Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 12 UN CAMBIO QUE NADIE ESPERABA
Conduje hacia el hospital con mucho más cuidado de lo habitual, pero el dolor iba creciendo a cada minuto, como si dentro de mi cabeza algo estuviera latiendo con tanta fuerza que amenazaba con romperse. Sentía una presión inmensa, punzadas que iban desde la nuca hasta la frente, y poco a poco la visión se me nublaba un poco, como si tuviera una neblina ante los ojos. Mientras intentaba mantener el control del coche, tomé el teléfono y marqué a mis padres, hablando con dificultad por el dolor:
—Papá… mamá… me duele muchísimo la cabeza, nunca me había pasado algo así. Voy directo al hospital, no sé qué me pasa.
—¡Tranquila, hija, no conduzcas rápido! —me respondió mi papá con voz llena de preocupación—. Salimos de inmediato para encontrarnos allá, no te muevas de donde sea necesario, ¿me oyes?
Cuando por fin llegué a la entrada principal del centro médico, apenas logré estacionar el coche y bajar. Di unos pasos hacia la puerta, pero el dolor se volvió insoportable, sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, perdí la fuerza en las piernas y, antes de poder pedir ayuda, todo se oscureció de golpe y caí al suelo, desmayándome en plena entrada.
Cuando abrí los ojos de nuevo, lo primero que sentí fue una sensación de pesadez en todo el cuerpo y un sabor un poco amargo en la boca. Parpadeé varias veces hasta que logré enfocar la vista: estaba acostada en una cama amplia, en una habitación privada, muy luminosa y tranquila, con cortinas blancas y todo muy ordenado. A mi lado, sentados en sillas, estaban mis padres; mi mamá tenía los ojos llorosos y me miraba con ternura, mientras mi papá tenía la mano apoyada en mi brazo, con una expresión de alivio pero también de preocupación. Tenía una vía puesta en el antebrazo, conectada a una bolsa de suero que colgaba del soporte de la cama.
—¡Gracias a Dios ya despiertas, hija! —me dijo mi mamá con voz temblorosa, tomándome la mano con suavidad—. Llegaste muy mal, entraste desmayada, los enfermeros te trajeron de inmediato.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —pregunté con voz débil, todavía sintiendo un ligero dolor, pero mucho más leve que antes.
—Unas dos horas —respondió mi papá, acariciándome el cabello—. Ya avisamos al doctor Ruiz, tu médico de siempre, viene en camino para revisarte y explicarnos qué pasó.
Pasaron unos minutos más y la puerta se abrió. Entró el doctor Ruiz, un hombre de mediana edad, de mirada tranquila y voz muy serena, quien me había atendido desde que era niña y conocía perfectamente mi condición especial. Traía sus notas en la mano y al verme despierto sonrió con amabilidad.
—Buenas tardes, Melissa. ¿Cómo te sientes ahora? Ya pasó lo más fuerte, ¿verdad? —me preguntó acercándose a la cama y tomándome el pulso con calma.
—Me duele un poco todavía, pero mucho menos que antes —le respondí—. Solo recuerdo llegar con un dolor horrible y de ahí ya no sé nada.
El doctor se sentó al borde de la cama, miró primero a mis padres y luego se volvió hacia mí con una expresión entre sorpresa y alegría, como si acabara de descubrir algo increíble. Se quitó las gafas, se frotó los ojos y me habló con total claridad:
—Escúchame bien, porque lo que voy a decirte puede sonar extraño, y yo mismo estoy muy sorprendido de verlo en ti. Ese dolor tan fuerte que sentiste no es ninguna enfermedad nueva, ni infección, ni nada que te haga daño en el mal sentido. El dolor se produjo porque tu cerebro acaba de cambiar, Melissa.
Me quedé mirándolo sin entender, frunciendo el ceño con confusión. Mis padres también se quedaron en silencio, esperando que explicara mejor.
—Te lo pondré de una forma sencilla para que todos lo comprendan —continuó él con paciencia—. Imagina esto: supongamos que una persona llamada A conoce a otra llamada B. A lo largo de tu vida, tu condición ha hecho que A no sienta nada por nadie: ni agrado, ni desagrado, ni interés, ni rechazo. Es decir, para ti todo y todos eran iguales, no había emoción que se activara en tu mente. Pero ahora… Melissa, A conoció a B, y ese encuentro ha generado por primera vez en tu vida una reacción, una emoción real que antes no podías sentir. Esa sensación nueva, que tu cerebro no conocía, llegó de golpe y provocó esa presión y ese dolor tan intenso. Es como si una puerta que estaba cerrada desde que naciste acabara de abrirse de golpe.
Se inclinó un poco hacia adelante y agregó con entusiasmo:
—Pero hay algo más importante: si logramos identificar quién es esa persona B, podremos explorar esa nueva conexión, desbloquear todo lo que tu mente ha guardado sin poder usar, y por fin podrás sentir y vivir todo lo que los demás experimentan: el cariño, la felicidad, el amor, la emoción… todo eso que antes te parecía algo lejano e imposible. Nunca en toda mi carrera había visto este cambio tan claro en alguien con tu condición. Estoy realmente feliz por ti, Melissa, es un paso enorme.
Me quedé mirando al techo unos instantes, procesando cada palabra, y luego volví a mirar al doctor con una duda muy grande:
—Pero… ¿y si A conoce a B y también a C? ¿Cómo voy a saber cuál de los dos es realmente el que ha provocado este cambio? Porque he tratado con varias personas estos días, no sé cuál es la causa.
El doctor soltó una risa suave, comprendiendo mi confusión, y me respondió con total seguridad:
—Es muy sencillo: quien te provocó ese dolor fuerte, esa reacción nueva, es la persona correcta. Y hay una forma de comprobarlo: acércate a esa persona, pasa tiempo con ella, observa qué pasa en tu cuerpo y en tu mente. Si al estar cerca de ella vuelves a sentir esa sensación, aunque sea más leve, entonces tendrás la respuesta clara. No tengas miedo, no te hará daño; al principio es como aprender a usar un músculo que nunca habías movido, pero después todo se irá sintiendo natural.
Una vez que terminó de explicarnos todo, el doctor nos aseguró que no corría ningún peligro, que solo debía descansar y estar atenta a lo que sentía. Me dieron el alta unas horas después, y mis padres insistieron en acompañarme hasta mi departamento para quedarse conmigo esos días libres que tenía, tal como me habían dicho en la reunión.
Durante esos tres días, mis padres se quedaron en casa, ocupando las habitaciones de huéspedes. Mi mamá cocinaba comidas ligeras y sanas, revisaba que tomara mis medicamentos y se aseguraba de que descansara lo suficiente, siempre hablándome con calma para que no me agobiara. Mi papá revisaba todo en el departamento, me ayudaba a organizar mis cosas y pasábamos ratos sentados en la sala, mirando las luces de la ciudad o platicando de todo menos del trabajo, para que mi mente estuviera tranquila.
Yo aproveché esos días para pensar mucho en lo que me había dicho el médico: ¿quién era esa persona? ¿Era Jovany, con quien había pasado la tarde tan tranquila? ¿O era Ian, con quien había tenido tantos choques, miradas intensas y situaciones tensas? No tenía la respuesta todavía, pero sabía que cuando volviera al trabajo el lunes, tendría la oportunidad de descubrirlo por mí misma, acercándome y observando qué pasaba dentro de mí.
Esa duda se quedó dando vueltas en mi cabeza, pero al mismo tiempo sentía algo nuevo: por primera vez en mi vida, tenía una razón para mirar a los demás con curiosidad, preguntándome qué sentimientos podría despertar en mí cada encuentro.