Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16: El territorio del perdón
El silencio en el callejón de Queens era tan pesado que se sentía en los pulmones. Damián estaba ahí, parado frente a mí, con esa elegancia peligrosa que siempre lo había definido, pero con una grieta en la armadura que nunca antes le había visto. Sus ojos, esos mismos ojos que daban órdenes de muerte sin pestañear, estaban fijos en Eithan como si temiera que el niño fuera un espejismo que desaparecería si dejaba de mirarlo.
—Damián, andate. Por favor —dije, tratando de que mi voz no temblara mientras acomodaba a mi hijo en mis brazos. El pequeño me miraba confundido, aferrándose a mi cuello—. Ya escuchaste a tu madre. Necesito aire. Necesito pensar.
—No me pidas que me mueva, Alessandra. No cuando acabo de encontrar lo que no sabía que estaba buscando —su voz era un gruñido bajo, pero esta vez no había amenaza, solo una desesperación cruda—. Me hablás de tres años de silencio... ¿Tenés idea de lo que es despertar en una clínica clandestina, con las piernas destrozadas, preguntando por vos y que me digan que te habías ido con el dinero de mis cuentas?
—¡Porque me mandaste a la mierda en un mensaje! —le grité, olvidándome por un segundo de que los vecinos podían estar escuchando—. ¡Me dijiste que me deshiciera de él! ¿Qué esperabas? ¿Que me quedara a esperar que tu padre terminara el trabajo de matarme mientras vos estabas "postrado" por tu orgullo?
Elena, la madre de Damián, puso una mano en el hombro de su hijo.
—Damián, basta. La estás asustando a ella y al niño. Vámonos al hotel y dejala respirar. Ya sabemos dónde está.
Damián sacudió el brazo de su madre con brusquedad, pero no se movió hacia mí. Se quedó a una distancia prudencial, como un animal que sabe que si se acerca demasiado, la presa va a saltar al vacío.
—No me voy a ir de Nueva York sin ustedes —sentenció, y esa era la vieja arrogancia de los Smirnov volviendo a la superficie—. Mañana voy a enviar un coche para que los lleve a un lugar seguro. Este departamento es una ratonera, Alessandra. Cualquiera puede entrar. Si tu padre sigue buscándote...
—Mi padre está viejo y solo, Damián. Ya no le tengo miedo a él. Te tengo miedo a vos —lo corté en seco, recogiendo mi maleta del suelo con una mano mientras sostenía a Eithan con la otra—. Y no quiero tus coches, ni tu seguridad, ni tu dinero manchado. He vivido tres años sin vos y nos ha ido muy bien. No necesito que vengas a "rescatarnos" ahora para limpiar tu conciencia.
Eithan soltó un pequeño bostezo y me miró con sus ojos cansados.
—¿Mami, ya nos vamos en el avión? —preguntó con su vocecita inocente.
El rostro de Damián se contrajo de dolor al escuchar la voz de su hijo por primera vez. Fue como si le hubieran dado un golpe directo al estómago. Se quedó mudo, con la mandíbula apretada tanto que creí que se le romperían los dientes.
—No, amor. Nos quedamos en casa un poquito más —le respondí, besándole la frente.
Miré a Elena, ignorando por completo la presencia dominante de Damián.
—Señora, valoro que haya venido. De verdad. Si quiere conocer a su nieto de verdad, en un ambiente que no sea un callejón mugriento, llámeme mañana. Pero sola. Sin él.
Elena asintió con una sonrisa triste.
—Te entiendo, querida. Mañana hablamos.
Damián dio un paso al frente, con los puños cerrados.
—¡Es mi hijo, Alessandra! ¡Tengo derecho!
Me giré hacia él, con el fuego de la rabia volviendo a encenderse en mis venas.
—¿Derecho? Perdiste tus derechos cuando escribiste ese mensaje. Perdiste tus derechos cada noche que no estuviste cuando él lloraba de hambre. Los derechos se ganan, Damián. Y vos ahora mismo estás en deuda. Bastante que no llamo a la policía para que te saquen de mi propiedad.
—Intentá llamarlos —desafió él, recuperando por un segundo ese tono de patrón de la mafia—. Sabés que soy dueño de media ciudad.
—Y vos sabés que no me importa una mierda quién seas dueño —le respondí, acercándome a él hasta que nuestras narices casi se tocaron—. Ya te lo dije antes y te lo repito: tengo dos huevos y son los huevos que te faltaron a vos. Si querés guerra, vas a tener guerra. Pero si querés conocer a este nene, vas a tener que aprender a pedir perdón de rodillas.
Damián se quedó estupefacto. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a desafiarlo de esa manera, y mucho menos una mujer que él consideraba su "propiedad". Pero yo ya no era la nena del vestido verde esmeralda. El asfalto de Nueva York me había endurecido la piel.
Entré al edificio y cerré la puerta con llave, escuchando el estruendo del motor del coche de Damián arrancando con furia en la calle. Sabía que no se había ido para siempre. Sabía que esto era solo el comienzo de un asedio.
Subí las escaleras, acosté a Eithan de nuevo y me senté en la cocina, con las luces apagadas. Miré mis manos; estaban temblando. El encuentro con Elena me había dejado descolocada. ¿Damián realmente estuvo herido? ¿Realmente no sabía que el niño había nacido? Una parte de mí quería creerle, quería pensar que el hombre al que amé no era un monstruo total. Pero otra parte, la que había pasado hambre y frío, me gritaba que tuviera cuidado.
El teléfono sobre la mesa vibró. No era Elena. Era un número privado.
Mensaje: "No voy a dejar que nos vuelvan a separar. Ni tu orgullo, ni el mío. Descansá, Alessandra. Mañana empieza nuestra nueva vida, te guste o no. D."
Arrojé el teléfono contra el sofá. No quería su nueva vida. Quería paz. Pero sabía que con los Smirnov, la paz solo se conseguía a través del fuego.
Esa noche no dormí. Me quedé vigilando la ventana, viendo las sombras de los hombres de Damián que, estaba segura, ya estaban apostados en las esquinas de mi cuadra. Me sentía protegida, pero también atrapada. Era la misma jaula de oro de hace tres años, solo que ahora la jaula abarcaba toda la ciudad de Nueva York.
Mañana vería a Elena. Mañana decidiría si dejaba entrar a la familia de mi hijo a nuestro mundo. Pero una cosa tenía clara: si Damián creía que iba a entrar en mi casa y mandar como si fuera su feudo, estaba muy equivocado. En este departamento, la única reina era yo, y el único rey era un niño de tres años que todavía no sabía que su papá era el diablo.