No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
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Capítulo 7 Límites invisibles
Los límites no siempre se dibujan con palabras.
A veces no se anuncian.
No se explican.
No se negocian.
Simplemente aparecen.
Y lo más extraño es que suelen ser invisibles… hasta que empiezas a chocar contra ellos.
Yo no sabía en qué momento Fabio los había levantado.
Pero lo sentí.
Lo sentí en el aire.
En sus silencios.
En la forma en que evitaba quedarse demasiado cerca de mí cuando no era necesario.
En cómo su mirada, antes constante, ahora parecía medir distancias.
Y eso me confundía más de lo que quería admitir.
Esa mañana llegué a la cafetería con Mateo en brazos, como siempre.
El cielo estaba gris.
No amenazante.
Solo gris.
Como si el día mismo no hubiera decidido aún qué emoción tener.
Fabio estaba detrás del mostrador.
Ordenando cuentas.
Sin levantar la vista cuando entré.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —respondió.
Seco.
Correcto.
Demasiado correcto.
Mateo extendió los brazos hacia él, como hacía siempre.
Pero esta vez Fabio dudó.
Solo un segundo.
Un pequeño segundo.
Pero lo suficiente.
Luego lo tomó.
Sin la naturalidad de antes.
Como si algo en ese gesto ahora tuviera peso.
Yo lo noté.
Aunque él intentara ocultarlo.
El día transcurrió lento.
Demasiado lento.
Cada interacción parecía cuidadosamente medida.
Fabio hablaba conmigo lo necesario.
Nada más.
Ni una palabra de más.
Ni una sonrisa extra.
Ni una mirada prolongada.
Y eso, que antes me habría parecido normal, ahora me incomodaba profundamente.
Porque yo ya me había acostumbrado a otra cosa.
A su cercanía.
A su atención.
A esa forma silenciosa de estar presente.
A media mañana, mientras organizaba unas bandejas, escuché a dos empleadas nuevas hablar en la cocina.
—Fabio está más serio últimamente.
—Sí… desde que contrató a la chica joven.
Me quedé quieta.
Sin querer.
Sin decidirlo.
—¿La madre del bebé?
—Esa misma.
Silencio.
—Dicen que él es demasiado bueno con ella.
—Eso es raro, ¿no?
—Depende de cómo lo veas.
Sentí un nudo en el estómago.
No era la primera vez que escuchaba comentarios.
Pero esta vez era distinto.
Porque Fabio también los escuchaba.
Y yo podía sentirlo.
Aunque no dijera nada.
Cuando terminé mi turno, él me pidió que me quedara un momento.
Otra vez.
Pero esta vez su tono era distinto.
Más distante.
Más serio.
Más controlado.
—Necesitamos hablar —dijo.
Mi pecho se tensó.
—¿Pasó algo?
Fabio negó con la cabeza.
—No es eso.
Se apoyó en el mostrador.
Sin mirarme directamente.
—He estado pensando en lo de la gente.
Tragué saliva.
Ya sabía a qué se refería.
—No deberían hablar así —dije.
—No puedes controlarlo.
—Lo sé.
Silencio.
Luego añadió:
—Pero sí puedo evitar que se malinterprete.
Lo miré confundida.
—¿Qué quieres decir?
Fabio tardó en responder.
Demasiado.
—Voy a mantener más distancia contigo en el trabajo.
Las palabras tardaron en procesarse.
—¿Distancia?
—Sí.
—¿Por qué?
Él suspiró.
Y por primera vez vi algo diferente en su expresión.
Algo contenido.
Algo incómodo.
—Porque la gente habla —dijo.
—Siempre habla.
—Y no quiero que afecte el ambiente del trabajo.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Y qué pasa con nosotros trabajando bien juntos?
Fabio me miró por fin.
Pero no había la calidez de antes.
Había control.
—Seguiremos trabajando bien.
—No se siente así.
Silencio.
Uno largo.
Pesado.
Él bajó la mirada.
—Es lo mejor.
Aquella frase me dolió más de lo esperado.
—¿Lo mejor para quién?
Fabio no respondió.
Y ese silencio fue una respuesta en sí misma.
Los días siguientes fueron extraños.
Fabio seguía siendo correcto.
Profesional.
Educado.
Pero ya no era él.
O al menos no el que yo había empezado a conocer.
Ya no cargaba a Mateo con la misma facilidad.
Ya no se quedaba conversando después del cierre.
Ya no buscaba mi mirada.
Y yo, sin querer, empecé a sentirme fuera de lugar en un sitio que había comenzado a sentir como mío.
Una tarde, Mateo empezó a llorar en la cocina mientras yo intentaba terminar un pedido.
Estaba cansado.
Con hambre.
Inquieto.
Fabio estaba cerca.
Pero no intervino.
Lo miró.
Dudó.
Y siguió trabajando.
Yo lo noté.
Y algo dentro de mí se quebró un poco.
—Fabio… —dije suavemente.
Él levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Puedes…?
Me detuve.
No terminé la frase.
Porque ya sabía la respuesta.
O al menos la intuía.
Fabio se acercó lentamente.
Tomó a Mateo con cuidado.
Pero sin la naturalidad de antes.
Sin esa calidez automática.
—Gracias —dije en voz baja.
—No tienes que agradecer.
Pero su tono no era el mismo.
Y eso dolía más que cualquier palabra.
Esa noche, cuando cerramos, la cafetería estaba vacía.
Mateo dormía en su cochecito.
La lluvia golpeaba el cristal con suavidad.
Fabio estaba guardando las últimas cosas.
Yo recogía la mesa en silencio.
El ambiente era pesado.
No incómodo.
Pero sí lleno de cosas no dichas.
Finalmente no pude más.
—¿Por qué estás así conmigo?
Fabio se detuvo.
Sin girarse.
—No estoy “así” contigo.
—Sí lo estás.
Silencio.
Cuando finalmente me miró, su expresión era firme.
Controlada.
—Estoy siendo profesional.
—Antes también eras profesional.
Él desvió la mirada un segundo.
—Antes no era lo mismo.
Aquello me confundió.
—¿Qué ha cambiado?
Fabio tardó en responder.
Y cuando lo hizo, su voz fue más baja.
—Las cosas se complican cuando la gente empieza a hablar.
—¿Y te importa lo que digan?
—Me importa lo que es correcto.
La frase me golpeó directo.
—¿Y qué es correcto, Fabio?
Silencio.
Largo.
Denso.
Luego dijo:
—Mantener límites.
El mundo pareció detenerse.
Límites.
Otra vez esa palabra.
Invisible.
Pero presente.
—¿Entre tú y yo?
Fabio no respondió de inmediato.
Y ese fue el peor tipo de respuesta.
—Sí —dijo finalmente.
Solo eso.
Un sí.
Corto.
Definitivo.
Sentí como si algo dentro de mí se hundiera.
No era solo tristeza.
Era confusión.
Era miedo.
Era una sensación extraña de pérdida… sin haber tenido nada oficialmente.
—Entiendo —mentí.
Fabio me miró.
Como si supiera que no era verdad.
Pero no dijo nada.
Esa noche salí de la cafetería con Mateo dormido en brazos.
La lluvia era más fuerte ahora.
El aire más frío.
Caminar se sentía más pesado de lo habitual.
Y mientras avanzaba, me di cuenta de algo doloroso.
La cafetería seguía ahí.
Fabio seguía ahí.
Pero algo había cambiado.
Algo invisible.
Como una pared que no se ve… pero se siente.
Y por primera vez desde que entré en ese lugar, me pregunté si el refugio que había encontrado… estaba empezando a desaparecer.
O peor aún.
Si nunca había sido mío realmente.
Solo un lugar donde alguien me había permitido quedarme… mientras no significara demasiado.
Más valiente 👏👏👏👏👏