La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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enfrentamiento
Mientras tanto, en la biblioteca...
Anna, aprovechando el caos, huyó del salón. Sus pulmones ardían y las lágrimas nublaban su vista. corrió por el jardín asta una barda baja para poder saltar, pero allí, entre las sombras de los árboles, estaba él.
Sebastián la esperaba. Había visto toda la escena con una mezcla de asco por su hermano y una satisfacción oscura que no podía explicar, el que su hermano embarazara a una mujer lo ayudaba a abrirse camino con Anna.
—Parece que el heredero perfecto no era tan perfecto, ¿verdad, Anna? Lo lamento mucho por qué me imagino que tú y tu mamá ya se hacían con mucho dinero en su bolsa.—dijo él, acercándose con paso lento a ella, mientras Anna brinco espantada, Pero sus ojos estaban puestos en ella y hace unos momentos en sus piernas que quedaron al descubierto mostrando un poco más mientras ella intentaba subir la barda.
—¡Cállate, Sebastián! —exclamó ella, golpeando su pecho con desesperación empujándolo—. ¡Solo quiero irme de aquí! ¡Todos son unos monstruos! Aquí, mira nada más lo que tú hizo tu hermano.
Sebastián la tomó de los brazos, pero esta vez no había desprecio. La adrenalina del escándalo y la visión de Anna rota hicieron que su control se hiciera añicos.
—No te vas a ninguna parte, Anna, yo te puedo pagar.—susurró él.
Sin darle tiempo a responder, la atrajo hacia sí y la besó. No fue el beso robado del club; fue un beso cargado de posesión, de rabia acumulada y de un deseo que ambos habían intentado negar. Anna, en medio de su dolor, le devolvió el beso con la misma intensidad, aferrándose a él como si fuera lo único real en ese infierno.
—¡Pero qué significa esto! —el grito de Lucrecia rasgó el aire.
La madre de Anna estaba en medio de los árboles, con los ojos desorbitados. Había seguido a su hija para recriminarle el escándalo de Lorenzo y se encontró con algo peor.
Lucrecia miró a Sebastián, luego a Anna, y una idea retorcida empezó a formarse en su mente. Lorenzo estaba arruinado socialmente por la mujer embarazada, pero el apellido Sáenz seguía siendo la salvación de su familia.
—Máximo, Romina, ¡vengan aquí ahora mismo! —llamó Lucrecia hacia el pasillo. Los padres de Sebastián llegaron en segundos, aún agitados por lo de Lorenzo—. Miren esto. Mi hija ha sido deshonrada por su hijo menor mientras el mayor nos humillaba frente a toda la ciudad.
Lucrecia se acercó a Máximo, señalando a Sebastián que aún mantenía a Anna contra la pared.
—Lorenzo tiene que casarse con esa mujer para salvar su honor —dijo Lucrecia con una frialdad aterradora—, pero mi hija no volverá a casa marcada por Sebastián. Máximo, si quieres que no hunda el nombre de tu familia en los tribunales por lo que tu hijo mayor le hizo a mi hija y lo que el menor está haciendo ahora...
exijo que Sebastián sea quien se case con Anna.
Sebastián soltó a Anna, mirando a Lucrecia con pura incredulidad.
—¿Qué? Yo no soy un objeto de cambio, de nadie señora.
( Sebastián)
—Lo serás —sentenció su padre, Máximo, mirando a Sebastián con una furia fría—. Lorenzo cumplirá con la madre de su hijo, y tú, Sebastián, te harás cargo del compromiso que tu hermano dejó caer. Te casarás con Anna este fin de semana ya todo estaba preparado. Es una orden.
Sebastián miró a Anna. Ella estaba pálida, temblando. Él acababa de obtener lo que quería en secreto, pero de la peor manera posible: como un castigo.
—Bien —dijo Sebastián, clavando sus ojos verdes en Anna con una oscuridad nueva—. Si quieren que sea el marido de esta "santa", lo seré. Pero prepárate, Anna... porque vivir conmigo no será el cuento de hadas que esperabas de mi hermano ni recibir una gran fortuna señora Lucrecia.
—Máximo, creo que es lo mejor para todos —intervino Romina, la madre de Sebastián, mirando con lástima a Anna—. Lorenzo debe responder por ese niño, pero no podemos dejar a Anna a la deriva después de lo que acabamos de ver. Sebastián... es hora de que sientes cabeza, ahora sí nos disculpan tenemos que arreglar otros asuntos.
Sebastián soltó una carcajada carente de humor. Se ajustó la camisa, mirando a su padre y luego a Lucrecia con un odio mal disimulado.
—Así que ahora soy el premio de consolación —escupió Sebastián, dando un paso hacia Anna, quien no se atrevía a levantar la vista del suelo—. ¿Escuchaste eso, Anna? Tu madre acaba de venderte dos veces en la misma noche. Y tú... —dijo señalando a Lucrecia—, no espere que abra mi billetera para sus caprichos. Si quería un yerno dócil, se equivocó de hermano.
— Yo no me voy a casar con nadie, no soy un juguete, madre por favor basta, no lo haré y no te equivoques conmigo Sebastián no soy un objeto para que alguien me venda.— dijo Anna llena de lágrimas.
— Cállate Anna, Sebastián acaba de manchar tu honra, ningún hombre respetable va a aceptar algo serio contigo, Pero si no quieres ahora mismo te llevaré con tu abuelo y comenzaré el juicio contra la familia Sáenz.— dijo Lucrecia
Sebastián observaba la escena con los brazos cruzados. Su desprecio por Lucrecia crecía por segundos, pero su orgullo seguía herido. Ver a Anna defenderse le causó una punzada de respeto que se apresuró a enterrar bajo su cinismo.
—Dices que no eres un objeto, Anna. Demuéstralo. Si no te quieres casar, corre ahora mismo. Yo no te voy a detener, es más, te abriré la puerta —dijo él con un desafío cruel—. Pero ambos sabemos que no lo harás.
Anna lo miró con un odio puro.
—No es miedo a la realidad, Sebastián. Es asco por personas como tú, que creen que todo se arregla con una firma o un cheque.
—Pues prepárate para el asco —replicó él, enderezándose—, porque a partir de mañana, mi firma será la que autorice cada respiro que des.
Mi padre ya dio la orden, y en esta familia, la palabra de Máximo Sáenz es ley.