"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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La confesión del doctor Arellano
En la cafetería frente al supermercado, allí se encontraban ahora Thalia y Mariana tras aceptar la invitación de la esposa del doctor Arellano a compartir una taza de té.
—Gracias por tomarse el tiempo de acompañarme —dijo Elena mientras esperaban los pedidos, abriendo la conversación.
—De nada, tía —respondieron Thalia y Mariana casi al unísono.
—Por cierto, Thalia, ¿cómo está Santi? Seguro ya subió bastante de peso y está más grandecito que la última vez que lo vi en el hospital —el recuerdo del rostro de Santi hizo que Elena esbozara una sonrisa amplia.
Thalia asintió, confirmando lo que Elena decía sobre el estado actual de su hijo.
La charla ligera entre ellas continuó hasta que Thalia cayó en cuenta de que llevaba casi una hora lejos de su bebé.
Se despidió de la esposa del doctor Arellano.
—Ya nos vamos, tía. Pobre Santi, llevamos mucho rato fuera —dijo Thalia antes de levantarse.
—Claro, querida. Perdón por quitarles su tiempo —respondió Elena.
—Para nada, tía. Yo personalmente estoy muy contenta de haberla conocido al fin —admitió Thalia.
Tras despedirse de la esposa del doctor Arellano, Thalia y Mariana salieron de la cafetería rumbo al estacionamiento, donde don Julián las esperaba.
*
*
Aquella tarde Rodrigo regresó temprano a casa, pues a las cinco llegaría el avión que traía a su familia.
—¡Buenas tardes! —saludó al entrar.
—Buenas tardes, señor. Bienvenido —respondió doña Inés.
—Ya llegó el señor.
—Sí, doña Inés —contestó Rodrigo.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó mientras se dirigía a la sala.
—La señora está cocinando en la cocina, señor.
Rodrigo caminó hacia la cocina. Al llegar al pasillo que conectaba el comedor con la cocina, pudo ver a Thalia de espaldas, concentrada frente a la sartén con una espátula en la mano. Llevaba el cabello largo recogido en un moño alto que dejaba al descubierto su cuello blanco y esbelto.
Se recargó en la pared que separaba el comedor de la cocina y contempló la espalda de su esposa mientras cocinaba.
—Seño... —doña Aurora se calló cuando Rodrigo le hizo una seña, llevándose el índice a los labios. Él siguió acercándose a Thalia, mientras doña Aurora retomó sus labores, disponiendo los platillos de Thalia sobre la mesa del comedor.
—¡Doña Aurora, páseme un tazón, por favor!
Rodrigo buscó el tazón que Thalia pedía. Sin decir nada, lo encontró y se lo dio. Thalia vertió en él los camarones en salsa picante que acababa de preparar.
—Huele delicioso... A Rodrigo le va a encantar, doña Aurora... —murmuró Thalia sin haberse percatado de la presencia de su esposo.
Rodrigo sonrió complacido al enterarse de que su esposa había preparado especialmente su platillo favorito; sintió como si miles de mariposas revolotearan a su alrededor.
Thalia se sobresaltó al sentir un par de manos grandes rodeándole la cintura. Por reflejo, golpeó aquellas manos con la palma abierta, produciendo un sonido seco y fuerte.
—¡Ay! ¡Me dolió, mi amor! —al escuchar la voz de su marido, Thalia se dio la vuelta de inmediato y el abrazo de Rodrigo se deshizo.
—¡Rodrigo!
—Perdón, amor, pensé que era otra persona. ¿Perdóname, sí? ¿Te dolió mucho? —preguntó Thalia sintiéndose culpable. Creyó que Rodrigo de verdad sentía dolor por el golpe de sus dedos delgados, cuando en realidad el golpe no le había dolido en absoluto; estaba fingiendo.
Thalia examinó el dorso de la mano de su esposo buscando algún moretón, mientras Rodrigo aprovechaba para contemplar el rostro hermoso de ella, tan preocupada por su mano.
—Perdóname, amor, fue un reflejo. Pensé que era alguien abrazándome así nada más —el semblante de Thalia se entristeció por la culpa.
Al verla así, Rodrigo contuvo una sonrisa y dijo:
—¿Y quién se atrevería a abrazarte aparte de mí, eh?
—Pues sí, ¿verdad? —dijo Thalia rascándose la frente. Al parecer, su brillante cerebro acababa de recuperar su funcionamiento.
Thalia hizo un puchero al ver que Rodrigo sonreía, una sonrisa que a sus ojos parecía una burla.
—Amor...
—Mmm —Rodrigo apenas emitió un sonido, pues tenía la boca ocupada probando los camarones en salsa que su esposa había preparado.
—Hoy en el supermercado nos encontramos por casualidad con la esposa del doctor Arellano —le contó Thalia. Rodrigo desvió de inmediato la mirada hacia ella, pero no la interrumpió ni la acosó a preguntas, sabiendo que quería seguir hablando.
—Nos invitó a Mariana y a mí a tomar un té en la cafetería de enfrente del supermercado. No nos quedamos mucho rato porque me daba pena dejar solo a Santi tanto tiempo.
—La tía Elena resultó ser una persona buenísima, ¿verdad, amor? —comentó Thalia tras terminar de contar su encuentro con la esposa del doctor Arellano.
Rodrigo asintió, de acuerdo con su esposa.
—Por supuesto, mi amor. La prueba es que estuvo dispuesta a donar su sangre para salvarte.
¿Tía Elena?, repitió Rodrigo para sus adentros. Que Thalia la llamara así daba a entender que entre ellas ya empezaba a forjarse un vínculo cercano. Si era así, Rodrigo se alegraba.
—Cuando termines de cocinar, ve a descansar a la habitación. Doña Inés se encargará de lo demás.
Rodrigo le dio un beso rápido en la coronilla.
—Voy a bañarme, ya me muero de calor —se despidió, y Thalia asintió.
—Doña Inés, puede bajar, yo me quedo con Santi —dijo Rodrigo al llegar al cuarto.
—Sí, señor.
—Ah, y por favor dígale a don Julián que vaya al aeropuerto a recoger a mi mamá y a Adrián.
—Entendido, señor. Con permiso —dijo doña Inés antes de retirarse.
Rodrigo se sentó al borde de la cama. En realidad, aquella mañana no había asistido a ninguna reunión como le dijo a su esposa; lo que hizo fue reunirse con el doctor Arellano en un restaurante. Los recuerdos de la conversación con el padre biológico de Thalia volvieron a su mente.
Flashback.
—Buenos días, señor Rodrigo —saludó el doctor Arellano al llegar al restaurante.
—Buenos días, doctor. ¡Tome asiento, por favor! —Rodrigo se puso de pie brevemente para recibirlo, y enseguida ambos se sentaron.
—Disculpe, señor Rodrigo, si no es indiscreción, ¿para qué me citó aquí? —siendo honesto, desde la noche anterior el doctor Arellano moría de curiosidad por conocer el motivo de aquel encuentro.
Sin rodeos, Rodrigo fue directo al grano.
—¿Es cierto que usted es el padre biológico de mi esposa? —tenía en sus manos las pruebas suficientes, proporcionadas por Federico, pero quería escuchar la confirmación de boca del propio interesado.
El corazón del doctor Arellano dio un vuelco.
—¿Cómo se enteró? —en lugar de responder, le devolvió la pregunta.
—Creo que usted me conoce lo suficiente, y sabe bien que obtener información sobre alguien no es algo difícil para mí —dijo Rodrigo con calma.
¿Cómo pudo olvidarlo? El doctor Arellano exhaló un suspiro pesado.
—Como usted dice, Thalia es nuestra hija biológica, secuestrada hace varias décadas. No sabemos quién fue el autor del secuestro; hasta el día de hoy no hemos podido averiguarlo, y en su momento las autoridades tampoco lograron esclarecer el caso —el recuerdo de aquel día, el más terrible de su vida, hizo que los ojos del hombre se llenaran de lágrimas.
—Pero después de tanto tiempo, Dios finalmente escuchó mis plegarias. Justo cuando empezaba a resignarme, Él la puso en mi camino. Aquel día, una mujer embarazada en condiciones preocupantes resultó ser mi hija.
—Al ver el lunar peculiar en el vientre de Thalia y conocer su tipo de sangre, algo en mí, un instinto, me dijo que ella era mi hija perdida. Y así fue: la prueba de ADN confirmó que Thalia es mi hija biológica.
Como padre de un hijo propio, Rodrigo comprendió en carne propia el dolor y el sufrimiento que el doctor Arellano había cargado todos aquellos años al perder a su hija.
—¿Su esposa sabe de todo esto? —preguntó Rodrigo.
El doctor Arellano negó con la cabeza.
—Todavía no. Hasta este momento no se lo he dicho a nadie, ni siquiera a mi esposa —aquella confesión volvió a sorprender a Rodrigo—. ¡Le pido por favor que guarde el secreto hasta que llegue el momento adecuado! —suplicó el doctor con expresión esperanzada.
Rodrigo asintió, aceptando la petición.
—Pero si en algún momento necesita mi ayuda, no dude en decírmelo —ofreció.
Rodrigo seguía tratándolo con la misma formalidad de siempre. No era por falta de respeto, sino porque toda aquella realidad le parecía un sueño y él mismo se sentía incómodo sin saber cómo comportarse.