La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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La sonrisa que volvió.
— No puedo creer que me tomara tanto tiempo venir en metro. Y pensar que rechacé al jefe a que me trajera si venía en la misma dirección.
El reloj del hospital marcaba las siete y veinte de la noche.
Hamlet caminó por el pasillo con una bolsa de frutas en una mano y una pequeña caja de galletas sin azúcar en la otra.
Las enfermeras ya lo conocían.
—Buenas noches, señor Capone.
—Buenas noches, Clara.
—Su mamá estuvo preguntando por usted desde las cinco.
Hamlet sonrió.
—Entonces será mejor que me apure antes de que me regañe.
La enfermera soltó una risa.
—Está mucho mejor de ánimo hoy.
—Eso me alegra.
Subió por el ascensor. Llegó hasta la habitación.
Golpeó suavemente la puerta.
—¿Se puede?
—¡Pasa de una vez! Ya pensaba que me habías cambiado por otra madre.
Hamlet abrió la puerta riéndose.
—Eso sería muy difícil.
—¿Por qué?
—Porque eres demasiado mandona.
—Igual que tú.
Los dos rieron.
Hamlet dejó la bolsa sobre la mesa.
—Te traje manzanas.
—Otra vez...
—Y peras.
—Qué emoción...
—Y las galletas que tanto te gustan.
La mujer abrió mucho los ojos.
—¡Esas sí!
Hamlet negó con la cabeza.
—Sabía que eso iba a convencerte.
Mientras acomodaba las cosas, comenzó a tararear una melodía, su madre no dejaba de observarlo.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué tienes?
Hamlet levantó la vista.
—¿Tengo algo en la cara?
—No.
—¿Entonces?
Ella sonrió con ternura.
—Algo cambió.
—¿Otra vez con eso?
—No te burles de tu madre.
—No me burlo mami.
—Sí lo haces.
Hamlet se sentó junto a la cama mientras pelaba una manzana.
—¿Qué fue lo que cambió según tú?
La mujer extendió la mano y le acomodó un mechón rubio detrás de la oreja.
—Tus ojos.
—¿Mis ojos?
—Ya no se ven tan cansados. Te veo más animado.
— Nahhh.... Es solo que todo está llendo bien.
— No creo que sea solo eso
Hamlet guardó silencio.
—...
—Llegaste sonriendo.
—¿Lo hice?
—Y no es una sonrisa fingida o normal.
Él bajó la mirada.
—Tal vez el trabajo me está haciendo bien.
—No.
—¿No?
—Es otra cosa. Algo del corazón.
Hamlet suspiró.
—Mamá...
—Conociste a alguien.
—Trabajo con muchas personas.
—No me cambies el tema. Sabes a qué me refiero.
—Solo llevo algunas semanas.
—Algunas semanas bastan para que alguien despierte una curiosidad.
Hamlet sonrió con vergüenza.
—No digas tonterías. El es alguien inalcanzable.
—¿Es ese chef famoso del que hablaste ayer?
Hamlet negó rápidamente.
—Solo es mi jefe.
—Ajá...
—Lo digo en serio. Es amable con todos. Coquetea por naturaleza.
— Parece que te agrada más que el resto.
Los dos terminaron riéndose.
Hacía años que no reían a gusto.
La mujer tomó la mano de su hijo.
Su voz se volvió más suave.
—Dormiste mejor. Comes mejor.
Hamlet se quedó inmóvil.
—¿Cómo lo sabes?
—No tienes esas ojeras horribles.
Él tardó unos segundos en responder.
—No soñé con Mariano.
Su madre sintió un nudo en la garganta.
—¿De verdad?
Hamlet asintió lentamente.
—Fue la primera noche en muchos años.
Los ojos de la mujer comenzaron a humedecerse.
—Gracias a Dios...
—No recuerdo todo el sueño.
—¿Pero?
Hamlet sonrió con timidez.
—Solo recuerdo una cocina enorme...
—¿Y?
—Estaba cocinando.
—Eso es normal.
—No estaba solo—Ella levantó una ceja.—Había alguien más.
—¿Quién?
Hamlet soltó una risa avergonzada.
—El chef.
La madre abrió mucho los ojos.
—¡Lo sabía!
—No empieces.
—¡Lo sabía, si te agrada y eso es nuevo!
—Mamá...
—¿Qué hacían?
—Discutíamos porque él decía que la mejor pasta era la carbonara.
—¿Y tú?
—Que una buena amatriciana también merecía respeto.
La mujer comenzó a reír tanto que una enfermera asomó la cabeza por la puerta.
—¿Todo bien?
—Perfectamente —respondió la madre entre risas—. Mi hijo por fin volvió a dormir.
La enfermera sonrió sin entender del todo.
—Eso sí que es una buena medicina.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, la madre acarició la mano de Hamlet.
—Hijo...
—¿Sí?
—No tengas miedo de volver a ser feliz como cuando eras niño. Ahora eres adulto.
Hamlet desvió la mirada hacia la ventana.
—Todavía me cuesta creer que pueda serlo.
La mujer le apretó la mano con cariño.
—Paso a paso.
Hamlet asintió.
Por primera vez...
Sintió que tal vez tenía razón.
Y esa noche, mientras abandonaba el hospital, caminó con el corazón un poco más ligero de lo que recordaba en muchos años.