Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 4
Un mareo repentino me hizo tambalearme. Me agarré al borde del lavabo del baño mientras el espejo volvía a empañarse. El estómago se me contrajo con una violencia desgarradora. Me arrodillé instintivamente frente al inodoro y regurgité nada más que hilos de bilis amarga. Mi cuerpo temblaba sin control, sudando frío.
—Tranquilízate, Emma, tranquilízate —me susurré a mí misma, apoyando la frente contra la porcelana fría—. Es solo la ansiedad. Es el golpe.
Pero mientras permanecía allí arrodillada, intentando estabilizar mi respiración entrecortada, una vaga sospecha, un pensamiento enterrado bajo semanas de estrés laboral frenético, comenzó a abrirse paso en mi mente con la fuerza de un martillo hidráulico.
Mi período.
Con el ritmo frenético del cierre del acuerdo asiático, las reuniones internacionales y las jornadas de dieciséis horas diarias, apenas había prestado atención a mi calendario personal. Sin embargo, haciendo un cálculo rápido en mi cabeza, la última vez que había necesitado usar protección femenina había sido a mediados del mes pasado. Tenía casi dos semanas de retraso. Dos semanas que había atribuido ciegamente al estrés acumulado, al cansancio y a la carga de trabajo que Julián me había delegado sin piedad.
Un escalofrío completamente diferente, mucho más profundo y paralizante que el despecho, me atravesó el cuerpo de lado a lado.
Me puse de pie con las piernas temblando como si fuesen de papel. Abrí el cajón del lavabo del baño con manos torpes, revolviendo entre cosméticos, cepillos y frascos hasta dar con una pequeña caja de cartón que había comprado hacía meses por pura precaución y que nunca había tenido necesidad de abrir. Un test de embarazo digital.
El frasco de plástico en mi mano pesaba como una tonelada. Me quedé mirando el empaque durante varios minutos en un silencio sepulcral, escuchando únicamente el tictac del reloj de la cocina y el latido desbocado de mi propio corazón.
"No puede ser", me repetía mentalmente una y otra vez mientras seguía las instrucciones con dedos helados. "No ahora. Dios mío, no ahora".
Realicé la prueba con una precisión mecánica, casi disociada de mi propio cuerpo, como si estuviera ejecutando un protocolo de auditoría sobre la vida de una desconocida. Dejé el pequeño dispositivo blanco sobre la repisa de mármol del lavabo y me alejé dos pasos, cruzando los brazos sobre mi pecho para intentar contener el temblor que me sacudía entera.
Los tres minutos de espera fueron el infierno en la tierra.
Cada segundo se estiró como un chicle de angustia. Miraba las baldosas blancas del suelo, el techo, las gotas de agua que aún caían del grifo de la ducha, evitando desesperadamente fijar la vista en la pequeña pantalla digital. Si la traición de Julián me había destruido, la posibilidad de lo que estaba a punto de descubrir amenazaba con alterar de forma irreversible el curso completo de mi existencia.
El temporizador de mi teléfono sonó con un bip seco y definitivo.
Tragué saliva. Avancé lentamente hacia el lavabo, sintiendo que los pies me pesaban como si estuvieran encadenados al suelo. Me incliné sobre el mármol y miré la pequeña pantalla de cristal líquido.
Aparecía una palabra clara, nítida, sin lugar a interpretaciones ni errores de lectura:
**EMBARAZADA**
Y debajo, en letras más pequeñas: **3+ semanas.**
El aire se me escapó por completo de los pulmones. Me llevé una mano a la boca para contener un sollozo ahogado mientras con la otra rozaba intuitivamente mi vientre, aún plano, firme y sin signos visibles de cambio.
Dentro de mí, ajeno al colapso de mi universo, crecía una vida. El fruto de las noches de pasión que creí sagradas. El fruto de las promesas susurradas al oído en el ático de Tribeca. El hijo del hombre que mañana, a las doce del mediodía, caminaría hacia el altar de la Catedral de San Patricio para jurarle fidelidad eterna a otra mujer ante la alta sociedad de Nueva York.
Caí de rodillas sobre el suelo frío del baño, sosteniendo el pequeño plástico blanco contra mi pecho. Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez no eran solo de dolor o humillación; eran lágrimas de una rabia negra, profunda y destructiva que comenzó a fraguarse en lo más hondo de mi ser.
Recordé la frialdad de su voz en el despacho: *"Tú tendrás mi corazón, mi atención y mi cama. No te va a faltar absolutamente nada."*
Recordé cómo me había amenazado con destruirme profesionalmente si cruzaba la puerta: *"Si cruzas ese ascensor, estás fuera. No habrá marcha atrás."*
Pensó que me dejaría pisotear. Pensó que aceptaría las migajas de su mesa, que lloraría en la sombra mientras él disfrutaba del prestigio, el dinero y la influencia que yo le había ayudado a consolidar. Pensó que era una pieza más en su tablero de ajedrez, un activo manipulable que podía desechar o guardar en un cajón según sus conveniencias corporativas.
Un timbre agudo rompió el silencio de mi apartamento.
El sonido del teléfono intercomunicador del edificio resonó en el pasillo, seguido casi de inmediato por el tono de notificación de mi teléfono móvil sobre la mesa de la noche. Me levanté despacio, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano y caminando hacia el dormitorio con el test de embarazo apretado firmemente en mi puño.
Eché un vistazo a la pantalla del teléfono. Era un mensaje de texto de Julián:
> *«Sé que estás alterada, Emma. Es comprensible. Pero el lunes a primera hora te quiero en la oficina. Hablaremos con madurez sobre tu nuevo contrato y los detalles de tu apartamento. No cometas la estupidez de tirar tu carrera por la borda. Te necesito a mi lado.»*
>
Apenas un segundo después, el sobre de correo electrónico corporativo de mi ordenador portátil emitió un sonido. Me acerqué al escritorio de mi habitación y abrí la bandeja de entrada. Tenía una notificación del departamento de protocolo de *Vance Capital*, enviada a todo el personal ejecutivo de alto nivel de la firma hace apenas veinte minutos.
Un correo masivo. Una invitación formal.
> **Asunto:** *Enlace Matrimonial Presidencial – Julián Vance & Victoria Montgomery.*
> *Estimada Sra. Spencer,*
> *Nos complace adjuntar la invitación formal para la ceremonia religiosa y la posterior recepción de la boda de nuestro CEO, el Sr. Julián Vance, con la Srita. Victoria Montgomery, a celebrarse mañana sábado 26 de julio. Se requiere confirmar asistencia del personal de alta dirección...*
>
Miré la pantalla. Miré la pantalla del teléfono con el mensaje de Julián. Y luego miré el dispositivo blanco en mi mano que confirmaba la presencia de su hijo dentro de mi cuerpo.
El dolor que me había aplastado durante las últimas horas se transformó repentinamente en algo distinto. Algo duro, helado y filoso como el acero. La Emma dedicada, sumisa y enamorada que había entregado su vida al servicio de Julián Vance murió en ese preciso instante sobre la baldosa de mi baño.
Una sonrisa amarga, desprovista de cualquier rastro de calidez, se dibujó lentamente en mis labios.
Julián quería que fuese práctica. Quería que pensara en términos de estrategia, de costo y beneficio, de jugadas corporativas implacables. Quería que actuara como la brillante directora de operaciones que él mismo había entrenado.
"Muy bien, Julián", pensé, mirando fijamente la invitación digital que brillaba en la pantalla de mi ordenador. "Jugaremos con tus reglas."
Mañana a las doce del mediodía, el gran Julián Vance tendría la boda perfecta que tanto había planificado. La prensa estaría allí. La élite financiera de la ciudad estaría allí. La familia Montgomery estaría allí.
Y yo también estaría allí. No como la amante silenciosa que él esperaba moldear, ni como la víctima sollozante que se queda en casa lamentando su suerte. Estaría allí para entregarle el informe de rendimiento más devastador de toda su carrera.
Apreté el test de embarazo contra mi mano hasta que me dolieron los nudillos, apagué la pantalla del teléfono y caminé hacia mi vestidor. Tenía que elegir el vestido perfecto para asistir a la boda de mi jefe.