Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
NovelToon tiene autorización de andrea para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 13
Dos días después, descubrí que Modric tenía la lealtad de un consejero real y la discreción de un mercado de pueblo en día de feria.
—¿El flan? —La voz de Erick resonó por todo mi despacho, seguida de una carcajada tan estruendosa que estoy seguro de que se escuchó hasta los jardines—. ¿En serio confundiste "Cristember" con "flan"?
—No fue una confusión —respondí, sin levantar la vista de los documentos que fingía revisar con toda mi concentración—. Fue un lapsus momentáneo.
—Un lapsus —repitió Erick, secándose una lágrima de la risa—. Kael, llevas gobernando este reino cinco años. Has negociado tratados con media docena de naciones. Y de repente, frente a Modric, confundes un plan de guerra con un postre.
—Estaba distraído.
—Estabas pensando en Evelyn.
—Estaba pensando en estrategia militar.
—Estabas pensando en qué flores comprarle —corrigió Erick, con una sonrisa que se ensanchaba por segundos—. Modric me lo contó todo. Con lujo de detalle, debo añadir. Incluyendo la parte donde le preguntaste sobre collares.
Cerré los ojos un momento, calculando exactamente cuántas formas existían de castigar a un consejero por traición sin que pareciera del todo desproporcionado.
—Modric exagera.
—Modric tiene una memoria excelente, que es justo lo que necesito en este momento para disfrutar completamente de esta conversación.
—No hay nada que disfrutar.
—Kael —dijo Erick, sentándose frente a mi escritorio sin que nadie lo invitara, como solía hacer cada vez que sentía que tenía material suficiente para burlarse de mí durante horas—, le preguntaste a tu consejero de guerra sobre las flores favoritas de tu prometida en medio de una discusión sobre estrategia militar contra un reino enemigo. Eso no es "nada que disfrutar". Eso es prácticamente un regalo que me estás haciendo a mí personalmente.
—No fue así de dramático.
—Modric dijo que también mencionaste los collares.
—Fue una pregunta hipotética.
—¿Hipotética sobre qué? ¿Sobre si existiera una mujer ficticia a la que pudieras regalarle joyas? —Erick ladeó la cabeza, disfrutando claramente cada segundo de mi incomodidad—. Porque, hasta donde yo sé, solo tienes una prometida real, y resulta que es exactamente la misma persona sobre la que estabas pensando cuando confundiste Cristember con un postre.
—Esto es ridículo.
—Esto es maravilloso —corrigió él—. Llevo años esperando ver al gran Rey Kael Ravenscroft, el hombre que hace temblar a generales con una sola mirada, comportándose como un adolescente con su primer enamoramiento.
—No estoy enamorado.
La palabra salió de mi boca con más rapidez y más fuerza de la que pretendía, lo cual, sospeché de inmediato, solo logró confirmar exactamente lo contrario de lo que intentaba negar.
Erick me miró con una ceja levantada, sin decir nada, dejando que el silencio hiciera el trabajo que sus palabras no necesitaban hacer.
—No lo estoy —repetí, esta vez con un esfuerzo consciente por sonar más calmado—. Apenas la conozco. Lleva una semana en mi vida.
—Y ya le preguntaste a tu consejero qué flores le gustarían.
—Fue un momento de debilidad pasajera.
—Kael, los reyes no tienen "momentos de debilidad pasajera" sobre flores. Eso solo le pasa a la gente que está empezando a sentir algo que se niega rotundamente a admitir.
Me froté la sien, sintiendo que esa conversación se estaba alejando peligrosamente de cualquier dirección que yo pudiera controlar.
—Tengo asuntos de Estado de los que ocuparme —dije, intentando recuperar algo de autoridad sobre la situación—. No tengo tiempo para esto.
—Claro que sí —respondió Erick, completamente inmune a mis intentos de cambiar de tema—. Tienes tiempo de sobra, de hecho, considerando que aparentemente lo estás usando para pensar en collares y flores en lugar de en la guerra que se supone debes prevenir.
—Eso fue solo una vez.
—¿Solo una vez? —Erick se inclinó hacia adelante, con una sonrisa que ya empezaba a resultarme exasperante—. Modric mencionó que ayer también preguntaste, sin venir al caso, si el color azul era apropiado para un regalo. En medio de una reunión sobre impuestos.
Sentí que algo en mi pecho se tensaba de pura irritación, principalmente conmigo mismo por no haber logrado controlar mejor mis pensamientos en presencia de testigos.
—El azul es un color perfectamente neutral para preguntar sobre regalos —me defendí, aunque incluso para mí mismo la excusa sonaba débil.
—El azul es exactamente el color de los ojos de Evelyn —respondió Erick, sin piedad—. Y los dos lo sabemos.
No tuve una respuesta inmediata para eso, lo cual probablemente fue la confirmación más clara que pude haberle dado.
Erick se recostó en la silla, observándome con una expresión que mezclaba diversión genuina con algo más cercano al afecto fraternal, ese tipo de mirada que solo alguien que te conoce desde la infancia puede dirigirte sin que resulte completamente insoportable.
—Mira, Kael —dijo, finalmente bajando un poco el tono burlón—, no tiene nada de malo que te guste. Es lista, tiene carácter, y por lo que vi en el baile, es la única persona en este reino capaz de ponerte en tu lugar sin tenerte el más mínimo miedo. Eso, viniendo de mí, es prácticamente un cumplido hacia ella.
—No dije que me gustara.
—No necesitas decirlo. Llevas dos días distraído, confundiendo postres con planes de guerra, y preguntándole a tu consejero sobre flores y joyas. Eso ya lo dice todo por ti.
Me quedé en silencio, sin una respuesta que pudiera contradecir lo evidente sin sonar completamente ridículo en el proceso.
—Solo es... una distracción inesperada —dije finalmente, eligiendo cuidadosamente cada palabra—. Nada más.
—Claro —respondió Erick, con esa sonrisa que claramente no le creía ni una palabra—. Una distracción inesperada que confunde flan con estrategia militar y pregunta sobre el color azul en medio de reuniones de impuestos.
—Exactamente.
—Kael, hermano, te admiro profundamente, pero eres pésimo mintiendo, incluso a ti mismo.
No respondí, principalmente porque, en algún rincón terco de mi mente que me negaba a escuchar abiertamente, sabía que tenía razón.
Erick se levantó finalmente, dirigiéndose hacia la puerta con esa sonrisa satisfecha de quien sabe que acaba de ganar una conversación sin necesidad de esforzarse demasiado.
—Por cierto —dijo, deteniéndose en el marco de la puerta—, si decides finalmente comprarle algo a Evelyn, te recomendaría evitar los collares demasiado ostentosos. Por lo que vi en el baile, ella no parece ser de las que aprecian la exageración.
—No voy a comprarle nada.
—Claro que no —respondió él, con una risa que se llevó consigo hasta el pasillo, dejándome solo con mis documentos, mi orgullo herido, y la incómoda certeza de que esa intrusa de ojos azules había logrado, en apenas una semana, desestabilizar algo que llevaba años cuidadosamente bajo control.
Me quedé mirando los papeles sobre mi escritorio durante un largo rato, sin leer realmente ninguno de ellos.
Azul, pensé finalmente, completamente en contra de mi propia voluntad. Definitivamente azul.