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Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Telepatía
Popularitas:10.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: La maleta equivocada

A la mañana siguiente, Ximena descubrió que viajar con Cristian Montalvo era casi igual que presentar una auditoría.

Él no empacaba: organizaba.

Los trajes iban en fundas numeradas. Las camisas tenían una separación por ocasión. Los zapatos parecían haber sido colocados por un comité de etiqueta internacional. Hasta los relojes dormían en compartimentos individuales, protegidos como si fueran reliquias.

Ximena, sentada en el borde de la cama, abrazó una almohada y lo miró con una sonrisa dulce.

—¿Quieres que te ayude?

—No.

*Qué injusto. Yo solo quería meterle una camisa de lino abierta hasta el pecado, un pantalón blanco ajustado y, con suerte, esa ropa interior negra que parece hecha para destruir matrimonios ajenos. Es mi esposo. Tengo derechos visuales.*

Cristian cerró la funda de un saco sin mirarla.

—Ya terminaste tu maleta, ¿verdad?

—Sí.

*Bueno, terminé de meter vestidos decentes arriba y cosas útiles abajo. Cosas útiles para sobrevivir a un crucero con un hombre que tiene abdomen de portada y voluntad de refrigerador industrial.*

Cristian hizo una pausa casi imperceptible.

—Déjala en la puerta. El chofer la baja.

Ximena obedeció con tanta rapidez que resultó sospechosa. Su maleta era blanca, rígida, impecable, con una etiqueta de piel color marfil. Cristian vio una segunda maleta casi idéntica junto al vestidor, preparada por una de las asistentes de viaje de la casa.

—¿Las dos son tuyas?

—Una es de accesorios.

*Accesorios, vestidos, zapatos, y unas cositas que jamás verá el señor estatua. Si las ve, me manda a un convento. O peor: me mira con esa cara fría y yo me derrito de todos modos.*

Cristian tomó su propia maleta negra y dejó que la de ella saliera primero. No corrigió nada. Todavía no había un delito que impedir.

Todavía.

El muelle privado de embarque del Estrella del Caribe estaba lleno de familias discretamente ricas, maletas caras y sonrisas entrenadas para no parecer sorprendidas por nada. El mar brillaba detrás de los ventanales como una promesa de descanso. Para Ximena, en cambio, era la promesa de vigilancia con aire salado.

Renata apareció primero, con lentes de sol enormes y un sombrero que habría podido ocultar una estrategia completa de fuga.

—¡Ximara! —la llamó, agitando la mano—. Te juro que si Joaquín vuelve a decir "vacaciones de matrimonio", lo tiro por la borda.

—Yo estoy aquí —protestó Joaquín, cargando dos mochilas, una cámara y una expresión de esposo resignado.

—Justo por eso lo dije fuerte.

Ximena soltó una risa suave.

—Me alegra que vinieran.

*Gracias, universo. Renata puede entretener a Joaquín, Joaquín puede distraer a Cristian, Val puede investigar, y yo quizá pueda ver a mi esposo en camisa mojada sin que parezca que planeé todo con lujo de detalle.*

Cristian ajustó el puño de su saco.

*Camisa mojada*, repitió su mente con una paciencia cada vez menos estable.

Antes de que pudiera responder, una mujer de cabello corto, labios rojos y traje color vino cruzó la sala de espera con paso decidido. No parecía turista. Parecía alguien que podía entrar a una habitación, descubrir tres mentiras y salir con pruebas en el bolso.

—Valeria Campos —dijo Ximena en voz alta, acercándose a ella—. Val, él es Cristian.

Valeria se quitó los lentes y le ofreció la mano.

—Señor Montalvo. Por fin lo conozco.

Cristian estrechó su mano.

—Cristian está bien.

El nombre le sonó vagamente familiar. Val. Valeria. La mujer de la agencia del Ferrari. La que había bromeado con leer la mente. Cristian la observó un segundo más de lo socialmente necesario.

Valeria le sostuvo la mirada con una sonrisa limpia.

—Prometo no robarle demasiado a su esposa.

—Mientras no la meta en problemas.

—Qué exigente.

*No sabe nada. Val me mete en problemas, yo la ayudo a salir, luego comemos algo caro y fingimos que fue un día normal. Así funciona la amistad adulta.*

Cristian bajó la mirada hacia el pase de abordaje.

—Entonces espero que hoy sea un día normal.

Valeria ladeó la cabeza.

—Eso sería una pena. Los días normales no dejan buena historia.

Renata se inclinó hacia Ximena.

—Me cae bien.

—A mí también —dijo Ximena.

*Y a mí me conviene que le caiga bien a todos, porque si algo sale mal, necesito testigos que digan que soy una esposa adorable y no una amenaza pública en vestido de seda.*

El abordaje avanzó entre saludos, documentos, pulseras doradas de acceso y personal de servicio que conocía el apellido Montalvo antes de que Cristian lo pronunciara. A Ximena le dieron una copa de bienvenida sin alcohol; a Joaquín, una con burbujas; a Renata, dos porque la primera "era para soportarlo"; a Valeria, una mirada curiosa del capitán que ella archivó sin mover una ceja.

La suite presidencial ocupaba una esquina alta del crucero. Tenía una terraza privada, sala con ventanales de piso a techo, comedor pequeño, dos habitaciones comunicadas y un baño de mármol que parecía más grande que algunos departamentos en la ciudad.

Ximena entró con una exclamación contenida.

—Qué bonito.

*Qué peligro. Cama enorme, puerta con seguro, vista al mar, esposo en modo vigilancia. Si este hombre se quita el saco aquí, no respondo por mi estabilidad moral.*

Cristian dejó su reloj sobre la consola.

—Puedes descansar antes de la cena.

—Primero voy a ordenar mis cosas.

*Ordenar, revisar, esconder. Prioridades de una mujer casada con un témpano hermoso.*

Él se quitó el saco.

Ximena se quedó quieta medio segundo.

*Ay no. Hombros. ¿Quién le dio permiso a esos hombros de existir en horario laboral?*

Cristian fingió no haber oído y caminó hacia la terraza con una serenidad que no sentía.

—Voy a contestar unos mensajes.

—Claro.

La puerta corrediza se cerró detrás de él. Ximena respiró hondo y arrastró la maleta blanca al dormitorio principal. La colocó sobre el soporte, introdujo la clave y abrió.

El mundo se detuvo.

Dentro no había vestidos, ni zapatos, ni bolsitas de cosméticos cuidadosamente acomodadas.

Había encaje.

Encaje negro. Encaje rojo. Encaje color vino. Tiras finísimas, transparencias descaradas, medias con liga, antifaces de satén, un corsé que parecía necesitar instrucciones y una prenda diminuta con plumas que no tenía ninguna intención de cubrir algo.

Ximena soltó un sonido ahogado.

—No.

Cristian, desde la terraza, escuchó la palabra y volvió la cabeza.

*No, no, no, no, no. Esta no es mi maleta. Esta no es mi vida. Esta no es mi reputación de esposa recatada. ¿Por qué hay una cosa con cascabeles? ¿Quién usa cascabeles? ¿Se lavan? ¿Se confiesan después?*

Cristian abrió la puerta corrediza.

—¿Qué pasó?

Ximena cerró la tapa de golpe. Demasiado tarde. Un conjunto rojo quedó atrapado en el borde como una bandera de rendición.

—Nada.

—Ximara.

—Nada importante.

El conjunto rojo resbaló y cayó al suelo.

Los dos miraron la prenda.

El silencio fue tan largo que el aire acondicionado pareció un testigo incómodo.

Ximena se agachó de inmediato, la recogió y la apretó contra el pecho.

—Es un error.

*Me voy a morir. Me va a mirar como si yo hubiera traído una tienda entera de tentaciones para acosarlo en altamar. Bueno, parte de mí quisiera, pero esta no era la parte que debía tener pruebas físicas.*

Cristian tuvo que bajar la vista para controlar la expresión.

—Parece una maleta equivocada.

—Sí. Exacto. Equivocada.

*Por favor créeme. Por favor no pienses que soy una desesperada. Aunque sí estoy desesperada, pero de una forma íntima, digna, silenciosa. Casi elegante.*

Cristian caminó hasta el minibar, tomó un jugo de naranja y lo abrió.

—Toma.

Ximena lo miró como si le hubiera ofrecido una cuerda en medio del océano.

—¿Jugo?

—Respira primero.

Ella recibió la botella con ambas manos. Sus dedos temblaban.

Cristian cerró la maleta con calma, empujando hacia dentro el borde de satén que todavía quería escapar. Luego la bajó del soporte y la colocó contra la pared.

—Voy a llamar al servicio de equipaje. Debieron cruzar etiquetas durante el embarque.

—No tienes que hacerlo tú.

—Sí tengo.

—Cristian...

*Si lo resuelve sin burlarse, quizá sí sea humano. Un humano altísimo, caro y con pecho prohibido, pero humano.*

Él se giró para ocultar el golpe absurdo de ternura que le provocó ese pensamiento.

—No es grave.

—Parece grave.

—Es ropa.

Ximena levantó la vista, pálida.

—No exactamente ropa.

—Ropa pequeña.

Ella casi se atragantó con el jugo.

*¿Ropa pequeña? ¿Así lo llama? Dios mío, este hombre puede negociar una adquisición multimillonaria y decir "ropa pequeña" viendo un arnés de encaje. Qué cara. Qué sangre fría. Qué ganas de arrancarle esa camisa formal a mordidas.*

Cristian se quedó inmóvil.

La camisa formal, culpable de existir, le rozó de pronto demasiado la piel.

—Voy a llamar —dijo, más seco de lo necesario.

Ximena se acercó un paso, bajando la voz.

—No le digas a nadie qué había adentro.

El tono no era coqueto. Era miedo.

Cristian la miró de verdad. Bajo el maquillaje impecable y el peinado de esposa perfecta, había una muchacha aterrada por fallar en un papel que nadie debería haberle pedido representar tan bien.

—No se lo diré a nadie.

—¿Ni a Joaquín?

—Mucho menos a Joaquín.

—¿Ni a tu mamá?

—Mi mamá no recibirá un reporte de tus maletas.

Ximena exhaló con una risa chiquita, rota.

*Gracias. Gracias. Si un día me deja tocarle el abdomen, prometo ser una mujer de bien por cuarenta y ocho horas. Bueno, veinticuatro. No prometamos imposibles.*

Cristian tomó su celular y marcó a recepción del barco.

Mientras esperaba respuesta, sus ojos volvieron sin permiso a la maleta blanca.

No quería imaginarla con ninguno de esos conjuntos.

Naturalmente, su imaginación decidió traicionarlo.

La vio en rojo. Luego en negro. Luego con una de sus camisas encima, como si hubiera tomado prestada su ropa para volverla un peligro personal.

Cristian cerró los ojos.

Al otro lado de la línea, una empleada contestó con cortesía impecable.

—Suite presidencial, ¿en qué podemos servirle?

Cristian abrió los ojos, la voz firme.

—Hubo un cruce de equipaje. Necesito que localicen una maleta blanca con etiqueta marfil.

Ximena lo observaba como si cada palabra pudiera salvarla.

Él añadió:

—Y que lo manejen con absoluta discreción.

El alivio en el rostro de ella fue inmediato. Casi luminoso.

*Tal vez no me odia. Tal vez solo tiene cara de odiar a todos. Tal vez debajo de ese hielo hay algo suave. O algo duro. Preferiría comprobar ambas teorías con las manos.*

Cristian terminó la llamada antes de que su pulso lo delatara.

—Vendrán en unos minutos.

—Gracias.

—No abras más maletas ajenas.

Ximena apretó los labios.

—Fue un accidente.

—Lo sé.

Ella abrazó el jugo de naranja y se sentó al borde de la cama.

Cristian se quedó de pie frente a ella, entre la maleta prohibida y la puerta. Afuera, el barco anunció con una vibración profunda que el viaje estaba a punto de comenzar.

Adentro, en cambio, el verdadero movimiento empezó cuando él descubrió que ya no le preocupaba la maleta.

Le preocupaba, de una manera mucho más peligrosa, querer ver si alguna de esas fantasías le quedaba tan bien como su mente insistía en mostrarle.

1
bruja de la imaginación 👿😇
me encanta esta historia
Carely Prieto
bonita narrativa, creativa y gran ingenio
Karina Sanabria
👏👏👏👏muy linda novela!! algo diferente
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Karina Sanabria
Dios mío que le pasa a este hombre!!! acaso no le gusta el sexo 🤭🤤🫠
Erika Durán
Hasta el momento
Muy bien,
Carely Prieto
😭 noooo, no seas malita, sube más capítulos 🥹 anda dí que si, anda siiiiiiii??!
wendy arrieta
Dios mio ella si sabe utilizar su mente jajajajajaa
Martha Mena Wong
Por dios me voy acabar las uñas esto se está poniendo peliagudo más capítulos muchas felicidades autora eres genial te atrapa desde el principio la novela bendiciones
Martha Mena Wong
Esto se está poniendo buenísimo por favor que no la idie cuando se entere de la verdad gracias más capítulos por favor está súper la historia
Martha Mena Wong
Noooooo me va a dar el mimisqui cuánto podrá fingir ser quien no debe ahora sí me va a dar algo😭😭😭😭
Martha Mena Wong
Santa cachucha ahora que hará se le junto el ganado jajajaja 🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
Celoso de el mismo que divertido genial 🤣🤣🤣🤣
Martha Mena Wong
Por dios esto está más entretenido que las estupidas novelas de la tele felicidades me encanta
Martha Mena Wong
Ajaja se le hizo por fin siiiiiiii
Martha Mena Wong
Ya el se ka imaginaba con lencería buen camino
Martha Mena Wong
Andele a ver si ahora le hace caso
Martha Mena Wong
jajajaja me encanta excelente novela
Martha Mena Wong
🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
jajajaja esto está genial imagínate que oigan tus pensamientos bueno si está buenorro yo también pienso cositas o cositas depende jijiji
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