Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.
Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.
Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.
NovelToon tiene autorización de Sylvia Rosyta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Santiago alzó la mano despacio, con algo de duda, y le secó la mejilla a Camila con el pulgar. Lo hizo con tanta delicadeza que apenas se sintió, como si temiera que al presionar más fuerte ella fuera a desmoronarse de nuevo.
—¿Qué te dijo el médico? —preguntó al fin. La voz más baja que antes, llena de cautela—. ¿Qué te dijo sobre el estado de tu papá, Camila?
Camila guardó silencio un buen rato. Tenía la vista clavada en el piso frío y reluciente del pasillo. Las palabras del médico volvieron a su mente con claridad brutal, y tuvo que soltar un largo suspiro antes de responder.
—Dice que el infarto que sufrió mi papá fue severo —comenzó en voz queda. Cada palabra parecía costarle arrancarla del pecho—. Hay una obstrucción grave. Hicieron todo lo posible por estabilizarlo.
Santiago asintió despacio, aunque la mandíbula seguía visiblemente tensa.
—Y… —Camila volvió a callarse. Los labios le temblaban. Tragó saliva una y otra vez, tratando de reunir fuerzas—. El médico me pidió que me preparara.
Esa sola frase bastó para que Santiago sintiera que algo se derrumbaba dentro de su pecho.
—¿Que te prepararas? —repitió en un murmullo, aunque ya intuía hacia dónde iba la conversación. Camila asintió apenas.
—Para lo peor —dijo al fin. La voz se le rompió en la última palabra—. Incluso para la posibilidad de que mi papá no resista.
La frase cayó entre los dos como un mazazo. Sin darse cuenta, Santiago tomó la mano de Camila y la apretó con fuerza.
—Camila, nada de eso está decidido todavía —le dijo con suavidad—. Estoy seguro de que tu papá va a salir adelante. Es fuerte. No va a dejar sola en este mundo a la hija que más quiere.
Camila levantó el rostro. Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas, pero esta vez no rompió a llorar enseguida. En su mirada se entremezclaban el cansancio, el terror y una resignación que le pesaban por igual.
—Traté de ser fuerte y de creer —dijo en un hilo de voz—. Desde anoche. Desde que trajeron a mi papá a Urgencias. Desde que tuve que firmar un formulario tras otro yo sola. Pero cuando el médico me dijo que tenía que prepararme para perderlo… —el aliento se le cortó—, sentí que ya no podía más. Que si eso llegaba a pasar, me moriría de miedo.
Santiago la escuchó sin interrumpirla ni un segundo. Su mano seguía envolviendo la de Camila, como si se negara a soltarla. Con el pulgar le acariciaba lentamente el dorso de la mano, transmitiéndole calma.
—Camila, no puedes rendirte. ¿Recuerdas lo que me dijiste una vez, que no hay que darse por vencido hasta el final? Pues aplícalo también para ti —le pidió, intentando infundirle ánimo.
—Me siento culpable, Santiago —confesó Camila—. Siento que todo esto es mi culpa. Si yo hubiera cuidado mejor a mi papá, él no estaría así.
Santiago negó con más vehemencia.
—No te eches la culpa, Camila —le dijo—. La enfermedad del corazón no aparece por una sola cosa. Y tu papá jamás te culparía a ti por lo que le está pasando.
Camila enmudeció. Aquellas palabras fueron atravesando sus defensas poco a poco, aunque no terminaban de aplacar la culpa que le carcomía el pecho.
—Don Ramón es un hombre fuerte —continuó Santiago—. Y yo también creo que tú eres increíblemente fuerte. Así que, por favor, no te rindas tan pronto —le pidió con una sonrisa, mientras le sostenía los hombros con firmeza.
La mirada de Santiago seguía posada en ella. Profunda y cálida. Llena de una convicción que, sin saber bien por qué, lograba tranquilizarla y a la vez le estremecía algo por dentro. Camila lo percibió con nitidez. Había algo vibrando en su pecho. No solo por las palabras de Santiago. No solo por el contacto de sus manos en sus hombros, tibio y reconfortante. Sino por la forma en que ese hombre la miraba: como si de verdad viera en ella no a una mujer frágil, sino a alguien que seguía luchando por mantenerse de pie aunque estuviera destrozada.
Camila tragó saliva despacio. El sentimiento la tomó por sorpresa. Extraño, desconcertante, como una ola pequeña que le golpeó el pecho sin aviso. Cálido, pero también aterrador. No estaba lista para sentir algo así. No ahora. No en medio del caos de una vida que aún no encontraba dónde asentarse. No podía permitirse hundirse en un sentimiento que no tenía garantía de ser lo mejor para ella.
Aspiró lentamente y desvió la mirada de los ojos de Santiago. Bajó la vista, fingiendo acomodar el bolso que apretaba desde hacía rato, solo para darle una pausa a ese corazón que de pronto le latía demasiado rápido.
—Y tú… —dijo al fin, procurando que la voz le saliera serena—, ¿dónde te habías metido todos estos años, Santiago?
Santiago calló un momento. La pregunta era simple, pero estaba cargada de significado. Sabía que Camila estaba cambiando de tema a propósito; lo percibía. Aun así, no la forzó a quedarse en el mismo terreno.
—Después de graduarnos —respondió con calma—, me fui con mis padres a El Cairo.
Camila levantó la cara. Asomó un destello de sorpresa, aunque trató de disimularlo.
—¿El Cairo? —repitió, y Santiago asintió.
—En ese momento el negocio familiar estaba pasando por una mala racha. Había problemas serios que había que resolver allá. Mi padre me pidió que lo acompañara y no me quedó otra opción más que irme.
El tono de Santiago sonaba tranquilo, pero Camila captó algo más profundo detrás. Algo contenido.
—Yo pensaba que seguías en el país —murmuró Camila—. Creí que te habías ido a estudiar a otra ciudad.
—No. Desde que terminamos la preparatoria hasta hoy, he vivido en El Cairo —contestó Santiago con suavidad—. Pero los problemas de mi familia en aquel entonces me obligaron a dejar el país.
Se detuvo un segundo y prosiguió:
—El Cairo no fue un lugar fácil para mí. Tuve que aprender muchas cosas. Sobre negocios. Sobre responsabilidad. Sobre cómo mantenerme en pie sin depender de nadie.
Camila escuchaba en silencio. Sin saber bien por qué, sentía una leve opresión al imaginar a Santiago obligado a dejarlo todo —el país, a ella misma— y empezar de cero en una tierra extraña.
—Y ahora… —vaciló un instante antes de preguntar— ¿acabas de llegar?
Santiago volvió a asentir.
—Llegué hoy.
—¿Hoy? —repitió Camila, esta vez con la voz más baja.
—Sí —Santiago esbozó una sonrisa leve—. Vine directo desde El Cairo hasta aquí.
Esas palabras la golpearon con más fuerza de la que esperaba. Directo desde El Cairo. Un viaje largo, de muchas horas. ¿Y todo eso solo para venir a verla y visitar a su padre? Al comprenderlo, Camila sintió que el pecho se le apretaba aún más.
—Debes estar agotado después de un viaje así —dijo con un suspiro quedo.