Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18: La línea que se estrecha
Las semanas se sucedían una tras otra, y la atmósfera en el colegio se volvía cada vez más pesada, como si el aire mismo costara respirar.
Para Tomás, el rencor no hacía más que crecer cada día que pasaba.
Ver a Aylany llegar impecable, con sus útiles nuevos, sus notas altas y la protección de su familia, le parecía una ofensa directa a todo lo que él había logrado con esfuerzo.
No había en él ni un solo momento de duda, ni remordimiento, ni nada que se pareciera a un sentimiento distinto: solo veía en ella a alguien que ocupaba un lugar que, según su forma de pensar, no le correspondía.
Así que sus actos se volvieron más calculados, más fríos y más difíciles de detectar.
Ya no buscaba solo molestar; ahora quería que ella se sintiera realmente incómoda, que dudara de su propio lugar y que deseara irse por su propia voluntad.
Una tarde, durante la clase de dibujo técnico, todos debían dejar sus trabajos terminados sobre la mesa para que el profesor los revisara al día siguiente.
Aylany había pasado tres tardes enteras perfeccionando el suyo, con líneas precisas, medidas exactas y un acabado impecable, tal como le gustaba hacer todo.
Cuando salió del aula para ir al baño, dejándolo bien ordenado en su puesto, Tomás vio su oportunidad.
Esperó a que no hubiera nadie más que algunos compañeros distraídos, y en pocos minutos, con movimientos rápidos y silenciosos, borró las partes más importantes, manchó el papel con tinta negra y dobló las esquinas hasta romperlas en varios puntos.
Cuando Aylany regresó y vio lo que quedaba de su trabajo, sintió que el corazón se le encogía en el pecho.
Se quedó inmóvil, mirando los restos, mientras una sensación de rabia y frustración le subía por la garganta.
Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Tomás, que la observaba desde el fondo con esa expresión de indiferencia absoluta, como si no hubiera visto nada.
—Qué lástima —dijo él en voz alta, para que todos escucharan—.
Parece que no tuviste cuidado con lo que hiciste.
O tal vez no era tan bueno como creías.
Ella apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.
Quiso gritar, acusarlo, pedir pruebas, pero sabía que no serviría de nada: no había testigos, no había huellas, y él siempre tenía una excusa lista.
Esa noche tuvo que quedarse despierta hasta muy tarde, con la luz de su mesa de estudio encendida, rehaciendo todo desde cero, mientras en su mente no dejaba de preguntarse cuándo pararía esa guerra sin motivo.
Pero no fue el único golpe.
A la mañana siguiente, cuando llegó a la entrada, notó que alguien había rayado con un objeto duro la pintura de su mochila nueva, dejando marcas profundas y frases escritas con tinta indeleble que decían vuelve a tu casa y aquí no eres bienvenida.
Algunos compañeros lo vieron y desviaron la mirada, otros susurraban entre sí, y cuando ella se giró buscando una respuesta, vio a Tomás apoyado en una columna, con las manos en los bolsillos y una sonrisa leve que no llegaba a sus ojos.
—Te estás ganando una reputación interesante —le dijo al pasar a su lado, en un tono bajo y cortante—.
Cuanto más tiempo te quedas, más claro se ve que no encajas.
—No me voy a ir —le respondió ella con voz firme, aunque por dentro sentía que se le agotaban las fuerzas—.
No voy a dejar que tu odio decida por mí.
—Entonces prepárate para lo que viene —replicó él sin dudar—.
Porque yo no pienso parar.
Mientras sigas aquí, cada día será una prueba más difícil que la anterior.
Valeria y Camila, que lo escucharon, se interpusieron entre ambos.
—Ya basta, Tomás —le advirtió Camila con tono serio—.
Esto ya no es juego, es acoso.
Si sigues así, terminarás perdiendo tu beca de verdad.
Él las miró con desprecio, sin inmutarse.
—No tienen pruebas de nada —respondió él—.
Y mientras no las tengan, pueden decir lo que quieran.
Esa misma semana, durante una salida didáctica al centro de la ciudad, aprovechó un momento de confusión para esconder su carpeta con todos los apuntes del semestre.
Aylany pasó horas buscándola, nerviosa y angustiada, hasta que apareció tirada en un rincón sucio, con las hojas mojadas y rotas en parte.
Tomás la observaba desde lejos, sintiendo una satisfacción fría y vacía, convencido de que cada acto suyo estaba justificado.
No se preguntaba por qué le dedicaba tanto tiempo y energía a ella; para él, era solo cuestión de defender lo que creía suyo y hacerle ver la realidad.
Esa noche, al llegar a casa, Aylany se sentó en el borde de su cama y dejó caer la cabeza entre las manos.
Se sentía agotada, pero también sabía que rendirse no era la solución.
Mientras tanto, Tomás en su hogar revisaba sus propios apuntes, pensando en el siguiente paso que daría, sin ninguna duda en su corazón: solo sentía odio, y estaba decidido a mantenerlo así.