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La Puerta Del Quebranto

La Puerta Del Quebranto

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror / Casos sin resolver
Popularitas:142
Nilai: 5
nombre de autor: Gil Carcamo

Sinopsis

Hay dolores que sanan con el tiempo.

Y hay otros que abren puertas.

En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.

Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.

Porque los demonios no derriban puertas...

Esperan a que alguien las abra.

NovelToon tiene autorización de Gil Carcamo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Minakami

La carrera acababa de comenzar.

Gabriel permaneció inmóvil frente a la puerta unos segundos más.

La inscripción seguía grabada sobre la piedra.

"La segunda llave no abre una puerta."

"Abre un nombre."

Después, las letras comenzaron a desaparecer lentamente.

No se borraban.

Era como si la propia roca las estuviera absorbiendo.

Hasta que no quedó rastro de ellas.

Gabriel respiró hondo.

Guardó la llave de hierro, el reloj de bolsillo y la fotografía en el interior de su abrigo.

Por primera vez desde que recibió el Expediente 1908, comprendió que permanecer allí no les daría más respuestas.

La Puerta había dejado de hablar.

Ahora les tocaba a ellos encontrar aquello que buscaba.

Miró a Valeria.

Seguía observando el lugar donde habían quedado marcadas las huellas de seis dedos.

—Nos vamos.

Ella levantó la vista.

—¿Y la puerta?

—Si el Umbral ha esperado siglos, esperará un día más.

Pero la persona que estamos buscando...

...quizá no.

Abandonaron el túnel poco antes del amanecer.

Cuando emergieron a la superficie, Tokio parecía otra ciudad.

Las primeras luces comenzaban a reflejarse sobre los edificios, mientras los trenes iniciaban su rutina diaria, ajenos a lo que dormía bajo sus vías.

Gabriel respiró el aire frío de la mañana.

Por un instante, todo parecía normal.

Demasiado normal.

Un grupo de estudiantes caminaba hacia la estación.

Un anciano paseaba a su perro.

Un empleado bebía café mientras esperaba el tren.

Nadie imaginaba que, apenas unos metros más abajo, existía una puerta que jamás debía abrirse.

Valeria siguió su mirada.

—¿Cómo puede seguir todo igual?

Gabriel respondió sin apartar la vista de la ciudad.

—Porque el mal más antiguo siempre aprende a esconderse entre la rutina.

Dos horas después, el tren bala atravesaba los paisajes del centro de Japón.

Los rascacielos quedaron atrás.

Después aparecieron arrozales.

Ríos de aguas transparentes.

Pequeñas aldeas.

Y, poco a poco, las montañas comenzaron a dominar el horizonte.

Valeria permanecía en silencio junto a la ventana.

No dejaba de pensar en el nombre que había aparecido dentro del reloj.

Minakami.

Gabriel abrió nuevamente la fotografía encontrada en su interior.

La observó durante varios minutos.

Entonces descubrió un detalle que había pasado por alto.

Detrás del torii cubierto de nieve había una quinta sombra.

Era apenas una silueta.

Tan difusa que parecía un error de la fotografía.

Sin embargo...

Los cuatro hombres miraban hacia ella.

No hacia la cámara.

Gabriel dobló lentamente la imagen.

No dijo nada.

Todavía no.

Al mediodía llegaron a Minakami.

El pueblo estaba rodeado por montañas cubiertas de bosques de cedros.

El aire era limpio.

Frío.

Las calles eran estrechas y tranquilas.

Las casas conservaban tejados tradicionales junto a edificios modernos de pocas plantas.

El río Tone descendía con fuerza desde las montañas, llenando el valle con el sonido constante del agua.

Valeria sonrió apenas.

—Es hermoso.

Gabriel asintió.

—Los lugares más antiguos casi siempre lo son.

Mientras caminaban por la calle principal, algo llamó su atención.

Frente a muchas casas colgaban pequeñas campanas de bronce.

No eran adornos.

Todas estaban orientadas hacia la montaña.

Como si esperaran la llegada del viento.

Gabriel se detuvo frente a una de ellas.

Estaba completamente inmóvil.

No corría una sola brisa.

Aun así...

La campana emitió un sonido.

Una única vez.

Dong...

Valeria dio un respingo.

—No había viento.

Gabriel levantó la vista hacia las montañas.

—Lo sé.

Encontraron una antigua posada familiar cerca del río.

La propietaria era una mujer de unos setenta años.

Cabello completamente blanco.

Espalda recta.

Ojos oscuros y atentos.

Leyó el nombre de Gabriel en el registro.

Su expresión cambió apenas un instante.

Lo suficiente para que él lo notara.

—¿Ocurre algo? —preguntó.

La mujer cerró el libro con calma.

—Hace muchos años...

...otro hombre con ese apellido se hospedó aquí.

Gabriel sintió un vuelco en el pecho.

—¿Salazar?

Ella negó lentamente.

—No.

Mori.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—¿Hayato Mori? —preguntó Gabriel.

La anciana lo observó fijamente.

—Usted conoce ese nombre.

No era una pregunta.

Era una afirmación.

Gabriel asintió.

La mujer guardó unos segundos de silencio antes de inclinarse ligeramente hacia él.

Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Entonces no suban a la montaña después de que oscurezca.

Valeria frunció el ceño.

—¿Por qué?

La anciana desvió la mirada hacia la ventana.

Las montañas comenzaban a cubrirse de niebla.

—Porque cuando cae la noche...

...las campanas dejan de avisar.

Y cuando eso ocurre...

...es porque ya no hay nada que pueda ser detenido.

Esa noche, Gabriel no consiguió dormir.

Poco después de la medianoche salió al pequeño balcón de madera de la habitación.

El pueblo estaba completamente en silencio.

La niebla descendía lentamente desde el bosque.

Entonces lo vio.

En la ladera de la montaña.

Muy lejos.

Una luz.

Después otra.

Y otra más.

No eran linternas.

Parecían faroles antiguos avanzando entre los árboles.

En fila.

Como si una procesión atravesara el bosque.

Gabriel entrecerró los ojos.

Contó siete luces.

La octava apareció unos segundos después.

Y la novena...

...se detuvo.

Como si hubiera descubierto que él la estaba observando.

En ese mismo instante, todas las campanas del pueblo sonaron al mismo tiempo.

No con fuerza.

Sino con un tintineo suave.

Lento.

Como un susurro llevado por el viento.

La anciana apareció detrás de Gabriel sin hacer ruido.

No parecía sorprendida.

Solo preocupada.

Miró hacia las montañas y murmuró con la voz quebrada:

—Han vuelto a contarse.

Gabriel no apartó la vista de las nueve luces.

—¿Quiénes?

La mujer tardó varios segundos en responder.

Cuando lo hizo, su rostro había perdido todo color.

—Los que caminan buscando el nombre que les falta.

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