Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 20
Isadora se despertó con el recuerdo del beso aún tibio en los labios.
No fue la memoria de un gesto impetuoso, ni de una noche fuera de control. Fue el recuerdo de algo elegido con calma. Y eso hacía toda la diferencia.
Se quedó algunos minutos acostada, mirando al techo, sintiendo su propio cuerpo despertar sin prisa. No había aquella urgencia típica del arrepentimiento. Ninguna necesidad de rever mentalmente lo que sucedió para decidir si había sido correcto o equivocado.
Había sido verdadero.
Se levantó y fue hasta la cocina. Miguel aún no estaba allí. El silencio de la casa no era vacío, apenas tranquilo. Isadora se sirvió café y se sentó a la mesa, observando la luz de la mañana llenar el ambiente.
Ella no sentía ansiedad.
Sentía responsabilidad emocional.
Cuando Miguel apareció, algunos minutos después, la mirada de ellos se encontró de forma inmediata. No hubo constreñimiento. No hubo fuga.
— Buenos días — dijo él.
— Buenos días.
El tono era el mismo de siempre, pero había algo nuevo en el aire. Una atención mayor. Un cuidado extra con las palabras.
— ¿Dormiste bien? — preguntó Miguel.
— Dormí — respondió ella. — ¿Y tú?
— También.
Se sentaron a la mesa, manteniendo una distancia confortable. No era retroceso. Era elección.
— Sobre ayer… — Miguel comenzó.
Isadora levantó la mano, suave.
— No necesitas pedir disculpas — dijo. — Ni explicar.
Él asintió.
— Solo quería dejar claro que nada cambió sin que tú quisieras.
Ella sostuvo la mirada de él.
— Nada cambió sin que tú también quisieras.
Hubo un silencio breve, casi cómplice.
— Eso significa que… — Miguel comenzó.
— Significa que vamos con calma — Isadora completó. — Como adultos que saben lo que quieren, pero no tienen prisa de atropellar el propio proceso.
Miguel sonrió levemente.
— Me gusta eso.
El día siguió con normalidad. Trabajo, reuniones, compromisos. Aún así, Isadora sentía algo diferente. No distracción. No euforia. Apenas una consciencia constante de que había alguien esperando al final del día — no por obligación, sino por elección.
A la noche, cuando volvió a casa, encontró a Miguel en la sala, hablando al teléfono. Él colgó así que la vio.
— Llegaste temprano — comentó.
— Un poco — respondió ella. — Pensé que… — vaciló. — Que podríamos cenar juntos.
Miguel asintió.
— Me gustaría.
Cocinaron juntos otra vez. Esta vez, los movimientos eran más cercanos, pero no había prisa. Un toque breve al pasar por detrás. Una sonrisa contenida. Nada que necesitase ser ampliado.
Durante la cena, conversaron sobre cosas simples. Un proyecto que Isadora estaba liderando. Un problema logístico que Miguel necesitaba resolver. La vida seguía aconteciendo alrededor de lo que comenzaba a nacer.
Después, se sentaron en el sofá.
No hubo beso inmediato. No hubo expectativa.
— ¿Te diste cuenta de que estamos actuando diferente? — preguntó Miguel.
— Me di cuenta — Isadora respondió. — Y me gusta eso.
— A mí también.
Él la encaró con atención sincera.
— No quiero repetir patrones — dijo. — Ni los míos, ni los tuyos.
— Ni yo — ella concordó. — Por eso no quiero promesas ahora. Quiero continuidad.
Miguel asintió.
— Entonces vamos a continuar.
Él extendió la mano, sin urgencia. Isadora aceptó.
El toque era simple. Pero cargado de intención.
Aquella noche, no hubo más que manos dadas y conversaciones bajas. Ninguna tentativa de avanzar más allá de lo que parecía confortable. Ninguna necesidad de probar nada.
Cuando se despidieron en el pasillo, Miguel paró por un instante.
— Buenas noches — dijo, más bajo de lo habitual.
— Buenas noches.
Él se inclinó y tocó la frente de ella con la propia, en un gesto breve, íntimo y sorprendentemente delicado.
Isadora cerró los ojos por un segundo.
— Hasta mañana — murmuró él.
— Hasta.
Al cerrar la puerta del cuarto, Isadora sintió algo que no sentía hacía mucho tiempo.
Confianza en el ritmo.
Ella no estaba corriendo detrás de nada.
No estaba siendo empujada.
No estaba intentando sujetar algo que pudiese escapar.
Ella estaba caminando al lado.
Del otro lado de la pared, Miguel se apoyó en la puerta del propio cuarto por algunos segundos antes de alejarse.
No sentía ansiedad.
No sentía control.
Sentía voluntad de cuidar de lo que estaba creciendo.
Y eso, para él, era novedad.
El beso no había sido el clímax.
Había sido el comienzo de algo que exigía presencia, paciencia y verdad.
Y ninguno de los dos estaba intentando llegar rápido de más a lugar alguno.
Ellos estaban llegando juntos.