Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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El inicio del anonimato
El sonido metálico de la puerta de la mansión al cerrarse a sus espaldas resonó en su pecho como el golpe de una sentencia final. Ya no había vuelta atrás. Con una pequeña maleta que apenas pesaba en sus manos, pero con el alma cargada de un dolor insoportable, caminó sin mirar atrás. Sus pasos eran lentos, arrastrados por el frío cortante de una mañana gris que parecía vestirse de luto para acompañar su despedida.
Al llegar a la estación de autobuses, el bullicio de la gente, las maletas rodando y los gritos de los choferes anunciando destinos le parecieron lejanos, como si estuviera metida dentro de una burbuja de cristal. Compró un boleto para el lugar más lejano que el dinero en su bolsillo le permitía; una ciudad gris, distante, donde nadie supiera su nombre, donde su pasado no fuera más que una sombra borrosa.
Subió al autobús y se sentó junto a la ventana. Cuando el vehículo encendió el motor y comenzó a avanzar, apoyó la frente contra el vidrio frío. Las lágrimas, que había intentado contener con todas sus fuerzas, finalmente rodaron libres por sus mejillas, empañando el cristal. Vio cómo la opulenta ciudad que una vez llamó hogar se iba encogiendo a lo lejos, desapareciendo entre la neblina de la carretera.
Con cada kilómetro que el autobús avanzaba, una parte de su antiguo ser se quedaba atrás. Apagar el teléfono celular había sido el paso definitivo: significaba romper los hilos con el mundo, silenciar las voces de reclamo, los lamentos y las preguntas que ya no tenían respuesta. Ahora era nadie. Un rostro más entre la multitud de desconocidos que viajaban buscando un destino.
Las horas transcurrieron en un silencio sepulcral dentro de su mente. Los errores del pasado se proyectaban en sus pensamientos como una película de terror interminable. ¿Cómo había llegado a eso? La culpa era un monstruo silencioso que le apretaba la garganta y le impedía respirar con normalidad. "Esta es mi condena", se repetía a sí misma en un susurro apenas audible, mientras apretaba las manos sobre sus rodillas. "Vivir en el olvido es el precio que debo pagar".
Cuando la tarde comenzó a caer y el cielo se tiñó de un violeta oscuro, el autobús finalmente se detuvo en la terminal de su nuevo destino. Al bajar, el aire olía a humo, a lluvia reciente y a asfalto desconocido. La ciudad era enorme, ruidosa y abrumadora. La gente caminaba deprisa, empujándose unos a otros, completamente absortos en sus propias vidas. Nadie la miró. Nadie se detuvo a notar sus ojos hinchados ni su andar herido. El anonimato la abrazó de inmediato, tal como lo había planeado, pero en lugar de alivio, sintió un vacío abismal en el estómago.
Caminó por calles estrechas buscando un lugar barato donde pasar la noche, hasta que encontró una pequeña pensión de fachada desgastada. El dueño, un hombre mayor de pocas palabras, apenas levantó la vista para entregarle la llave de una habitación en el tercer piso.
Al entrar al cuarto, se topó con un espacio frío y minimalista: una cama pequeña, una mesa de madera crujiente y una ventana que daba a un callejón oscuro. Dejó la maleta en el suelo, se sentó en el borde de la cama y abrazó sus propias piernas. El silencio de la habitación era denso, interrumpido únicamente por el goteo constante de una tubería lejana y el ruido de los autos afuera.
Fue en ese instante de absoluta soledad cuando el peso real de sus decisiones cayó sobre el con la fuerza de un derrumbe. Ya no había sirvientes, ya no había lujos, ya no quedaba nadie que la protegiera o la juzgara.
Estaba completamente solo con sus fantasmas. Se acostó de lado, encogiéndose en posición fetal sobre la fría sábana, sabiendo que la noche apenas comenzaba y que el verdadero castigo no era el lugar donde estaba, sino el eco de su propia conciencia, que nunca dejaría de recordarle lo que había perdido.