Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1: Donde comienza el olvido
Dicen que cuando alguien muere encuentra paz.
Me pregunto quién inventó esa mentira.
Porque lo primero que siento al abrir los ojos no es paz.
Es una ausencia.
No duele como una herida. Duele como una palabra olvidada que permanece en la punta de la lengua sin llegar a pronunciarse nunca. Está ahí, escondida en algún rincón de mi pecho, recordándome que me falta algo... o alguien.
Respiro hondo.
El aire tiene un aroma extraño. Lluvia. Tierra húmeda. Flores blancas.
Ese olor debería ser insignificante.
Sin embargo, mi corazón se contrae con una fuerza absurda.
¿Por qué?
Cierro los ojos un instante, esperando que mi memoria haga el resto. Que aparezca una calle. Un rostro. Una voz llamándome por mi nombre.
Nada.
Solo oscuridad.
Es una oscuridad distinta. No es negra ni vacía. Es espesa. Como si alguien hubiera tomado toda mi vida y la hubiera cubierto con un velo que mis manos no consiguen apartar.
Abro los ojos de nuevo.
El techo es tan blanco que lastima.
Las paredes parecen esculpidas en piedra lisa, sin una sola grieta. Todo resulta demasiado perfecto para sentirse real. Ni siquiera el silencio se comporta como debería. Es profundo, casi reverente, como el de un templo abandonado.
Me incorporo despacio.
Tengo la sensación de haber despertado después de un sueño demasiado largo.
O quizá después de una vida.
No lo sé.
Ni siquiera sé quién soy.
La idea cae sobre mí con una lentitud aterradora.
¿Quién soy?
La pregunta parece sencilla.
No lo es.
Intento responderla y descubro que mi mente está vacía.
No recuerdo mi infancia.
No recuerdo el rostro de mis padres.
No recuerdo haber amado.
Ni haber reído.
Ni haber llorado.
Es como mirar una biblioteca inmensa donde todos los libros fueron arrancados de los estantes.
Solo queda el polvo.
Mis manos empiezan a temblar.
No por miedo.
Por desesperación.
Camino hasta un pequeño espejo apoyado sobre una mesa de madera clara.
La joven que me observa al otro lado del cristal parece tan confundida como yo.
Tiene el cabello oscuro cayendo sobre los hombros y unos ojos claros que esconden un cansancio imposible para alguien que acaba de despertar.
Levanto una mano.
Ella hace lo mismo.
Soy yo.
Supongo.
Porque incluso mi propio rostro me resulta desconocido.
Sobre la mesa hay una placa de metal.
La tomo.
Las letras están grabadas con una delicadeza casi ceremonial.
Nirvana Vaelith.
Las leo en silencio.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Mi pecho se oprime.
No recuerdo ese nombre.
Pero algo dentro de mí lo reconoce antes que mi mente.
Como si hubiera esperado siglos para volver a escucharlo.
Siglos.
La palabra aparece de la nada.
Y desaparece igual de rápido.
Una punzada atraviesa mi cabeza.
Entonces sucede.
Un destello.
Un jardín cubierto de flores blancas.
Una risa masculina.
Unas manos sujetando las mías con una ternura que me rompe el alma.
No consigo ver su rostro.
Solo escucho una voz.
—Siempre voy a encontrarte.
El recuerdo desaparece antes de que pueda alcanzarlo.
Retrocedo un paso.
Mi respiración se acelera.
No sé quién era.
No sé si realmente existió.
Pero la tristeza que deja atrás es tan real que tengo que apoyar una mano sobre mi pecho para asegurarme de que mi corazón sigue ahí.
Llaman a la puerta.
El sonido rompe el silencio como una piedra lanzada sobre un lago inmóvil.
Una mujer entra sin esperar respuesta.
Su cabello plateado cae hasta la cintura y sus ojos tienen la serenidad de quienes han visto demasiadas despedidas.
No sonríe.
Tampoco parece sorprendida de encontrarme despierta.
—Has despertado.
Su voz es suave.
Casi maternal.
—¿Dónde estoy?
Ella guarda silencio unos segundos.
Los suficientes para hacerme sentir que la respuesta cambiará mi vida.
—En el Purgatorio.
Mi estómago se contrae.
Conozco esa palabra.
No recuerdo de dónde.
Pero conozco su significado.
La miro esperando que sonría.
Que diga que es una broma.
No lo hace.
—¿Estoy... muerta?
Esta vez el silencio dura un poco más.
Y comprendo que hay respuestas que no necesitan pronunciarse.
Siento que el aire desaparece de la habitación.
Muerta.
La palabra rebota una y otra vez dentro de mi cabeza.
Muerta.
Entonces...
¿Dónde está mi vida?
¿Por qué no puedo recordarla?
¿Por qué siento que alguien sigue buscándome?
La angustia crece tan deprisa que apenas puedo respirar.
Aprieto los ojos.
Necesito recordar cualquier cosa.
Lo que sea.
Un nombre.
Una casa.
Un abrazo.
Un último adiós.
Pero lo único que encuentro es una sensación insoportable.
La de haber dejado atrás a alguien que significaba el mundo entero para mí.
Y no saber quién era.
Las lágrimas llegan antes que las respuestas.
No entiendo por qué lloro.
Solo sé que la tristeza no nace de esta habitación.
Es mucho más antigua.
Como si hubiera viajado conmigo incluso después de la muerte.
—Con el tiempo olvidarás —dice la mujer con una calma que me resulta cruel.
La miro de inmediato.
—No quiero olvidar.
Por primera vez, algo cambia en su expresión.
Compasión.
—Aquí nadie puede impedirlo.
Cuando sale de la habitación, el silencio vuelve a envolverlo todo.
Permanezco inmóvil.
No sé cuánto tiempo pasa.
Un minuto.
Una hora.
Tal vez más.
Entonces un aroma dulce invade el cuarto.
Bajo la mirada.
Hay una flor blanca sobre el suelo.
No estaba ahí.
Estoy segura.
La recojo con cuidado.
Sus pétalos están intactos, como si acabara de ser cortada.
Entre ellos descubro un pequeño trozo de papel doblado.
Mi pulso se acelera.
Lo abro.
Solo hay una frase escrita con una caligrafía elegante.
"Te encontré una vez. Lo haré de nuevo."
El aire abandona mis pulmones.
No sé quién escribió esas palabras.
No sé por qué, al leerlas, siento que mi corazón acaba de reconocer a alguien que mi memoria todavía se niega a recordar.
Pero, por primera vez desde que desperté...
Tengo la certeza de que, en algún lugar de este mundo, alguien nunca dejó de buscarme.