Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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CAPÍTULO 24 La primera agresión
Durante mucho tiempo, Victoria pensó que la violencia tenía un rostro claro.
Creía que podía reconocerla.
Creía que una persona violenta era alguien que gritaba desde el principio.
Alguien que insultaba.
Alguien que amenazaba.
Alguien que mostraba su verdadera naturaleza sin esconderse.
Pero la vida le enseñaría una de las verdades más dolorosas:
La violencia no siempre llega haciendo ruido.
A veces llega después de un largo silencio.
A veces llega después de meses de amor, promesas y momentos perfectos.
A veces llega de la mano de la persona que más prometió protegerte.
Durante las semanas anteriores, Alexander había conseguido algo que parecía imposible.
Victoria, una mujer que siempre había sido independiente, comenzaba a medir cada palabra.
Pensaba antes de responder.
Pensaba antes de salir.
Pensaba antes de tomar una decisión.
No porque él se lo ordenara.
Sino porque había aprendido que ciertas cosas podían provocar una reacción.
Y eso era exactamente lo que Alexander buscaba.
No necesitaba encerrarla.
No necesitaba decirle "no puedes".
Había logrado algo más profundo:
Que ella empezara a limitarse sola.
A pesar de todo, Victoria seguía intentando mantener la relación.
Porque recordaba al hombre del primer mes.
El hombre que escuchaba durante horas.
El hombre que le llevaba flores.
El hombre que la hacía sentir especial.
Ella seguía creyendo que ese Alexander todavía estaba allí.
Que lo ocurrido era una etapa.
Un error.
Una mala reacción.
Algo que podían superar.
Aquella tarde, Victoria regresó de la universidad más tarde de lo habitual.
Había tenido una reunión con un profesor para organizar un proyecto académico.
No era algo secreto.
De hecho, días antes se lo había contado a Alexander.
Pero durante la reunión, su teléfono estuvo en silencio.
Cuando salió del edificio tenía varias llamadas perdidas.
Todas de él.
Sintió una presión en el pecho.
No porque hubiera hecho algo malo.
Sino porque ya conocía esa sensación.
La sensación de tener que explicar.
Lo llamó inmediatamente.
—Alexander, perdón. Estaba reunida con el profesor y no vi el teléfono.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Cuánto tiempo llevas fuera?
Victoria frunció el ceño.
—Acabo de salir.
—Te llamé seis veces.
—Lo sé. Perdón.
Otra pausa.
—Siempre dices perdón.
La frase la sorprendió.
—¿Qué?
—Que siempre dices perdón, pero sigues haciendo lo mismo.
Victoria caminó lentamente hacia su automóvil.
—No hice nada malo, Alexander.
Apenas terminó la frase, se dio cuenta de que había hablado con más firmeza de la habitual.
Al otro lado hubo silencio.
Después él respondió:
—Hablamos cuando llegues.
Esa noche fue a verlo.
No quería terminar el día con una discusión.
Quería arreglar las cosas.
Como siempre.
Cuando llegó al departamento de Alexander, él estaba sentado en la sala.
No parecía furioso.
Eso la tranquilizó.
—Hola.
Él levantó la mirada.
—Hola.
Victoria se acercó.
—¿Podemos hablar?
Alexander sonrió ligeramente.
—Claro.
Siempre podemos hablar.
Pero su tono no sonaba tranquilo.
Sonaba contenido.
Durante varios minutos intentaron conversar.
Al principio parecía una discusión normal.
Una pareja expresando molestias.
Pero poco a poco la conversación cambió.
—Siento que ya no me tienes en cuenta.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—Alexander, tuve una reunión de una hora.
—No es la reunión.
—Entonces, ¿qué es?
Él se levantó.
—Es todo.
Es que siento que ya no soy prioridad.
Victoria respiró profundamente.
—Te amo.
Pero no puedo dejar de vivir mi vida.
La frase quedó suspendida en el aire.
Y por primera vez, Alexander no respondió con tristeza.
Respondió con enojo.
—¿Ves?
Ahí está.
Victoria retrocedió ligeramente.
—¿Qué?
—Eso.
Esa manera de hablar.
Como si yo fuera el problema.
Como si estuviera pidiendo demasiado.
—No estoy diciendo eso.
—Siempre haces eso.
Siempre encuentras una forma de hacerme sentir culpable.
Victoria lo miró confundida.
Porque era exactamente lo contrario.
Era ella quien llevaba meses sintiéndose culpable.
—Alexander, solo estoy intentando explicarte cómo me siento.
Él soltó una risa corta.
Pero no era una risa de alegría.
—¿Cómo te sientes?
¿Ahora resulta que tú eres la víctima?
La palabra la hizo quedarse quieta.
Víctima.
No sabía por qué, pero escucharla de esa manera le produjo incomodidad.
—Nunca dije eso.
—Pero actúas como si yo fuera un monstruo.
—No pienso eso.
—Entonces demuéstramelo.
Victoria lo miró.
—¿Cómo?
Alexander se acercó a una mesa donde estaba una lámpara decorativa.
Sus movimientos eran rápidos.
Tensos.
Victoria sintió que algo no estaba bien.
—Alexander...
Pero él no respondió.
Tomó la lámpara y la golpeó contra la pared.
El sonido hizo que Victoria diera un salto.
El objeto cayó al suelo rompiéndose en varios pedazos.
Durante unos segundos nadie habló.
Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos.
Alexander miró la pared.
Después miró sus manos.
Y de repente su expresión cambió.
Como si recién comprendiera lo que había hecho.
—Dios...
Victoria permanecía inmóvil.
No sabía qué hacer.
No sabía si acercarse.
No sabía si alejarse.
Entonces Alexander comenzó a llorar.
—No puedo creer que hice eso.
Victoria seguía en silencio.
—No quería...
Se pasó las manos por el rostro.
—No quería asustarte.
Ella finalmente habló.
—Me asustaste.
La frase salió en voz baja.
Pero era verdad.
Alexander la miró con dolor.
—Perdóname.
Se acercó lentamente.
—Por favor.
No sé qué me pasó.
Victoria sintió que su corazón se dividía.
Porque frente a ella no estaba el hombre furioso de segundos atrás.
Estaba el hombre arrepentido.
El hombre que lloraba.
El hombre que parecía destruido por su propia reacción.
—Nunca me había pasado algo así —dijo él.
—Alexander...
—Te juro que no quería hacerlo.
Golpeé una pared.
No a ti.
Yo jamás te haría daño.
Esa frase quedó grabada en la mente de Victoria.
No a ti.
Porque era cierto.
No la había golpeado.
No la había insultado.
No la había amenazado.
Una parte de ella intentaba convencerse de que no era tan grave.
Alexander se arrodilló frente a ella.
—Por favor, no me abandones por esto.
Victoria sintió lágrimas en sus ojos.
—No quiero que vuelva a pasar.
—No pasará.
Te lo prometo.
Él la abrazó.
Y después de unos segundos, Victoria correspondió el abrazo.
No porque todo estuviera bien.
Sino porque todavía amaba al hombre que creía conocer.
Pero esa noche, cuando regresó a casa, ocurrió algo que no pudo ignorar.
Valeria estaba despierta.
Al ver entrar a su hija, sonrió.
Pero luego observó su rostro.
—¿Qué pasó?
Victoria se quedó quieta.
—Nada.
Valeria conocía demasiado bien esa respuesta.
—Victoria.
Su hija bajó la mirada.
—Tuvimos una discusión.
—¿Alexander?
Victoria no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Valeria se acercó.
—¿Te hizo daño?
Victoria negó rápidamente.
—No.
No me tocó.
La respuesta, aunque intentaba tranquilizar, provocó más preocupación.
Porque significaba que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Victoria dudó.
Después dijo:
—Perdió el control.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cómo?
Victoria tragó saliva.
—Golpeó una pared.
El silencio llenó la habitación.
Valeria cerró los ojos por un instante.
Porque había escuchado esa historia antes.
No exactamente igual.
Pero sí demasiadas veces.
Una puerta.
Una pared.
Un objeto.
Una explosión que "no era contra ella".
—Hija...
Victoria levantó la mirada.
—Él se arrepintió.
Lloró.
Me pidió perdón.
Valeria tomó sus manos.
—Que alguien se arrepienta después de hacer daño no significa que el daño no ocurrió.
Victoria quiso responder.
Pero no pudo.
Porque una parte de ella sabía que su madre tenía razón.
Aunque aceptarlo significaba aceptar algo mucho más difícil:
Que el hombre que parecía perfecto podía no serlo.
Esa noche, Victoria no durmió bien.
Recordó el sonido de la lámpara rompiéndose.
Recordó la expresión de Alexander.
Recordó el miedo que sintió.
Y también recordó sus lágrimas.
La mezcla de emociones la confundía.
Amor.
Miedo.
Culpa.
Esperanza.
Sin embargo, lo que Victoria todavía no sabía era que aquella noche no había sido un accidente aislado.
Había sido una frontera.
El momento en que Alexander descubrió algo peligroso:
Que podía perder el control...
Y después recuperarla con una disculpa.
Porque después de la explosión viene el arrepentimiento.
Después del miedo vienen las promesas.
Y después de las promesas...
Muchas veces llega la culpa.
Y Alexander sabía exactamente cómo utilizarla.