Ocho años de un matrimonio helado, ocho años siendo el blanco del desprecio de Donato Santori, el temido Don de la Cosa Nostra. Para Fiorella, ser una Santori fue una condena en vida, culpada por su padre por la muerte de su madre y humillada por una hermana manipuladora, solo encontró en su esposo el eco del rechazo.
Donato la veía como una mujer frívola e histérica, cegado por las mentiras de Alessa, pero lo que nunca supo fue que el silencio de Fiorella escondía cicatrices profundas: el duelo por abortos misteriosos que él jamás presenció.
Ahora, el contrato llegó a su fin. ¿El motivo? La falta de un heredero. Libre de las cadenas, Fiorella desaparece para empezar de nuevo. Pero el destino guarda un secreto: no se fue sola. Cuando Donato por fin abre los ojos y decide que no puede vivir sin la mujer que descuidó, descubre que ella lleva en el vientre el futuro de la mafia. Él quiere su perdón, pero Fiorella solo quiere distancia del hombre que destrozó su corazón.
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Capítulo 14
El aire de Nueva York en invierno era cortante, pero para Fiorella, traía el olor de la libertad. Habían pasado tres meses desde que dejó Sicilia y la sombra de Donato Santori. Pasaba los días sumergida en los libros, estudiando para los exámenes de admisión. Quería hacer un doctorado y también estaba prestando consultoría estratégica para la automotriz de Oliver en su oficina.
Sin embargo, esa mañana, el café que tanto amaba parecía tener gusto a veneno. Fiorella estaba en su apartamento en el Upper East Side, revisando balances, cuando una ola de náuseas la golpeó con la fuerza de un tsunami. Corrió al baño, el estómago revolviéndose violentamente.
—Debe ser el estrés... —susurró para sí misma, limpiándose el rostro.
Pero, al mirarse en el espejo, vio una palidez que ya conocía. Su mente viajó inmediatamente a aquella última noche en Sicilia. El calor de Donato, la intensidad desesperada y las tres veces en que él la llenó sin protección.
Con las manos temblorosas, fue hasta la farmacia. Compró los tests y volvió. El silencio era ensordecedor mientras esperaba.
El resultado fue abrumador: Positivo. Según las cuentas, 12 semanas, tres meses de gestación. El bebé fue concebido en aquella despedida amarga.
Se sentó en el suelo de mármol, las lágrimas comenzando a caer. Por primera vez en ocho años, estaba embarazada sin el veneno de Renzo o el sabotaje del médico, pero la trombofilia no perdonaba. Sabía que necesitaba iniciar el protocolo de anticoagulantes inmediatamente; en el embarazo, su sangre era una amenaza para su propio hijo.
Fiorella guardó el secreto bajo siete llaves. No llamó a sus padres y mucho menos a Donato. Sabía que, si el Don descubriera que ella cargaba a su heredero, él atravesaría el Atlántico para encerrarla en una jaula de oro.
Ella misma buscó un médico fuera del círculo de la mafia y comenzó las aplicaciones diarias de las inyecciones. Escondía la barriga bajo ropas anchas y mantenía la rutina técnica en la automotriz. Sería un fantasma hasta el fin, o al menos lo intentaría, mientras el heredero Santori crecía en su vientre, ajeno a la guerra que su existencia causaría.
Sicilia continuaba soleada, pero para Donato Santori, el mundo había perdido el color desde que Fiorella cruzó el portón. El Don que antes comandaba con mano de hierro ahora luchaba solo para mantenerse en pie.
La mansión Santori estaba sumergida en un silencio pesado por la mañana. Lucia intentó mantener la rutina, preparando el café de su hijo y colocando la taza sobre la mesa con una mirada de pena.
—Deja eso, mamma —dijo Donato, con la voz ronca—. Yo mismo lo hago.
Ya no aceptaba ser servido de esa forma. Él mismo pasó a cuidar de su ropa y de su café, un hábito solitario que lo forzaba a encarar el vacío que Fiorella dejó. Massimo, lo observaba desde el rincón de la sala, viendo la tristeza profunda en los ojos de su nieto. El viejo sabía que el castigo de Donato no era la pérdida del poder, sino la conciencia tardía del amor que él negligenció.
En la Santori Constructora, el clima era de tensión por los corredores. Los funcionarios susurraban, preguntando dónde estaría la elegante esposa del jefe. El silencio de Donato sobre el asunto solo alimentaba los chismes. Sin Fiorella para organizar su agenda personal, él fue obligado a contratar una nueva secretaria.
Eletra, una joven ambiciosa, intentaba de todo para llamar su atención. Entraba en la sala con escotes generosos y miradas cargadas de lujuria, pero Donato ni siquiera levantaba los ojos de los balances. La alianza de oro aún brillaba en su dedo anular, y el pedido de divorcio continuaba guardado en el cajón, sin su firma.
Así se pasaron casi cinco meses desde la partida de ella.
Donato estaba en su oficina en casa, tarde de la noche, cuando el celular vibró. El nombre en la pantalla lo hizo despertar del trance: Oliver Underwood.
—Underwood? —Donato atendió rápidamente—. ¿Qué sucedió? ¿Es sobre Melissa?
El tono de Oliver del otro lado de la línea era diferente. No era la furia ciega de meses atrás, sino una seriedad que Donato no conseguía descifrar.
—Habrá una cena importante en mi casa mañana, Donato —dijo Oliver, directo.
—Oliver, ¿de qué estás hablando? ¿Por qué me llamarías para una cena en medio de la madrugada? ¿Qué está sucediendo?
Hubo una pausa larga del otro lado. El sonido de la respiración de Oliver era pesado.
—Solo ven, es importante. No te llamaría si no fuese necesario para el futuro de nuestras familias.
Donato apagó el aparato, sintiendo un escalofrío que no venía del aire acondicionado. Se levantó, preparó una maleta de mano con gestos mecánicos y ordenó que su jet fuese preparado para la primera hora de la mañana.
No imaginaba, pero aquel viaje no era sobre negocios o sobre la traición de su hermana. Aquel viaje cambiaría su vida.
El ambiente en la mansión Underwood estaba cargado de una energía que Donato no esperaba. Al entrar en la inmensa sala de jantar, él sintió el peso de alianzas poderosas. La Familia Sokolov estaba presente en peso; sus tíos, Elena y Viktor, mantenían la postura implacable de siempre, mientras sus primos Aleksei, Yuri e Ygor observaban la movimentación con la atención de predadores.
El clima, sin embargo, tenía un toque de vida que contrastaba con el vacío en el pecho de Donato. Sophia, hermana de Oliver, exhibía el vientre voluminoso de la recta final de la gestación al lado del marido, Mike. Hasta mismo Sarah, la amiga próxima de la familia, cargaba el fruto de Aleksei; Donato vio al primo brincar, con una ternura rara, sobre la vida que crecía dentro de ella.
Los padres de Oliver, Gregory y Emma, completaban el círculo de autoridad. Donato saludó a todos mecánicamente. Él estaba allí solo en cuerpo; su alma, sus pensamientos y su aliento aún pertenecían a la esposa que él, tarde demais, aprendiera a amar.
El silencio cayó sobre la sala cuando Oliver surgió en la cima de la escalera. A su lado, una mujer idosa, de semblante humilde, mas olhar resiliente, cargaba un casal de gemelos en los brazos.
—La encontré finalmente —dijo Oliver, y por primera vez en meses, había una luz de redención en su rostro—. Esta es la Tía Dulce. Fue ella quien salvó la vida de mi esposa. Ella la sacó del río y cuidó de ella cuando el mundo pensó que ella estaba muerta.
Donato se trabó, el corazón disparando.
—Y estos —continuó Oliver, aproximándose de la mujer idosa con un orgullo que transbordaba— son mis hijos Oliver y Oliva.
La revelación de que Mila estaba viva y que Oliver ahora era padre de gemelos atingió a Donato como una lufada de esperanza y, simultáneamente, de dolor. Él vio la alegría de aquella familia reconstruyéndose y sintió el peso del propio silencio. Él quería la felicidad de Oliver, pero la visión de aquellas crianças despertó el fantasma de todo lo que él había perdido con Fiorella.
Él miró para la alianza en su dedo, y sintió una puntada de envidia legítima de la felicidad del amigo. Donato quería alegrarse por Mila, quería celebrar el milagro de los gemelos, pero la ausencia de su esposa era un buraco negro que engullía cualquier otro sentimiento.
Oliver miró para Donato en el medio de la multidão él vio el estado del Don de Sicilia la palidez, la mirada perdida, la mano que no largaba el anillo.
—Donato —Oliver llamó, afastando-se por un momento de la celebración—. Yo sé que tú estás muerto por dentro. Yo estuve allá yo pasé seis meses cavando el fondo del pozo.
Donato apenas movió la cabeza, sin conseguir hablar él no esperaba que nadie lo estuviese esperando. Él vino por deber, por lealtad a Oliver, pero ahora todo lo que él quería era un rincón oscuro para procesar el dolor de ver lo que el amor y la verdad podían construir, mientras él solo sabía destruir.
La cena siguió con el sonido de risas y brindes al fondo, pero para Donato, era como si hubiese una redoma de vidrio separándolo de aquella felicidad. El contraste era torturante mientras Aleksei besaba a Sarah y Oliver no quitaba los ojos de Mila, Donato sentía que cada latido de su corazón era un lembrete de lo que él no tenía más.
Las lágrimas vinieron silenciosas, escorrendo por el rostro endurecido. Él las enxugó rápido, un reflexo del hombre que nunca podía demonstrar flaqueza, pero el peso permanecía esmagrador. Él se afastó de la mesa principal, sentando-se en una poltrona más afastada, cerca de la lareira que estalava, ajeno al lujo a su alrededor.
Oliver, percibiendo la soledad de él, dejó Mila por un momento y se aproximó despacio, sentando en la poltrona al lado.
—Donato... ¿tú estás bien? —preguntó Oliver, la voz baja, despida de la autoridad de Don.
Donato sonrió amargo, el copo de uísque aún intocado en su mano trêmula.
—No, Underwood no estoy —confesó él, la voz ronca, saliendo como un desabafo preso hace meses—. Verte con Mila... con los hijos... me mostró lo que yo jugué fuera.
Oliver asintió, la mirada comprensiva de quien también ya estuvo en el infierno.
—Fiorella? —preguntó Oliver, aunque ya supiese la respuesta.
Donato bajó la cabeza, las lágrimas volviendo, más pesadas ahora que la guarda estaba baja.
—Yo la perdí por burrice por orgullo yo amaba ella... siempre amé. Mas nunca mostré, los abortos... ella sufrió sola. Yo priorizaba todo menos ella yo era el marido que debería protegerla, y acabé siendo el carrasco de ella. Ahora el contrato acabó, ella fue aunque y yo... yo quedé con el vacío.
Él miró para la lareira, la voz fallando mientras las chamas danzaban delante de sus ojos.
—Yo merezco esto yo sé que merezco mas duele cara, Oliver. Duele saber que el mejor de mí fue aunque porque yo no fui hombre o suficiente para valorar lo que tenía cuando ella estaba a mi lado.
Oliver apretó el hombro de él con fuerza, un gesto de fraternidad entre dos hombres marcados por el dolor.
—Nunca es tarde, Donato lute por ella, yo atravesé el infierno por Mila tú también puedes.
Donato sonrió triste, mirando para la alianza que aún teimava en usar.
—Tal vez, mas y si ella no quiere más? Y si el ódio de ella es mayor que cualquier cosa que yo pueda ofrecer?
La tristeza de Donato era profunda el Don poderoso reducido a un hombre arrepentido, el corazón quebrado por la pérdida que él mismo causó. La noche siguió, la familia celebrando el milagro de Mila y la vida que brotaba en Sarah y Sophia, mas Donato permaneció en el rincón, cargando el peso de lo que perdió, sin imaginar que, a pocos kilómetros de allí, la respuesta para todas sus preces estaba luchando para mantener un secreto que cambiaría todo.