Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 13: Explorando la eternidad
Las horas pasaron lentamente en el Salón del Trono, llenas de asuntos de estado, juicios, peticiones y palabras que a menudo sonaban vacías o cargadas de segundas intenciones. Yo escuchaba, aprendía, observaba a cada ser que se acercaba, recordando caras, nombres y, sobre todo, intenciones. Lord Valerius había desaparecido entre la multitud tras su desafío, pero podía sentir sus ojos puestos en mí de vez en cuando, fríos, calculadores, esperando cualquier error, cualquier señal de debilidad. Pero yo no se la di. Me mantuve erguida, firme, con la mano apoyada en el brazo de mi trono, y cada vez que sentía que la duda o la fatiga me ganaban, miraba de reojo a Azrael. Él estaba allí, imponente, distante para todos, pero con una energía que fluía hacia mí, dándome fuerza, recordándome quién era y a quién pertenecía.
Cuando por fin se dio por terminada la audiencia y las puertas se cerraron tras el último de los cortesanos, dejándonos solos en la inmensa sala, sentí que todo el aire se volvía más ligero, más denso, más cargado de lo que solo existía entre nosotros. Azrael se levantó de su trono, bajó los escalones con esa gracia suya, peligrosa y elegante, y caminó hacia mí despacio, como un depredador que se acerca a su presa… o a su compañera. Sus ojos grises brillaban con esa luz oscura que ya conocía tan bien, esa
mezcla de poder, adoración y deseo salvaje que me hacía estremecerme de pies a cabeza.
—Lo hiciste maravillosamente, Lysandra —dijo, con esa voz profunda que resonaba en el silencio—. Te enfrentaste a ellos, te ganaste tu lugar, y lo hiciste con la fuerza de una reina verdadera. Pero ahora… ahora ya no necesitas ser la reina. Ahora solo necesitas ser mía.
Me tomó de la mano, sus dedos entrelazados con los míos, y me llevó fuera del salón, por pasillos más oscuros, menos transitados, hacia los jardines interiores del palacio, lugares que parecían sacados de un sueño o de una pesadilla hermosa: árboles de hojas plateadas, flores que brillaban con luz propia, estanques de agua negra y profunda que reflejaban el cielo gris eterno. Caminamos hasta llegar a un pabellón oculto entre enredaderas oscuras, un lugar íntimo, protegido por magia, donde nadie podía vernos ni oírnos. Un lugar hecho solo para nosotros.
En cuanto cruzamos el umbral, me giró bruscamente hacia él, me apretó contra su cuerpo y me besó. No fue un beso suave ni lento. Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de todo lo que había contenido durante las largas horas de la corte, lleno de necesidad, de fuego, de esa conexión que nos consumía a ambos. Sus manos recorrían mi cuerpo con avidez, desabrochando mi túnica, deslizando las telas hacia abajo, dejándome desnuda ante él en cuestión de segundos, sintiendo el aire fresco y el calor de su piel al mismo tiempo.
—Te he estado mirando todo el tiempo —murmuró contra mi boca, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas, acercándome más a él para que pudiera sentir la dureza de su deseo a través de sus propias ropas—. Todo ese tiempo, sentado ahí, lo único que podía pensar era en cuánto te deseaba, en cuánto quería arrancarte esa ropa, en cuánto quería hacerte gritar de placer de nuevo. Pero hoy… hoy no será igual que la primera vez. Hoy tenemos toda la eternidad por delante, y quiero explorar cada rincón de tu cuerpo, cada sensación, cada forma de hacerte mía.
Me empujó suavemente hacia atrás, haciéndome caer sobre un lecho de suaves pieles y sedas que había en el centro del pabellón, y se quedó de pie un momento, observándome. Me sentía desnuda, expuesta, pero no vulnerable. Al contrario, me sentía poderosa, hermosa, la mujer más deseada del universo, bajo la mirada de aquel ser que era dueño de todo, incluida mi alma. Se deshizo de sus prendas con movimientos rápidos, dejando al descubierto su cuerpo perfecto, duro, pálido y hermoso, y se acercó a mí, arrodillándose entre mis piernas abiertas, mirándome con una intensidad que me quemaba viva.
—Quiero que sientas todo —susurró, mientras sus manos grandes y cálidas subían por mis tobillos, recorriendo mis pantorrillas, mis rodillas, mis muslos, rozando la piel con una lentitud tortuosa y deliciosa—. Quiero que cada parte de ti sepa lo que es el placer. Quiero que te olvides de tu nombre, de tu vida, de todo lo que no sea yo, lo que te hago sentir.
Empezó a besarme desde los pies, subiendo despacio, besando cada centímetro de mi piel, lamiendo, mordisqueando suavemente, dejando un rastro de fuego y humedad a su paso. Sus labios fríos y suaves me hacían arquear la espalda, me hacían gemir su nombre, me hacían buscar más contacto. Subió por mis rodillas, por la cara interna de mis muslos, rozando con su aliento caliente justo donde más lo necesitaba, enviando escalofríos eléctricos directos a mi centro, que ya ardía, que ya estaba húmedo y palpitante, pidiéndolo.
Y entonces, sin previo aviso, su lengua tocó mi intimidad. Gemí fuerte, levantando las caderas instintivamente hacia su cara, clavando mis dedos en las pieles bajo mí, perdiendo el aliento. Nunca nadie me había tocado así, nunca nadie me había hecho sentir algo así. Su lengua era hábil, experta, se movía con una cadencia perfecta, lamiendo, chupando, recorriendo cada pliegue, encontrando ese punto sensible que me hacía delirar, que me hacía ver estrellas. No tenía prisa. Disfrutaba de mi reacción, de cómo me retorcía bajo él, de cómo mis gemidos se hacían más fuertes, más desesperados, más altos.
Sus manos sujetaban mis caderas con firmeza, impidiéndome escapar, asegurando que recibiera cada roce, cada movimiento, cada caricia. Introdujo un dedo, luego dos, dentro de mí, llenándome, estirándome, moviéndose al mismo ritmo que su lengua, golpeando puntos profundos y sensibles que me hacían gritar su nombre, que me hacían sentir que iba a explotar de placer. Y cuando sentí que estaba llegando al borde, cuando las ondas de placer empezaron a sacudirme entera, cuando creí que no podía soportar más… se detuvo.
Me dejé caer hacia atrás, sin aire, temblando, desesperada, mirándolo con ojos nublados de deseo. Él se levantó lentamente, limpiándose los labios con la mano, con una sonrisa de satisfacción y malicia, brillando de arriba abajo, duro, palpitante, esperándome.
—¿Te gusta, esposa mía? —preguntó con voz ronca, acostándose a mi lado y atrayéndome hacia él para besarme, dejándome saborear mi propio sabor en sus labios—. Todavía no has visto nada. Todavía no hemos empezado a jugar de verdad.
Me dio la vuelta, poniéndome boca abajo sobre las pieles, y me levantó las caderas, dejándome expuesta, abierta para él, inclinada y lista. Sentí su cuerpo pegado al mío por detrás, su pecho contra mi espalda, sus manos recorriendo mis costados, mis pechos, apretándolos, acariciándolos, mientras su dureza rozaba la entrada de mi cuerpo, una y otra vez, haciéndome desesperarme, haciéndome levantar las caderas buscando que entrara.