Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 3: El imán de una mirada
La música caribeña retumbaba en la playa, mezclándose con el sonido arrullador de las olas que rompían suavemente contra la orilla. El hotel había tirado la casa por la ventana para la fiesta de bienvenida: antorchas encendidas clavadas en la arena, barras de coctelería iluminadas con luces de neón y una pista de baile improvisada donde decenas de turistas se movían al ritmo del calor de la noche.
Maya se detuvo al inicio de la escalinata que bajaba a la arena, sintiendo una repentina oleada de timidez. Se ajustó los tirantes del vestido que Luli la había obligado a comprar: una prenda corta de seda color marfil que contrastaba con su piel y dejaba su espalda completamente al descubierto. Su cabello castaño caía en cascada sobre sus hombros, movido por la brisa marina.
—¡Por favor, May, no pongas esa cara de que vas a examinar un balance general! —le gritó Luli al oído para hacerse escuchar por encima de la música, mientras sostenía dos copas de cóctel frutales—. Toma esto, relaja los hombros y camina como la mujer hermosa que eres. ¡Hoy empieza nuestra semana!
Maya sonrió, aceptando la copa. Le dio un sorbo generoso al trago dulce y sintió cómo el alcohol le daba un agradable golpe de calidez en el pecho. Luli, sin perder un segundo, la tomó de la muñeca y la arrastró hacia el centro de la fiesta. En menos de diez minutos, su amiga ya estaba bailando y riendo con un grupo de jóvenes en la barra, contagiando a todos con su energía.
Maya, sin embargo, prefirió dar unos pasos hacia atrás, alejándose un poco del bullicio. Se descalzó, hundiendo los dedos en la arena fresca, y caminó hacia la orilla donde el agua apenas le rozaba los pies. Miró el horizonte oscuro, saboreando por primera vez en años la bendita sensación de no tener que rendirle cuentas a nadie. Ni llamadas exigentes de Camilo, ni correos urgentes de la oficina. Solo ella y el mar.
Fue en ese preciso instante cuando sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.
No fue por el viento de la noche, sino por la extraña e intensa sensación de estar siendo observada. Una pesadez magnética en el aire la obligó a girar la cabeza hacia la zona VIP del *lounge* del hotel, una terraza elevada y más privada que daba directamente a la playa.
Ahí estaba él.
Sentado en un sillón de cuero blanco, sosteniendo un vaso de whisky con hielos, un hombre contemplaba la fiesta con evidente aburrimiento. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado por el viento y la camisa negra de lino con los primeros botones desabrochados, dándole un aspecto peligrosamente atractivo. Pero lo que hizo que el corazón de Maya diera un vuelco violento fueron sus ojos. Incluso a la distancia y bajo la luz titilante de las antorchas, esos ojos relucían con un color miel intenso y felino.
Cuando las miradas de ambos se cruzaron, el hombre se congeló. El aburrimiento desapareció de su rostro en un segundo, siendo reemplazado por una fijeza desconcertante. No parpadeó. No desvió la vista. La miró con una fijeza tan demandante, tan cargada de una fascinación inmediata, que Maya sintió que las piernas le temblaban. Era una mirada posesiva, la mirada de alguien que acaba de encontrar algo que ni siquiera sabía que estaba buscando, pero que ahora que lo veía, no pensaba dejarlo ir.
Intimidada pero extrañamente atraída, Maya apartó los ojos y dio media vuelta, caminando a paso rápido de regreso hacia donde estaba Luli. Su corazón latía a mil por hora. "Es solo un extraño", se dijo, tratando de calmar la agitación en su pecho. "Un hombre guapo en la playa, nada más".
Intentó concentrarse en la conversación de su amiga, pero el calor en su nuca no desaparecía. Sabía que esos ojos miel la seguían a donde quiera que se moviera.
Unos veinte minutos después, la música cambió a un ritmo más lento y sensual. Luli se había alejado a la pista con uno de los chicos del grupo, dejando a Maya sola cerca de una de las barras secundarias. Ella aprovechó para pedir un vaso de agua, tratando de enfriar sus pensamientos.
—El agua es demasiado aburrida para una noche como esta, ¿no crees? —una voz grave, profunda y con un ligero matiz ronco resonó justo detrás de ella.
Maya se tensó por completo. Se dio la vuelta lentamente y se encontró de frente con el hombre de la terraza.
De cerca, el impacto era mil veces mayor. Era alto, de hombros anchos y una presencia tan imponente que parecía absorber todo el espacio a su alrededor. El aroma a su loción costosa, mezclado con el olor a tabaco fino y whisky, inundó los sentidos de Maya. Pero lo más demoledor era tener esos ojos miel a escasos centímetros de los suyos. Eran salvajes, oscuros en los bordes y brillantes en el centro.
—A veces un poco de sobriedad es necesaria para convencerse de que lo que estás viendo es real —respondió Maya, sorprendiéndose a sí misma por la audacia de sus palabras. La libertad de las vacaciones empezaba a hacer efecto en ella.
El hombre esbozó una sonrisa lenta, una curva ladina en sus labios que derretiría a cualquiera. Había algo intensamente magnético en su lenguaje corporal; se inclinó un poco hacia ella, invadiendo su espacio personal sin ningún pudor, demostrando desde el primer segundo esa personalidad avasalladora que la subyugaría por completo.
—Te aseguro que esto es muy real —dijo él, bajando la voz a un susurro que vibró directo en el oído de Maya—. Llevo media hora mirándote desde allá arriba. He visto a muchos hombres intentar acercarse a ti, y le agradezco a la suerte que hayas sido lo suficientemente fría para espantarlos antes de que yo tuviera que bajar a intervenir.
Maya abrió un poco los ojos, asombrada por el descaro y la posesividad de sus palabras.
—¿Intervenir? Ni siquiera me conoces.
—No necesito conocerte para saber que no quiero a nadie más cerca de ti esta noche —sentenció él, con una seguridad implacable que, en lugar de asustar a Maya, encendió una chispa de deseo prohibido en su interior. Él dio un paso más, quedando a milímetros de ella—. No me interesa de dónde vienes, ni qué dejas atrás. Propongo un trato para esta semana. Sin preguntas. Sin pasados. Sin nombres. Solo tú y yo. ¿Aceptas?
Maya miró esos ojos miel que la devoraban vivos, sintiendo que el piso desaparecía bajo sus pies. Camilo, la empresa, sus miedos... todo se borró. Frente a ella estaba el peligro personificado, el hombre que se obsesionaría con ella hasta las cenizas, y por primera vez en su vida, Maya decidió arrojarse al fuego.
—Acepto —susurró ella, sellando su destino.