Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 3
Ethan Vance consideraba que tenía un coeficiente intelectual superior al promedio. Podía leer tres pantallas de la bolsa al mismo tiempo y predecir una crisis financiera, pero en ese momento, mirar fijamente la pantalla de su teléfono inteligente lo hacía sentir como el hombre más estúpido del planeta.
Con una mano sostenía al bebé —que ahora parecía una pequeña máquina de demolición sonora— a una distancia segura de su cuerpo, y con el pulgar de la otra mano tecleaba desesperadamente en el buscador.
«Cómo apagar a un humano chiquito». Enviar.
Google solo le mostró artículos sobre psicología infantil y crianza respetuosa.
—Inútil —masculló Ethan, esquivando un manotazo del bebé que casi le arranca el botón de la camisa—. ¡No quiero criarlo con respeto, quiero que se calle antes de que venga seguridad!
El olor que comenzó a emerger de la lujosa camiseta de seda de Ethan no era sutil. Era una declaración de guerra biológica.
Ethan mantenía al bebé estirado al frente, agarrándolo por las axilas con los brazos completamente rígidos, mientras el líquido sospechoso seguía goteando sobre su alfombra persa de miles de dólares.
—Muy bien, mini-persona, vamos a solucionar esto. Solo necesito ponerte un... un repuesto —mutó Ethan, tratando de no respirar por la nariz—. Un pañal. Sí, los bebés usan pañales.
Con el cuerpo tenso, caminó hacia la canasta de mimbre y empezó a patearla suavemente para revolver las mantas, buscando el bendito trozo de tela. No había nada. Solo un biberón vacío y el sobre blanco. Registró los cajones de su cocina de diseño, el baño de visitas, incluso el armario de las toallas. Nada. Lo más cercano a un pañal que tenía en su casa era un juego de servilletas de lino importadas de Italia.
—Ni lo pienses. No voy a sacrificar el lino —le advirtió al bebé, quien respondió con un grito que casi le rompe los tímpanos.
A las cinco de la mañana, al rey de la bolsa de valores no le quedó más remedio que tragarse el orgullo. Desesperado por el llanto y el hedor, metió al bebé de nuevo en la canasta, la tomó por las asas como si fuera una bolsa de carbón y bajó al estacionamiento. No podía usar el auto deportivo porque no tenía un asiento para bebés, así que le tocó salir a pie, caminando rápido por las calles frías de la madrugada, arrastrando los pies con sus zapatos de charol y rogando no cruzarse con ningún fotógrafo de revistas de negocios.
Su salvación fue un supermercado de veinticuatro horas con luces de neón parpadeantes. El lugar estaba desierto, excepto por un cajero adolescente que parecía más dormido que vivo.
Al entrar, el sensor de la puerta automática sonó, y con él, el bebé reinició su concierto de llanto a todo pulmón.
Ethan agarró un carrito de compras de metal con una mano, metió la canasta con el bebé directo en el asiento delantero —donde suelen ir los niños sentados— y comenzó a correr por los pasillos, haciendo que las ruedas del carrito chirriaran como locas.
—Pañales, pañales... ¿Dónde demonios ponen los pañales? —comenzó a susurrar en pánico, mirando los carteles del techo—. Pasillo 4: Limpieza. Pasillo 5: Enlatados... ¡Pasillo 8: Bebés y tortura!
Cuando llegó al pasillo, se topó con una pared gigante de bolsas de todos los colores posibles. Ethan se quedó paralizado. Había pañales con dibujos de osos, de nubes, de superhéroes. Había tallas P, M, G, XG, y números del uno al seis.
—¡¿Por qué hay tantas opciones?! —le gritó al estante vacío—. ¡Solo es para atrapar desechos! ¡¿Qué significa "Talla 3"?! ¡¿Tres meses, tres kilos o tres niveles de desastre?!
El bebé pataleaba dentro de la canasta, el olor en el pasillo se intensificaba y Ethan sentía que el sudor frío le corría por la nuca. Desesperado, empezó a manotear bolsas del estante al azar y a arrojarlas dentro del carrito. Agarró una bolsa verde, una azul, una gigante que decía "Formato Familiar" (por si acaso) y tres paquetes de toallitas húmedas que prometían olor a lavanda.
—¿Qué más? Leche. El humano chiquito tiene hambre —recordó, viendo que el bebé intentaba morder el borde de la canasta de mimbre.
Corrió al sector de las fórmulas infantiles. Otra pesadilla. Polvos para reflujo, polvos con hierro, polvos deslactosados. Agarró dos latas de las más caras, asumiendo que el precio garantizaba que el niño no explotara, y tres biberones de plástico con tetinas de colores. El carrito ya parecía el arsenal de un campamento de refugiados infantiles.
Con el carrito lleno hasta el tope, Ethan avanzó hacia la única caja abierta, empujando el metal con el pecho porque sus manos estaban ocupadas tratando de acomodar la manta rosa sobre el bebé para que se callara.
El cajero, un chico con ojeras llamado Kevin, ni siquiera levantó la vista al principio. Empezó a pasar los productos por el escáner con una lentitud que a Ethan le pareció criminal.
Pi... Pi... Pi...
—Señor —dijo Kevin de repente, mirando la pantalla—, esta fórmula requiere receta médica especial para bebés prematuros. ¿La tiene?
—No tengo ninguna receta, muchacho —siseó Ethan, inclinándose sobre el mostrador, con los ojos inyectados en sangre y el cabello perfectamente peinado ahora completamente revuelto—. Lo que tengo es un penthouse oliendo a desastre nuclear, una camisa de mil quinientos dólares arruinada y un niño que está a dos minutos de romper los cristales de tu tienda con sus gritos. Cóbrame el maldito polvo de oro o te compro el supermercado entero y te despido antes de que amanezca.
Kevin tragó saliva, miró el traje italiano maltratado de Ethan, miró al bebé que asomaba la cabeza gorda desde la canasta del carrito, y pasó la lata por el escáner sin decir una sola palabra más.
—Son ochenta y cinco dólares con cincuenta centavos —murmuró el cajero, intimidado.
Ethan sacó su tarjeta de crédito negra con dos dedos, la arrojó sobre el mostrador y miró al bebé, que por fin se había quedado callado, mirándolo con un hilo de baba colgando de la boca.
—Esto —le dijo Ethan al niño en un susurro amenazante— va a salir muy caro en tu factura de manutención, mini-persona. Muy caro.