Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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LA PROMESA DE UN PRINCIPE
En la corte imperial de Valtheria, las promesas tenían un valor extraño.
Algunas nacían del corazón.
Otras nacían de la ambición.
Y existían aquellas que eran pronunciadas con tanta perfección que incluso una persona inteligente podía confundirlas con sinceridad.
Alana Storm todavía no conocía la diferencia.
Para ella, una promesa era algo sagrado.
Una palabra dada significaba compromiso.
Una mirada significaba interés.
Un gesto amable significaba afecto.
Así había sido educada por sus padres.
Adrian Storm le había enseñado que el honor era la base de todo verdadero poder.
Seraphina le había enseñado que la bondad era una fuerza que pocos poseían.
Pero ninguno de los dos había podido enseñarle una lección que solo la experiencia podía revelar:
No todos los corazones funcionaban con los mismos principios.
Después de la elección del Dragón Celestial, la posición de Aurelio dentro de la corte había cambiado.
Ya no era el futuro emperador.
Pero seguía siendo el primer príncipe imperial.
Su apellido continuaba teniendo peso.
Su presencia seguía atrayendo atención.
Y, sobre todo, seguía poseyendo una cualidad que Maximiliano nunca había buscado tener:
La capacidad de hacer que todos a su alrededor se sintieran importantes.
Aurelio sabía escuchar.
Sabía sonreír.
Sabía decir exactamente aquello que una persona deseaba oír.
Era un talento que había perfeccionado durante años.
Y Alana era una de las personas que más fácilmente caían ante aquella habilidad.
No porque fuera ingenua.
Sino porque deseaba creer.
El anuncio llegó una mañana de primavera.
La Casa Storm recibió una invitación privada del Palacio Celestial.
No era extraño que las grandes familias fueran convocadas.
Pero aquella vez era diferente.
El mensaje estaba dirigido personalmente a Alana.
La joven leyó la carta varias veces antes de poder ocultar la emoción en su rostro.
Su madre, Seraphina, observó el brillo en sus ojos.
—Parece que recibiste una noticia importante.
Alana dobló cuidadosamente el papel.
—El príncipe Aurelio desea hablar conmigo.
Adrian, que se encontraba revisando documentos en su despacho, levantó la mirada.
Su expresión permaneció seria.
—¿A solas?
Alana asintió.
El duque guardó silencio.
Su esposa lo observó de reojo.
Ambos entendían algo que su hija todavía no.
En la nobleza, una invitación privada rara vez era simplemente una conversación.
El día del encuentro, Alana llegó al Palacio Celestial acompañada por Lady Elira.
La joven dama de compañía había estado junto a ella durante años y conocía perfectamente la forma en que Alana cambiaba cuando se trataba del príncipe.
—Está nerviosa.
Comentó Elira mientras caminaban por los jardines.
Alana negó rápidamente.
—No lo estoy.
La joven sonrió.
—Señorita, acaba de arreglar su cabello tres veces antes de salir del carruaje.
Alana se quedó en silencio.
Después desvió la mirada.
—Tal vez un poco.
Elira no pudo evitar reír.
Para ella, Alana seguía siendo la misma niña que años atrás corría por los jardines del Castillo Storm.
Solo que ahora llevaba vestidos elegantes y toda la nobleza observaba cada uno de sus movimientos.
El jardín privado donde Aurelio la esperaba era uno de los lugares más hermosos del palacio.
Flores mágicas flotaban suavemente sobre los senderos.
Pequeños cristales iluminaban las fuentes.
El ambiente parecía creado para una historia de amor.
Cuando Alana llegó, el príncipe estaba junto a un árbol antiguo.
Al verla, sonrió.
—Lady Alana.
Ella hizo una reverencia.
—Alteza.
Aurelio se acercó.
—Me alegra que haya aceptado venir.
—Siempre es un honor recibir una invitación suya.
Él la observó durante unos segundos.
—¿Siempre habla conmigo de esta manera tan formal?
Alana parpadeó sorprendida.
—¿Disculpe?
Aurelio sonrió.
—Cuando estamos solos, puede llamarme Aurelio.
El corazón de Alana dio un pequeño salto.
Era un detalle sencillo.
Pero para ella significaba mucho.
—Entonces... Aurelio.
Pronunció su nombre con cuidado.
El príncipe sonrió satisfecho.
Caminaron durante largo tiempo.
Hablaron sobre sus familias.
Sobre el Imperio.
Sobre sus sueños.
Aurelio le preguntó qué cambiaría si algún día tuviera influencia suficiente.
Alana pensó durante unos segundos.
—Me gustaría que los nobles recordaran que gobernar no significa estar por encima de los demás.
El príncipe la observó.
—¿Y qué significa entonces?
Ella sonrió.
—Significa tener la responsabilidad de protegerlos.
Por un instante, Aurelio pareció realmente impresionado.
Porque aquella respuesta no era la que esperaba.
Muchas damas hablaban de riquezas.
De títulos.
De prestigio.
Pero Alana hablaba de responsabilidad.
Y eso la hacía más valiosa.
Sin embargo, había una diferencia entre valorar algo y amarlo.
Una diferencia que Alana todavía no comprendía.
Aurelio admiraba muchas cosas de ella.
Su inteligencia.
Su belleza.
Su apellido.
Su forma de pensar.
Pero una parte de él siempre analizaba cómo cada relación podía beneficiarlo.
La Casa Storm era poderosa.
Una unión con Alana significaría estabilidad.
Un apoyo que podría fortalecer su posición dentro de la familia imperial.
Y aunque sus sentimientos no eran completamente falsos...
Tampoco eran completamente puros.
Mientras tanto, en otra parte del palacio, Maximiliano observaba unos documentos políticos cuando recibió un informe.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿La Casa Valtier?
El consejero asintió.
—Lady Isabella Valtier se ha acercado mucho a Lady Storm.
Maximiliano dejó el documento sobre la mesa.
—¿Con qué intención?
—No parece haber nada sospechoso.
El príncipe permaneció callado.
Ese era precisamente el problema.
Las personas más peligrosas rara vez dejaban rastros evidentes.
El Dragón de la Corona apareció detrás de él.
—Desconfías.
Dijo la criatura.
—Observo.
Corrigió Maximiliano.
El Dragón pareció divertido.
—Esa es la palabra que usas cuando no quieres admitir que estás preocupado.
Maximiliano ignoró el comentario.
—Alana confía demasiado rápido.
—No.
Respondió el Dragón.
—Alana confía porque todavía cree que los demás poseen la misma bondad que ella.
Aquellas palabras hicieron que Maximiliano guardara silencio.
Porque sabía que era verdad.
Esa noche, después de regresar al Castillo Storm, Alana recibió una pequeña caja.
Dentro había un delicado collar con un cristal azul.
Una nota acompañaba el regalo.
"Para recordar que incluso la tormenta más fuerte puede encontrar un lugar donde descansar."
No llevaba firma.
Pero Alana supo inmediatamente quién lo había enviado.
Aurelio.
Sostuvo el collar entre sus manos mientras sonreía.
Sin saber que, en otro lugar del palacio, una mujer observaba una copia de aquella misma joya.
Isabella.
Ella había visto suficiente.
Había comprendido algo importante.
Aurelio estaba interesado en Alana.
Y Alana estaba completamente entregada a esa ilusión.
Una sonrisa apareció en su rostro.
No era una sonrisa de odio.
Era una sonrisa de alguien que acababa de encontrar la pieza más importante del tablero.
En el Castillo Storm, mientras todos dormían, el Grifo de la Tempestad abrió los ojos desde su antiguo santuario.
La criatura sintió algo que no había sentido en años.
Una energía desconocida.
Una amenaza acercándose.
Y por primera vez desde el nacimiento de Alana, sus alas comenzaron a moverse.
Porque incluso los Guardianes podían sentir cuando una tormenta diferente estaba por llegar.
Una tormenta que no venía del cielo.
Sino del corazón de los hombres.
la union hace la fuerza