desapareció por la puerta trasera, dejando a Valentina sola frente a la entrada con el pulso acelerado.

Al abrir, se encontró con la mirada firme y decidida de Alexander, que no esperó a ser invitado para hablar. «He hablado con mi hermana y con mis padres», dijo sin preámbulos, con la voz ronca por la urgencia. «Y me dijeron que dejara de ser un cobarde y que actuara como el hombre que quiero ser». Valentina cruzó los brazos sobre su pecho, protegiendo su vientre de manera instintiva, y lo desafió con la mirada: «¿Y qué has decidido, Lombardi?». Alexander dio un paso adelante, acortando la distancia peligrosa que los separaba, y bajó la voz hasta el susurro: «Que el poder no vale nada si te pierdo a ti. Que no quiero ser el enemigo de la madre de mi hijo; quiero ser su compañero, su apoyo y su refugio. Te pido que me des una oportunidad real para demostrarte que el hombre detrás del apellido puede ser el que te haga feliz, sin condiciones ni tratos». Valentina sintió cómo su resolución se agrietaba; las palabras de Lorena sobre la delgada línea entre el amor y el odio cobraron sentido en ese instante, porque ella estaba parada justo encima de esa línea. Bajó la mirada, acarició su vientre aún plano y, tras un silencio eterno, susurró: «Si entras, Alexander, será bajo mis reglas. Aquí no mandan tus acuerdos ni tu sangre; aquí mando yo y lo que sienta mi cuerpo». Él asintió sin dudar, extendiendo la mano con la palma abierta, y el umbral de la puerta fue testigo de un nuevo comienzo, forjado no en el miedo ni en la conveniencia, sino en la frágil y poderosa certeza de dos almas que aprendían a reconciliarse sin armaduras.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play