Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 22. UN PACTO EN LAS SABANAS
La respiración de Ethan se volvió un sonido ronco en la quietud de la terraza. El agarre de su mano derecha en la muñeca de Sasha se deslizó lentamente hacia arriba, acariciando la piel suave de su brazo hasta detenerse en su hombro desnudo. El calor que desprendía su palma era abrasador, un contraste violento con la brisa fría de la noche.
—Salgamos de aquí, Sasha —susurró Ethan, con sus ojos oscuros fijos en los labios de ella con una urgencia que ya no tenía nada que ver con los negocios—. Sube conmigo a la suite. Olémonos de este salón. Quiero descubrir qué es lo que tus ojos me están exigiendo.
Sasha no respondió con palabras. Se limitó a asentir con la cabeza, sosteniéndole la mirada mientras él la guiaba de vuelta hacia el interior del hotel, esquivando los pasillos principales hasta llegar al ascensor privado. Al cerrarse las puertas metálicas, la atmósfera se volvió asfixiante. Ethan no esperó a llegar al piso cincuenta y nueve; acorraló a Sasha contra el espejo de la cabina, atrapando sus labios en un beso hambriento, caliente y denso que le hizo soltar un gemido ahogado.
Al entrar a la suite presidencial, la penumbra los recibió con el reflejo plateado de la luna. Ethan cerró la puerta de un golpe seco y, con una urgencia que desarmó por completo su legendario autocontrol, buscó de nuevo la boca de Sasha. Sus manos grandes descendieron por la espalda descubierta de la joven, encontrando la cremallera oculta de su vestido negro. Con un siseo suave, la seda resbaló por sus caderas, dejándola completamente desnuda ante su mirada encendida.
Fue en ese instante cuando la luz de la luna iluminó la delgada cadena de oro que Sasha llevaba al cuello. De ella colgaba un imponente anillo de platino con un diamante de corte esmeralda. Ethan detuvo sus dedos un segundo sobre la joya, fascinado por su brillo.
—Es el anillo de bodas de mis padres —susurró Sasha con la voz rota por la agitación, acariciando el metal frío—. Mi madre se lo entregó a mi padre cuando superaron la peor traición de sus vidas, y mi padre me lo dio a mí el día que nacieron mis mellizos. Es el símbolo de que esta familia nunca se rinde por amor. Lo llevo conmigo para recordarme que soy capaz de cualquier sacrificio por los que amo.
Ethan la observó con una devoción que rozaba la locura. No entendía el alcance de sus palabras, pero la mezcla de vulnerabilidad y fiereza de Sasha terminó por destruir sus últimas defensas.
—Entonces déjame ser tu cómplice esta noche, Sasha —susurró él, antes de deshacerse de su esmoquin y su camisa, dejando al descubierto su torso esculpido y firme.
La tomó en vilo con una fuerza descomunal, haciendo que ella rodeara su cintura con las piernas mientras la llevaba hacia la inmensa cama de satén. El encuentro fue un estallido de erotismo puro y desmedido que haría arder las páginas. Ethan la poseyó desde atrás, colocándola de rodillas sobre las sábanas de seda. Su mano derecha atrapó con firmeza la cadera de Sasha, tirando de ella hacia su cuerpo musculoso mientras se hundía en su interior con embestidas profundas, potentes y exigentes que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás, soltando gemidos agudos que inundaron la habitación.
El roce de la piel sudorosa, el compás acelerado de sus respiraciones y el aroma a cítricos oscuros y tabaco rubio de Ethan crearon una atmósfera de pura perdición. El director extranjero se movía con una cadencia salvaje, perdiendo la cabeza por completo ante la estrechez y el calor que lo envolvían. Sasha apretaba los dedos contra las sábanas, deslizándose por el satén mientras el placer subía como una marea incontrolable. Ethan incrementó la velocidad, poseyéndola con una fuerza protectora e implacable hasta que el clímax los alcanzó a ambos en una explosión ensordecedora. Sasha tembló por completo, rompiendo a llorar silenciosamente de pura liberación mientras Ethan se vaciaba dentro de ella, enterrando el rostro en su nuca húmeda.
Se quedaron abrazados en la penumbra de la madrugada, unidos por un pacto silencioso de piel y deseo, sin saber que la cuenta atrás de los setenta y tres días estaba a punto de exigir el precio más alto de su pasión.