En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
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Capítulo 13: ¿amor o hambre?
Habían pasado varios meses desde que llegué al pueblo.
El invierno seguía cubriendo los tejados.
Pero ya no me parecía el mismo invierno.
Antes era sinónimo de castigos.
De sangre.
De soledad.
Ahora significaba chimeneas encendidas.
Chocolate caliente.
Y caminar junto a Rose por las calles del pueblo.
Era curioso cómo un mismo paisaje podía cambiar tanto.
O quizás...
El que había cambiado era yo.
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Aquella mañana salimos temprano para comprar algunas cosas.
Rose caminaba delante de mí con una pequeña cesta entre los brazos.
Yo la seguía unos pasos atrás.
Observando todo.
Aún seguía descubriendo cosas nuevas casi todos los días.
De pronto ella se detuvo.
Giró hacia mí.
—Leon.
—¿Sí?
Sin decir una palabra, tomó mi mano.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Después continuó caminando.
Yo tardé unos segundos en reaccionar.
Miré nuestras manos unidas.
Luego la miré a ella.
Rose simplemente seguía caminando mientras saludaba a las personas del pueblo.
—¡Buenos días!
—Buenos días, Rose.
—Qué frío hace hoy.
—Sí, pero el cielo está bonito.
Todo parecía completamente normal.
Excepto para mí.
Porque mi atención estaba concentrada en un solo lugar.
En nuestras manos.
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No era la primera vez que lo hacía.
De hecho...
Llevaba meses haciéndolo.
Cuando cruzábamos la calle.
Cuando caminábamos entre mucha gente.
Cuando el camino estaba resbaladizo.
Siempre terminaba sujetando mi mano.
Al principio pensé que era porque tenía miedo.
Después pensé que era para que yo no me perdiera.
Luego imaginé otras explicaciones.
Pero ninguna terminaba de convencerme.
"¿Será algo que hacen todas las personas?"
Miré a mi alrededor.
Vi a una madre sujetando la mano de su hijo.
Vi a dos hermanos caminando juntos.
Vi a un anciano ayudando a su esposa.
Todos parecían hacerlo con naturalidad.
Entonces...
¿Por qué cuando Rose lo hacía conmigo sentía algo diferente?
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Mientras caminábamos recordé una conversación que había escuchado días atrás.
Los gemelos hablaban sobre un libro.
—Eso es porque está enamorado.
—Sí, mamá dice que el amor hace sentir cosquillas en el estómago.
En ese momento no les presté demasiada atención.
Pero ahora aquellas palabras regresaban una y otra vez.
"Cosquillas en el estómago..."
Bajé la mirada.
Precisamente eso era lo que estaba sintiendo.
Aunque...
También tenía hambre.
Quizás solo era eso.
Sí.
Probablemente era hambre.
Era una explicación mucho más sencilla.
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—Leon.
La voz de Rose me sacó de mis pensamientos.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Llevas cinco minutos mirando el suelo.
—Estaba pensando.
Ella sonrió.
—Eso ya lo imaginaba.
—¿Pienso demasiado?
Rose soltó una pequeña risa.
—Muchísimo.
—¿Eso es malo?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Solo significa que a veces te olvidas de mirar lo que tienes enfrente.
Levanté la vista.
Ella seguía sonriendo.
Y nuevamente apareció aquella extraña sensación en mi estómago.
Definitivamente...
Necesitaba comer algo.
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Después de hacer las compras nos sentamos en una pequeña banca de madera.
El pueblo estaba tranquilo.
Algunos niños jugaban cerca de la plaza.
Un perro corría detrás de una pelota.
El humo salía lentamente de las chimeneas.
Todo parecía en paz.
Rose abrió una pequeña bolsa de pan.
Sacó un trozo.
Lo partió por la mitad.
Y me ofreció una parte.
—Toma.
La acepté.
Di un pequeño bocado.
Esperé unos segundos.
Luego volví a concentrarme en mi estómago.
Las cosquillas seguían allí.
Fruncí el ceño.
Rose inclinó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Creo que no era hambre.
Ella me observó confundida.
—¿De qué hablas?
Negué rápidamente.
—Nada.
Era demasiado difícil de explicar.
Sobre todo porque ni yo mismo lo entendía.
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Aquella tarde regresaron a casa.
Los gemelos comenzaron otra de sus discusiones absurdas.
—¡Tú rompiste mi juguete!
—¡Ya estaba roto!
—¡Mentiroso!
La madre soltó un suspiro divertido.
El padre dejó el periódico sobre la mesa.
—Los dos vienen conmigo.
Ambos bajaron la cabeza al mismo tiempo.
Rose comenzó a reír.
Yo también.
Aquella escena ya me resultaba familiar.
Y eso me hizo sonreír sin darme cuenta.
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Más tarde ayudé al padre de Rose a cortar leña.
Era un hombre de pocas palabras.
Pero siempre hablaba cuando era necesario.
Mientras acomodábamos los troncos, me observó de reojo.
—Te ves diferente.
Levanté la vista.
—¿Diferente?
Asintió.
—Cuando llegaste casi nunca levantabas la cabeza.
No respondí.
—Ahora sonríes más.
Me quedé pensando.
¿Sonreía más?
No me había dado cuenta.
—Es gracias a ustedes.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
El hombre permaneció en silencio unos segundos.
Luego apoyó una mano sobre mi hombro.
—No.
Negué confundido.
Él sonrió.
—Es gracias a ti.
Porque decidiste confiar.
Aquellas palabras permanecieron conmigo durante el resto del día.
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Esa noche compartí nuevamente la habitación con Rose.
Ella ya estaba acomodándose bajo las mantas.
—Buenas noches, Leon.
—Buenas noches.
Apagó la lámpara.
La habitación quedó iluminada únicamente por la luz de la luna.
Permanecí despierto.
Como de costumbre.
Mirando el techo.
Entonces escuché su voz.
Muy bajita.
—Leon.
—¿Sí?
—Me alegra que estés aquí.
Giré lentamente la cabeza.
Ella tenía los ojos cerrados.
Ya casi estaba dormida.
Probablemente ni siquiera era consciente de que había hablado.
Después de unos segundos volvió a quedarse completamente en silencio.
Yo permanecí inmóvil.
Sintiendo otra vez aquellas extrañas cosquillas en el estómago.
No podían ser hambre.
Acababa de cenar.
Entonces...
¿Qué eran?
Cerré los ojos.
Recordando aquella palabra.
Amor.
No sabía exactamente qué significaba.
No sabía si aquello tenía algo que ver.
Solo sabía una cosa.
Cuando Rose sonreía...
El mundo parecía un lugar menos frío.
Y por primera vez desde que nací, deseé que ese sentimiento nunca desapareciera.
Aunque todavía no supiera cómo llamarlo.