En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 7 EL PRIMER CRUCE EN LA PISTA
—Así es, soy joven —respondí con una sonrisa tranquila mientras seguíamos caminando por el pasillo principal de las instalaciones—. Pero me he preparado para esto toda mi vida. ¿Y tú, Carlos? ¿Cuántos años tienes?
Él soltó una risa suave, moviendo la cabeza levemente.
—Treinta ya. El tiempo vuela cuando vas rápido. Y sí, para la próxima temporada las cosas van a cambiar: me voy a Williams, y dicen que Lewis Hamilton llegará a Ferrari. Todavía queda mucho por ver, pero todo apunta a que así será.
Caminábamos juntos hacia la zona de acceso a boxes, y a cada paso que dábamos se oían los disparos de las cámaras de los fotógrafos que nos apuntaban desde la barrera. Veía cómo las luces destellaban sobre nosotros, capturando cada gesto, cada instante. Me detuve un segundo y lo miré.
—¿Quieres que me aparte un momento? —le ofrecí con sinceridad—. Así saldrás solo en las fotos y nadie dirá nada raro.
Carlos negó con la cabeza sin dejar de sonreír, y me hizo una seña para que siguiera a su lado.
—No hace falta. Estamos aquí trabajando, nada más. No tienes por qué irte.
Y justo cuando íbamos a cruzar hacia la zona de los equipos, lo vi. Venía caminando hacia nosotros con esa postura erguida y segura que lo caracterizaba, las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, la mirada atenta a todo lo que pasaba a su alrededor. Gael Rainer. Se detuvo al llegar a nuestra altura, saludó a Carlos con un gesto breve y firme, y luego sus ojos se posaron en mí, recorriéndome despacio sin que nadie más notara ese brillo especial que yo ya conocía. Extendió la mano.
—Mucho gusto —dijo con esa voz profunda y pausada que me erizaba la piel.
Sus dedos rozaron los míos un instante, y sentí esa misma descarga eléctrica de aquella noche en Mónaco, como si el tiempo no hubiera pasado.
—Mucho gusto de conocerte —atiné a responder, sosteniéndole la mirada sin apartarme.
—¿Y tú? —preguntó él, sin soltarme la mirada todavía—. ¿Trabajas aquí o…? ¿Son pareja?
Carlos soltó una risa ligera, divertido por la confusión.
—No, nada de eso —aclaré yo antes de que él pudiera decir nada—. Soy mecánica de la escudería. Y me encargo de varias cosas más: desde el taller hasta el muro de estrategia.
—Bueno —dijo Gael dándome una palmada suave en el hombro—, que tengas una muy buena temporada, Mara. Nos vemos luego.
Y antes de seguir su camino, me explicó brevemente:
—Recuerda cómo funcionan estos días: el viernes son las prácticas libres, probamos coches, neumáticos, frenos, ajustamos todo lo que haga falta. El sábado es la clasificación, donde definimos la posición en la que saldremos a la carrera según el tiempo que hagamos en pista. Y el domingo es la carrera definitiva. Tres días, tres retos distintos.
—Entendido —asentí.
—Nos vemos dentro —dijo él, y se alejó hacia el garaje de Ferrari.
Gael se detuvo antes de seguir su camino también, pero se detuvo un instante más.
—Cuídate —dijo bajito, solo para mí, y siguió su marcha hacia el lado azul del paddock.
Llegué a los vestuarios —esa zona común donde están los casilleros de cada escudería, conectados a los garajes donde descansan los monoplazas, en medio de todo el movimiento del paddock— y me cambié con el uniforme oficial de Ferrari: pantalón negro ajustado, camiseta roja con el escudo bordado en el pecho, botas reforzadas y guantes de trabajo. Todo se sentía nuevo, importante, pesado de significado.
Mientras los pilotos se preparaban y los motores empezaban a rugir al encenderse, yo me quedé unos instantes en la entrada del garaje mirando hacia el lado de Mercedes. Lo vi salir con su traje de carrera azul brillante, caminando con esa calma absoluta que parecía no afectarle nada.
Poco después, Carlos regresó a boxes para hacer el cambio a neumáticos blandos. Me coloqué en mi puesto, pistola neumática en mano, concentrada al máximo.
—¡Ya!
Me moví con agilidad, precisión y velocidad. Quité, cambié, ajusté y aseguré en un tiempo que ni yo misma creí posible.
—¡Cuatro segundos exactos! —exclamó Elena Moretti mirando el cronómetro—. Si seguimos así, vamos a hacer cosas grandes esta temporada.
Sonreí satisfecha, pero no bajé la guardia. Terminadas las prácticas libres, nos reunimos brevemente para revisar datos, ver cómo se habían comportado los coches en la pista y empezar a planificar la estrategia para la clasificación del sábado. Al terminar, Luca, Giovanni y Marco se acercaron a mí.
—Vamos a conocer algo por aquí o a cenar algo —me propuso Luca amablemente—. Es tu primer día, te lo mereces.
—Gracias chicos —les dije con una sonrisa—, pero hoy prefiero ir a dar una vuelta sola. Quiero conocer bien el lugar.
Me despidieron con una palmada amistosa y me fui al alojamiento que la escudería tenía reservado para nosotros. Allí supe que el sueldo no solo era bueno, sino que se valoraba especialmente cada tarea, cada cambio de neumáticos bien hecho. Pedí un taxi y le pedí que me llevara a un lugar alto, desde donde se pudiera ver todo el valle y el circuito a lo lejos. El conductor me llevó hasta una zona tranquila, con bancas de piedra y vista panorámica de la ciudad de Spielberg. Me senté y miré a mi alrededor: todo parecía tan tranquilo, tan lejos del ruido de los motores y la presión de la competencia.
Estaba mirando el cielo empezar a teñirse de tonos naranjas y violetas cuando lo vi llegar. Venía con las manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla, tenis cómodos y una camiseta sencilla, sin ninguna marca visible. Se detuvo al verme, sonrió levemente y se acercó despacio.
—Bueno… ya sabes a qué me dedico —dijo con esa tranquilidad que lo caracterizaba.
Me reí bajito.
—Así es. Sabía que te había visto antes, pero no sabía de dónde hasta que conecté los puntos. Nunca imaginé que tú serías… mi rival. Y menos que trabajarías en Mercedes.
Él soltó una risa breve, sincera.
—¿Y por qué no debería estar? Ellos creyeron en mí desde que era un niño, vieron mi potencial antes que nadie. No me voy a mover por nada del mundo. ¿Y tú? ¿Por qué Ferrari?
—Es italiano —respondí con orgullo—, es mi tierra, es mi estilo. Y siempre me ha gustado el rojo.
—¿Y cómo te fue hoy? —preguntó, acercándose un poco más—. ¿Te fue bien en las prácticas?
—Muy bien —conté con una sonrisa—. Hice un cambio de neumáticos en cuatro segundos. ¿Te suena eso?
Esbozó una sonrisa genuina, esa que muy poca gente llega a ver.
—Es un tiempo excelente. Deberías venirte a Mercedes, allá te valorarían como mereces.
—No gracias —dije negando con la cabeza—. Yo ya tengo mi lugar. Me gusta el rojo.
—Espero que ganes mañana —dijo con seriedad, aunque sus ojos brillaban con algo más—. Pero voy a intentar que no sea tan fácil.
—Y tú —le devolví la sonrisa—, espero que también lo hagas muy bien. Pero yo voy a apoyar a los míos hasta el final.
Se quedó callado un instante, mirándome fijamente, como si estuviera sopesando qué decir, qué hacer.
—¿Te gustaría ir a mi habitación? —preguntó al final, bajando la voz—. Podemos ver algo tranquilo, hablar sin que nadie nos moleste. Solo nosotros.
Lo miré a los ojos, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
—No puedo —le dije con sinceridad—. Sabes que va contra las reglas. No podemos ser más que conocidos. Somos de escuderías contrarias.
Gael dio un paso más, y aunque no me tocó, sentí su presencia llenar todo el espacio entre los dos.
—Solo una vez —insistió suavemente, y por primera vez vi algo más que esa dureza habitual en su mirada—. Nadie se va a enterar. Y mañana empezamos la competencia en serio. Solo una noche no cambia nada, Mara.
Lo miré largamente, luchando entre la lealtad a mi equipo y lo que sentía por él.
—Está bien —susurré al final—. Solo esta vez. Y nadie se va a enterar. Solo rompemos las reglas por unas horas.
Y entonces, sin decir nada más, me tomó de la mano con suavidad, y empezamos a caminar juntos hacia el lugar donde por un momento dejaríamos de ser Ferrari y Mercedes, para ser solo Gael y Mara.