🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra
La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.
Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.
Los Noctarys.
Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.
Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.
Una conexión imposible.
Un destino escrito mucho antes de que nacieran.
Pero la profecía es clara:
Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.
Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.
Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.
Y otras...
A destruirlo.
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Libro II – Capítulo 23: El Valle del Alba
El amanecer cubría el Reino de los Noctarys con una luz dorada.
Hacía mucho tiempo que el sol no brillaba de aquella manera.
Los campos volvían a llenarse de vida.
Los ríos corrían tranquilos.
Las antiguas cicatrices de la guerra comenzaban a desaparecer.
Pero Kael seguía sintiendo el mismo vacío.
Había pasado toda la noche sin dormir.
La voz que había escuchado junto al Árbol del Origen no abandonaba su mente.
"Encuéntrame..."
Aquella palabra parecía repetirse con cada latido de su corazón.
No sabía quién la había pronunciado.
No conocía ese rostro.
Ni siquiera estaba seguro de haberlo visto alguna vez.
Y, sin embargo...
Estaba dispuesto a recorrer el mundo entero para encontrar a aquella persona.
Muy temprano, Kael reunió al Primer Rey, a Elyon y a Aradia en el gran salón.
Sobre la mesa descansaba el mapa donde había aparecido un nuevo territorio.
El Valle del Alba.
Todos permanecían en silencio.
Finalmente Kael habló.
—Voy a ir.
El Primer Rey levantó la vista.
—¿Estás seguro?
—Nunca estuve tan seguro de algo.
Elyon observó el mapa.
—El camino será peligroso.
Nadie conoce esas tierras.
Existen criaturas que jamás han visto un Noctarys.
Bosques que cambian de lugar.
Montañas que desaparecen.
Ríos que alteran la memoria.
Kael sonrió.
—Después de todo lo que vivimos...
Eso ya no me asusta.
Aradia caminó lentamente hasta él.
Sacó de entre su túnica un pequeño colgante de cristal violeta.
En su interior brillaban dos pequeñas lunas.
—Llévalo contigo.
—¿Qué es?
—La última chispa del vínculo que unió dos almas.
Mientras conserve su brillo...
Sabrás que ella sigue viva.
Kael tomó el colgante con cuidado.
En cuanto lo sostuvo entre sus manos...
Una cálida energía recorrió todo su cuerpo.
Y durante apenas un segundo...
Escuchó una risa.
Una risa femenina.
Llena de alegría.
Después desapareció.
Ese mismo día comenzaron los preparativos.
Los soldados insistieron en acompañarlo.
Pero Kael se negó.
—Este viaje debo hacerlo solo.
No busco una batalla.
Busco respuestas.
El Primer Rey comprendió inmediatamente.
Había viajes que ningún ejército podía hacer.
Antes de partir, Kael caminó una vez más hasta el Árbol del Origen.
Apoyó su mano sobre el enorme tronco.
—Si realmente existe alguien esperándome...
Guíame hasta ella.
El árbol respondió.
Una hoja violeta cayó lentamente.
El viento la empujó hacia el este.
Exactamente en dirección al Valle del Alba.
Kael sonrió por primera vez en varios días.
Era suficiente.
Mientras tanto...
En el Valle del Alba...
La joven observaba el horizonte desde una pequeña colina.
La anciana la acompañaba en silencio.
Desde allí podían verse inmensos campos cubiertos por flores blancas.
Bosques de árboles plateados.
Y un lago tan cristalino que reflejaba las estrellas incluso de día.
Era un lugar hermoso.
Pero la joven seguía sintiéndose incompleta.
—¿Por qué tengo la sensación de estar esperando a alguien?
Preguntó.
La anciana sonrió.
—Porque lo estás esperando.
—¿Quién?
—Solo tu corazón conoce esa respuesta.
La joven bajó la mirada.
Entre sus manos sostenía la flor violeta que había encontrado el día anterior.
No se marchitaba.
Al contrario.
Brillaba un poco más con cada amanecer.
De repente...
El viento comenzó a soplar.
La flor desprendió un pequeño pétalo.
El pétalo giró alrededor de la joven.
Y una palabra volvió a aparecer en su mente.
Kael.
Esta vez no desapareció.
Permaneció allí.
Como una llama.
Como un recuerdo que luchaba por regresar.
—Kael...
Repitió en voz baja.
Las lágrimas comenzaron a caer.
No sabía quién era.
Pero estaba completamente segura de una cosa.
Lo amaba.
Y no entendía cómo podía amar a alguien cuyo rostro había olvidado.
Al caer la tarde...
Kael abandonó el reino.
Montaba un caballo negro de ojos plateados.
No llevaba un ejército.
Solo una espada.
El colgante de Aradia.
Y la esperanza de encontrar aquello que le faltaba.
El Primer Rey observó su partida desde la muralla.
Elyon permanecía a su lado.
—¿Crees que lo logrará?
Preguntó el anciano.
Elyon sonrió.
—No lo sé.
Pero el destino ya no decide por ellos.
Ahora son sus propios corazones quienes escriben la historia.
Tres días después...
Kael llegó al Bosque de los Ecos.
Un lugar del que hablaban las antiguas leyendas.
Decían que quienes entraban allí escuchaban las voces de las personas que más habían amado.
Muchos se volvían locos.
Otros jamás regresaban.
Kael respiró profundamente.
Y cruzó el bosque.
Al principio solo escuchó el canto de los pájaros.
Después el sonido del viento.
Y finalmente...
Aquella voz.
Suave.
Lejana.
—Kael...
El joven se detuvo de golpe.
Era la misma voz.
La misma que había escuchado junto al Árbol del Origen.
—¿Dónde estás?
Preguntó.
Nadie respondió.
Pero cientos de pequeñas luces violetas comenzaron a aparecer entre los árboles.
Formaban un camino.
Kael decidió seguirlas.
Durante horas caminó sin detenerse.
Hasta que el bosque terminó.
Frente a él apareció un inmenso valle cubierto de flores blancas.
En el centro brillaba un lago de aguas transparentes.
Y sobre una pequeña colina...
Había una joven de vestido blanco.
El viento movía suavemente su cabello oscuro.
Ella también levantó la cabeza.
Como si hubiera sentido su presencia.
Los dos quedaron inmóviles.
Demasiado lejos para verse con claridad.
Demasiado cerca para ignorar lo que sentían.
Ninguno recordaba el nombre del otro.
Pero ambos sintieron exactamente lo mismo.
Que después de una eternidad...
Habían encontrado el camino de regreso.
Continuará...