Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 8 HOGAR Y RISAS
La camioneta apenas se detuvo frente al portón y yo ya tenía la puerta abierta, salté al suelo sin esperar a que apagara el motor y corrí hacia la entrada. El jardín olía a las flores que mamá cuida con tanta dedicación, y al cruzar el umbral de la puerta principal sentí que el pecho se me desahogaba por completo: por fin estaba en mi casa.
En la sala, sentada junto a mamá en el sofá grande, estaba Rosa. Al verme entrar se puso de pie despacio, y yo recorrí los últimos metros en dos zancadas para rodearla con mis brazos con toda la fuerza que me permitió el miedo a hacerle daño. Me hundí la cara en su hombro, y el aire se me llenó de su olor familiar: a jabón suave y la crema que usa para la piel.
—Rosa… hace tanto que no te abrazaba —le dije con la voz rota, apretándola muy suave pero sin querer soltarla—. Cuánto te extrañé.
Ella me devolvió el abrazo con las manos temblorosas en mi espalda, y sentí cómo se apoyaba en mí para no perder el equilibrio.
—Yo también te extrañé cada segundo, hermana —susurró.
Detrás de nosotros entraron papá y los chicos, las voces bajas y el ruido de las maletas al dejar el suelo llenando el espacio. Me separé un poco de ella para saludar a mamá, que se acercó para darme un beso en la frente y me miró con esos ojos que siempre parecían ver todo lo que llevaba dentro. Entonces su mirada se desvió hacia los cuatro que estaban de pie junto a la puerta, y abrió los ojos un poco más, llevándose una mano a la boca.
—¡Vaya! —exclamó, y soltó una risa suave—. No me digas que todos son así de altos.
Tenía razón: mamá medía un metro setenta y cinco, papá un metro setenta y siete, y aunque no éramos personas bajas, al lado de ellos parecíamos de estatura muy común. Yo, con mi metro sesenta y siete, todavía esperaba estirarme un poco más, pero estaba segura de que nunca llegaría a rozar las cabezas de mis amigos.
Nuestra casa era inmensa, construida para respirar: techos altos que hacían que todo se sintiera amplio y luminoso, muros claros y grandes ventanales por donde entraba el sol todo el día. Teníamos de todo: la habitación de Rosa, la mía, la de nuestros padres y tres cuartos más que ahora estaban vacíos; además de una sala de cine pequeña, una cocina enorme con ventanal al patio, una alberca con el agua todavía tranquila bajo el sol, un patio con pasto verde y una zona bajo el viejo roble del jardín donde nos sentábamos a platicar de niñas.
—Mamá, te presento —dije, señalando uno por uno—: Enrique, Agustín, Adrián y Tim. Son mis compañeros en la academia y las mejores personas que he conocido allá.
—Mucho gusto a todos —dijo ella, extendiendo la mano con una sonrisa cálida—. Soy Claudia, la mamá de estas dos locas.
Cada uno le estrechó la mano con respeto, mirándola a los ojos y agradeciendo la bienvenida. Luego me giré hacia mi hermana, y el corazón se me apretó de ternura al verla. Rosa era muy delgada, su piel era blanca como la nieve y sus ojos eran del mismo café oscuro que los míos, pero más grandes y brillantes, como si guardara toda la luz del mundo dentro de ellos. Llevaba su ropa cómoda de siempre, y junto a ella tenía el tanque de oxígeno portátil, con el tubo transparente que le ayudaba a respirar.
—Y ella es mi hermana, Rosa —terminé de presentar.
—Mucho gusto —dijeron ellos casi al mismo tiempo, con voz muy suave, como si no quisieran asustarla.
Llegó el turno de Adrián, que dio un paso adelante y se inclinó un poco para quedar más a su altura, aunque seguía siendo mucho más alto que ella.
—Hola, Rosa —le dijo con esa voz dulce que solo usaba con ella—. ¿Cómo has estado?
—Hola —respondió ella, y soltó una risa pequeña mientras levantaba la vista hasta su cara—. Estoy muy bien, gracias. Y tú… eres muy alto, ¿verdad?
Adrián se rió, y se le cerraron los ojos de la alegría.
—Me lo dicen siempre —admitió—, pero no te preocupes, no te voy a dejar sola en ningún momento.
Todos nos reímos, y yo dije:
—Bueno, vamos a desempacar. Recuerden que hay tres habitaciones libres en este piso, así que apúrense si quieren escoger la suya.
En cuanto terminé de hablar, los cuatro se miraron entre sí, y en un segundo salieron corriendo hacia las escaleras, riendo y empujándose suavemente por llegar primero. Sacudí la cabeza riendo, y me quedé un momento abajo con papá y Tim, que se había quedado parado junto a mí sin moverse un paso.
—¿Y tú no vas? —le preguntó papá, soltando una risa—. Parece que no ganaste ninguna carrera, muchacho.
Tim se encogió de hombros, sonriendo.
—No importa, señor Abraham. Me quedo donde haya lugar.
—Pues claro que hay lugar —le dije, tomándole la mano—. Puedes quedarte conmigo.
Papá arqueó una ceja y nos miró a los dos, luego sonrió y negó con la cabeza.
—¿Ah sí? ¿Y dónde van a dormir los dos? No quiero que se acomoden mal.
—Papá, recuerda que mi cuarto tiene dos pisos —le recordé riendo, y le di un ligero tirón de la mano a Tim para que me siguiera—. Ven, te enseño.
Subimos juntos y entré a mi habitación, un espacio que olía a mí, a libros y a las flores secas que guardo en un frasco. La cama principal estaba en el piso de abajo, y justo encima de ella, el techo se abría como una escotilla oculta: había una plataforma pequeña con una cama individual, y encima de todo, un techo de vidrio transparente por donde se veían las estrellas cuando el cielo estaba despejado. Desde abajo casi no se notaba, parecía solo un techo alto y liso.
—Mira —le señalé—. Tú duermes aquí abajo, en mi cama, y yo subo allá arriba. Así estamos los dos cómodos sin estorbarnos. Y en esa esquina está el baño propio para que te bañes sin problemas.
Tim miró todo con los ojos muy abiertos, y luego sonrió de verdad, esa sonrisa que le iluminaba la cara entera.
—Es el lugar más bonito que he visto —dijo—. Gracias, Camila.
Mientras ellos se acomodaban y se iban a bañar, yo fui al cuarto de Rosa para usar su baño. Cuando terminé y bajé de nuevo, la casa ya se llenaba de olores deliciosos: mamá había preparado la comida, el plato que más nos gusta: pechuga empanizada crujiente por fuera y tierna por dentro, con arroz blanco bien sazonado y ensalada fresca.
Tim y Enrique ya estaban sentados en la sala, platicando bajito, y Agustín y Adrián todavía no bajaban. Me acerqué a mi hermana.
—Rosa, por favor ¿les dices a Agustín y a Adrián que ya bajen a comer? —le pedí.
Ella asintió, y con mucho cuidado se quitó el tubo del respirador y dejó el tanque apoyado en la pared. Enrique se quedó mirándola con atención, y en cuanto ella se alejó hacia las escaleras se acercó a mí y me preguntó muy bajito, con tono de preocupación:
—Camila, ven un momento… ¿es seguro que ella se lo quite? Pensé que siempre tenía que llevarlo puesto.
—Claro que sí —le expliqué en voz baja, para que nadie más se preocupara—. Lo usa porque sus pulmones están muy pesados y le cuesta mucho trabajo respirar sola, pero el médico dice que puede pasar hasta una hora sin él, siempre que esté tranquila y no haga esfuerzos. Lo hace a veces para sentirse más cómoda.
—Ah, disculpa —dijo él, aliviado—, no tenía ni idea. Me dio miedo de que le hiciera daño.
En ese momento mamá salió de la cocina secándose las manos en el delantal, y nos miró a todos con una mezcla de ilusión y nervios.
—Oigan chicos —dijo riendo—, tengo que confesarles algo: me da un poco de miedo que prueben mi comida. Ustedes son alumnos de la academia de cocina más prestigiosa del mundo, seguro están acostumbrados a platos muy elaborados, y esto es solo comida casera.
—¡Mamá! —exclamé, dándole un abrazo fuerte—. No digas eso. Tu comida es la mejor del mundo, mucho mejor que cualquier cosa que nos hayan enseñado allá. Ya verás cómo les encanta.